jueves, 30 de agosto de 2007

De Quincey, la conciencia, y la medida de lo posible

Borges dijo que debía muchísimo a De Quincey y que no destacaba ningún aspecto de la obra del escritor inglés, porque si señalara algún título parecería que desechaba o repudiaba otros. Y dijo también que de él aprendió que a nuestros ojos los asuntos menores del universo han de ser espejo de los mayores. Quizá se refería a parráfos como éste:

... era uno de esos profesionales anómalos de los estadios más bajos del derecho que -¿cómo decirlo?- por razones de prudencia o de necesidad no se permiten el lujo de disfrutar de una conciencia demasiado delicada (sería posible abreviar mucho la perífrasis, pero eso lo dejo a gusto del lector); en muchos oficios, una conciencia significa una carga más onerosa que una esposa o un coche; y así como la gente habla de "deshacerse" de sus coches, me imagino que mi amigo el señor ... se había deshecho de su conciencia durante un tiempo, sin duda con la intención de volver a poseer una en cuanto le fuera posible.




Thomas De Quincey, en
Las confesiones. Suspiria de profundis

domingo, 24 de junio de 2007

La economía es el reino de la necesidad y la casualidad

Entre las numerosas virtudes de Federico Engels, su enorme capacidad didáctica no era la menor. No por nada fue el primero y el más admirable de los divulgadores del marxismo. Aquí, el Viejo explica las complejas relaciones de los seres humanos con la economía, hasta hoy gobernadas por la violencia, el caos, la improvisación... siguen las firmas. Al leer esto se lamenta doblemente que los izquierdistas en general y los marxistas en particular se hayan educado por casi un siglo con el nefasto Diamat stalinista (Y que muchos lo sigan haciendo).

El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico; pero todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y en su base económica. No es que la situación económica sea la causa, lo único activo, y todo lo demás efectos puramente pasivos. Hay un juego de acciones y reacciones, sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia. El Estado, por ejemplo, actúa por medio de los aranceles protectores, el librecambio, el buen o mal régimen fiscal; y hasta la mortal agonía y la impotencia del filisteo alemán por efecto de la mísera situación económica de Alemania desde 1648 hasta 1830, y que se revelaron primero en el pietismo y luego en el sentimentalismo y en la sumisión servil a los príncipes y a la nobleza, no dejaron de surtir su efecto económico. Fue éste uno de los principales obstáculos para el renacimiento del país, que sólo pudo ser sacudido cuando las guerras revolucionarias y napoleónicas vinieron a agudizar la miseria crónica. No es, pues, como de vez en cuando, por razones de comodidad, se quiere imaginar, que la situación económica ejerza un efecto automático; no, son los mismos hombres los que hacen la historia, aunque dentro de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones efectivas con que se encuentran, entre las cuales las decisivas, en última instancia, y las que nos dan el único hilo de engarce que puede servirnos para entender los acontecimientos son las económicas, por mucho que en ellas puedan influir, a su vez, las demás, las políticas e ideológicas.

Los hombres hacen ellos mismos su historia, pero hasta ahora no con una voluntad colectiva y con arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada y circunscrita. Sus aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas estas sociedades impera la necesidad, cuyo complemento y forma de manifestarse es la casualidad. La necesidad que aquí se impone a través de la casualidad es también, en última instancia, la económica. Y aquí es donde debemos hablar de los llamados "grandes hombres". El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y un país determinados, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de remplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos bueno, pero a la larga aparecerá. Que fuese Napoleón, precisamente ese corso, el dictador militar que exigía la República Francesa agotada por su propia guerra, fue una casualidad; pero que si no hubiese habido un Napoleón habría venido otro a ocupar su puesto, lo demuestra el hecho de que siempre que ha sido necesario un hombre: César, Augusto, Cromwell, etc., (…) Otro tanto acontece con las demás casualidades y aparentes casualidades de la historia. Y cuanto mas alejado esté de lo económico el campo concreto que investigamos y más se acerque a lo ideológico puramente abstracto, más casualidades advertiremos en su desarrollo, más zigzagueos presentará la curva. Pero si traza usted el eje medio de la curva, verá que cuanto más largo sea el período en cuestión y más extenso el campo que se estudia, más paralelamente discurre este eje al eje del desarrollo económico.

Federico Engels,
fragmento de una carta a W. Gropius, en 1895.
Imagen tomada de www.danza.es

viernes, 11 de mayo de 2007

cosmología política: ninguno de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo

EL ZAPALLO QUE ERA COSMOS

Érase un zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba todo, criado con libertad y sin remedios fue desarrollándose con el agua natural y la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cunde el pavor. Es imposible ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a sorberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación, hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro.
¿Y el ejército? Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada. ¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del zapallo.
A medida que crece es más rápido su ritmo de dilación; no bien es una cosa ya es otra; no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta. Parece presentir que todavía el cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizá reservados desde su origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
"¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todocomodidad de vivir!! ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio, y, tal vez, los espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Que puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos para su sosiego final. Apenas le faltan Australia y Polinesia. Perros que no vivían más que quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que raramente llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir…?, se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, cuando se siente inhábil o en inferioridad se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor, la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos, con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna, Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el ser, la realidad y su Cáscara. (El Zapallo me ha permitido que para vosotros -queridos cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda y su historia).
Vivimos en ese mundo que todos sabíamos, pero todo en cáscara ahora, con relaciones sólo internas y, así, sin muerte. Esto es mejor que antes.




Macedonio Fernández

martes, 1 de mayo de 2007

El día internacional de los trabajadores


"Si creen que ahorcándonos podrán
acabar con el movimiento obrero ...
¡entonces ahórquennos!
Aquí pisotean una chispa, pero allí y allá,
detrás de ustedes, frente a ustedes, y por todas partes,
las llamas surgirán. Es un fuego subterráneo.
No lo podrán apagar".

Albert Spies (ejecutado en Chicago el 11 de noviembre de 1887)


E l 1º de mayo no ha de ser una fecha ritual, sino el recordatorio de la necesidad de un vínculo solidario entre los trabajadores, entre los miembros de la clase que sostiene al mundo con su trabajo, pero que no dispone de los bienes ni de las riquezas que crea. La clase universal por excelencia, porque la infinita extensión de la explotación la aumenta cada día. El 1º de mayo, día internacional de los trabajadores, ha de ser el recordatorio y el anuncio de que no hay dios ni ley natural que condene a la humanidad a la miseria y la locura, porque un mundo mejor está en sus manos, en las manos de los trabajadores.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Amadas niñas

El rey Arturo, ese que en nuestras nociones es personaje histórico y mito en forma indistinta, no era en su tiempo lo uno ni lo otro. En una tierra de bárbaros que peleaban por su espacio vital, él lo era como el que más, y sólo resaltaba una diferencia: tenía política y estrategia para conseguirlo. Por lo demás, era un guerrero cruel, un jefe recio, y un cerdo fornicador que tomaba lo que quería, en la medida y el lugar que le viniera en gana.
Así es que cuando sus asesores (llamados caballeros para la leyenda) le dijeron que era imperioso que adquiriera mujer legítima, más que nada para tener una descendencia ídem, Arturo no quiso saber nada. ¿Esposa oficial? Un animal de esa clase sólo podía traerle problemas. Huyó del compromiso todo lo que pudo, pero al final debió rendirse ante la evidencia. El espacio vital se expandía, en número de nobles que le rendían vasallaje era cada vez más numeroso, y la cantidad de ex enemigos que se aliaban con él constituían una comunidad extensa que nada tenía que ver con la "mesa redonda" de los cuentitos. Un conglomerado semejante no podía perpetuarse sólo con un rey, ya necesitaba un heredero al que nadie pudiera discutir. Entonces Arturo aceptó tomar una mujer que estaría por encima de todas las demás, de entre un "cast" conformado por las hijas de todos los notables conocidos. Puso sólo una condición: la elegida sería la que respondiera claramente una pregunta que él le haría, y sólo satisfecho su interrogante habría de casarse.
Comenzó el desfile de postulantes, algunas muy bellas, otras muy deseables, unas cuantas bastantes fuleras (eran inglesas) y a cada una Arturo preguntó: "¿Qué es lo que quieren realmente las mujeres?". Obtuvo respuestas de todo tipo, ingenuas, especuladoras, estúpidas, tipo multiple choice, quizá alguna verdadera, pero agotada la panoplia de mujeres, ninguna supo satisfacer su curiosidad, que a esta altura ya era una cuestión de estado.
Sin embargo, quedaba aún una mujer, una señora cuarentona, de apariencia bastante estropeada, a la que Arturo hizo la pregunta, ya levantándose de su sitial y más pensando en las batallas de mañana que en la duda que no había podido develar hoy. Y ella respondió: -Las mujeres queremos ser soberanas de nuestra propia vida. El rey se detuvo, conmovido, y casi inconscientemente asintió: "Esa es la respuesta de la madre de mi heredero", dijo. A su pesar, de inmediato se dio cuenta de que había elegido a una vieja fea, y quizá ya infértil, que no le gustaba y que difícilmente podría garantizarle hijo, al fin de cuentas la cuestión que lo había llevado hasta allí. Entonces rápidamente, y en democrático acuerdo consigo mismo, declaró fallida la búsqueda y desierto el premio.
Pero la ganadora, y muchos de los nobles presentes, que eran recientes aliados de Arturo, reclamaron que cumpliera su palabra. La respuesta había sido satisfecha, y él estaba en deuda con la mujer. La cosa se ponía políticamente incorrecta, y los caballeros aconsejaron a Arturo que se hiciera cargo de la situación, pero él se negaba redondamente. Entonces sir Lancelot, uno de sus mejores y más fieles vasallos, se ofreció a casarse por él. Si la mujer aceptaba, se podría conformar también a los nobles levantiscos, que de todas formas tendrían a su candidata en un sitio privilegiado de la corte. El rey estuvo de acuerdo e hizo la oferta, que fue aceptada.
El casamiento se consumó de inmediato, y ya en los aposentos matrimoniales, la mujer dijo a sir Lancelot: "Eres un hombre valiente y leal. Por mi parte, soy una hechicera, y puedo y quiero premiar tu conducta. Puedo cambiar mi aspecto decrépito a voluntad, y durante nuestra convivencia puedo ser la más hermosa de las mujeres para ti durante medio día cada jornada. ¿Quieres que lo sea durante el día, o durante la noche?

Lancelot meditó unos instantes y recordó la sentencia de la bruja: "Las mujeres queremos ser soberanas de nuestra propia vida". Entonces respondió: "Lo que tú decidas será lo mejor". La bruja le dijo: "Además de leal y valiente, eres inteligente. Creo que te mereces que sea la más hermosa, siempre". Y de inmediato se transformó en una preciosa y virginal muchacha que por muchos, muchos años hizo las delicias del audaz caballero...
Por supuesto, una historia como esta no puede ni debe terminar sin una...
Moraleja: no importa si una mujer es la más bella o un adefesio horrible, porque siempre, siempre, será una bruja. ;-)

lunes, 5 de marzo de 2007

El mundo es un pañuelo, Google es Gran Hermano, y el capital es el papá de todos


¿Hallazgo arqueológico con Google Earth?

Una arquitecta española, intrigada con una mancha que veía en la foto satelital, encontró lo que podrían ser los restos de un gigantesco poblado romano

(infografía de La Nación)



Llevaba 15 días intrigada con una mancha que había visto navegando con Google Earth por el Mar Menor. Ayer se decidió y lo notificó a la Dirección General de Cultura de Murcia, España. La arquitecta Concha Roca había descubierto indicios de lo que podría ser un gigantesco poblado romano fortificado (...).



El poblado romano de Murcia ya fue descubierto en 2005
El pueblo romano descubierto está sumergido bajo las aguas del Mar menor. Su descubridor fue Jesús González, un informático de Cádiz. En 2005 dejó una marca en Google Earth sobre el posible poblado romano sumergido en el Mar Menor. Lo tituló: «¿Edificios hundidos?».

A las 5.55 horas del 12 de marzo de 2005 Jesús González Rodríguez, un informático gaditano de 25 años, dejó en la comunidad de Google Earth una marca sobre uno de los mapas. Coincide con una mancha paralela a la costa de la Manga que da al Mar Menor. Su post decía «¿Edificios hundidos?». Esta semana recibió un correo anónimo de un internauta que había visto en 20minutos.es la noticia sobre la arquitecta murciana que notificó a la Consejería de Cultura su sospecha de que podría haber un poblado romano en la costa de La Manga.

Ese mismo internauta había estado en Google Earth y había leído el post de Jesús. El informático gaditano se ha puesto en contacto con la redacción de 20minutos en Murcia para reclamar la autoría del descubrimiento (...).



Acusan a Google Earth de cambiar las imágenes de Canarias para ocultar "vergüenzas urbanísticas"
Google Earth, programa que ofrece imágenes aéreas de todo el mundo , ha cambiado las más recientes de las Islas por otras del año 2002.Según el Partido Verde Canario, este cambio responde a un acuerdo con el gobierno para ocultar "destrozos urbanísticos" en la costa.
El Partido Verde Canario denuncia el cambio de las imágenes que ofrece el programa Google Earth por tomas aéreas antiguas de 2002.

Según los ecologistas, este cambio se ha producido por un acuerdo entre la empresa pública cartográfica Grafcan y Google, con el objetivo de "esconder al mundo las numerosas vergüenzas urbanísticas y destrozos que afectan a las islas".

Así, si se comparan las imágenes del archipiélago existentes en Google Earth antes del cambio con las actuales, se observa como en algunas zonas costeras han desaparecido urbanizaciones en primera línea de playa existentes en la actualidad.
La noticia ha sido recogida por numerosos blogs , entre ellos Mangas Verdes, de Manuel M. Almeida , que informa de que el Gobierno de Canarias, responsable de Grafcan, "han derivado cualquier responsabilidad hacia Google". Por su parte, Google ha reconocido en declaraciones al diario digital Canarias Ahora , la existencia de un acuerdo con la empresa cartográfica canaria, aunque "de buenas intenciones". De hecho, Google obtiene las imágenes con las que alimenta Google Earth de infinidad de empresas a lo largo del planeta y no tiene capacidad para comprabar que todas las fotos que adquieren son las últimas (...)

lunes, 12 de febrero de 2007

Monos castigadores


Un grupo de antropólogos, etólogos y otros científicos encerró cinco orangutanes en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de bananas.

Cuando un mono subía a la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo bajaban y lo agarraban a palos. Pasado algún tiempo más, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de las bananas, que eran repuestas cada día frescas y aromáticas.

Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo el orangután nuevo fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, que le pegaron. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue sustituido y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos, fueron sustituido.

Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aún cuando nunca habían recibido un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas. Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban al que intentaba subir la escalera, con certeza la respuesta sería: "No sé. Las cosas siempre fueron así aquí".

Dátis decuestión, señorita. ¿Nunca escuchó decir "dátis decuestión"?

sábado, 3 de febrero de 2007

Subway bungee jumping


La escena, en el subte, el 19 de enero, tipo 6 de la tarde: un señor que ha salido de La Plata rumbo a Retiro pa tomarse el micro al Chaco, va pacíficamente sentado junto a una ventanilla. Redepente, estación San Juan, sube un grupito de pibes, seis, de 14 o 15, con aspecto de fascinerosos de clase media. Contrariamente a cualquier expectativa del prejuicioso platense, q ve delincuentes juveniles por todos lados (se está poniendo viejo, muy viejo), los péndex no se dirigen ni molestan a ningún pasajero. Un par de ellos se para en el marco de la puerta, y cuando el automático manda el cierre, ponen los pies entre las dos hojas, impidiéndolo parcialmente. Luego, apenas pasada la estación, fuerzan la apertura y uno de ellos, el más bajito, aunque no el menos imponente, se tiende de espaldas en el piso y asoma media cabeza fuera del vagón, dando unos alaridos aterradores, ante la vista risueña de sus colegas. Alguien q logra superar la violenta sorpresa se levanta como para auxiliarlo, o algo así, pero entonces los dos pibes q aguardaban más lejos del marco de la puerta lo paran y le dicen q se siente donde estaba, con gesto casi amable. Sigue el alarido, ahora acompañado por algunas carcajadas de los custodios del deportista suicida, así hasta entrar en Independencia, donde se paran y adoptan correctísima actitud. Al salir de la estación, recomienza el show de terror sports, con la gente asustada, espantada, encantada, hipnotizada, cualquier cosa menos indiferente. En Piedras, con los seis ya de pie a los lados de la puerta, suben tres vigilantes que los encaran en forma directa y autoritaria: -A ver, pibes, ¿qué hacen? –Nada, ¿por?-, la réplica del protagonista del bungee jumping subterráneo. –Se bajan, ya-. Y el vigi más grosso los pecha en dirección al andén, mientras el otro toma a uno de ellos con el tradicional estilo mevatenerqueacompañar. Entonces el subte parte, y sólo veo a los canas q arrean, a patadas, a los pibes hacia una salida. Buscando emociones fuertes y novedosas, los chicos pueden haber hallado una más tradicional... y más violenta.

viernes, 2 de febrero de 2007

Estratagema 29

Si uno se da cuenta (véase la estratagema 18) de que le están derrotando, se realiza una diversión: es decir, se empieza a hablar de repente de algo completamente distinto como si estuviera relacionado con el asunto y fuera un argumento contra el adversario. Esto se hace con cierto comedimiento cuando la diversión aún tiene algo que ver con el thema quaestionis; desvergonzadamente cuando sólo ataca al adversario y no atañe en absoluto al asunto.

Por ejemplo, yo elogiaba el hecho de que en China no existiera una nobleza de cuna y que los cargos sólo se proveyeran en virtud de examina. Mi adversario afirmó que la erudición capacitaba para los cargos tan poco como las prerrogativas del nacimiento (que él estimaba). Las cosas se le pusieron difíciles. Inmediatamente, introdujo la diversión de que en China se aplicaban castigos corporales a todos los estamentos, cosa que relacionó con el hecho de que se bebiera mucho té, y recriminó ambas cosas a los chinos. Quien entrase en todo esto se dejaría desviar y permitiría que le quitaran de las manos la victoria ya conquistada.
La diversión es desvergonzada cuando abandona por completo el asunto quaestionis y empieza diciendo: "Sí, pero por otro lado hace poco usted afirmaba etc., etc.". Este caso se incluye en cierta medida en el "personalizar", del que hablaremos en la última estratagema. Tomado en sentido estricto, es un paso intermedio entre el argumentum ad personam, que examinaremos allí, y el argumento ad hominem.

Toda disputa entre gente vulgar muestra hasta qué punto es, digamos, innata esta estratagema: cuando, por ejemplo, uno le hace a otro recriminaciones personales, éste no responde refutándolas, sino haciendo a su vez recriminaciones personales al primero e ignorando las que le han hecho a él mismo; lo que es tanto como admitirlas. Actúa como Escipión, que no ataca a los cartagineses en Italia, sino en África. Es posible que en la guerra a veces sea apropiada una diversión semejante. Al disputar es mala, puesto que se dejan sin respuesta las recriminaciones recibidas y los oyentes conocen cuánto de malo tienen ambas partes.

Al discutir se puede utilizar, faute de mieux [a falta de algo mejor].



Arthur Schopenhauer,
El arte de tener razón, expuesto en 38 estratagemas
Imagen tomada del blog de Pablo Bravo Hurtado en http://www.buenvivir.org

lunes, 22 de enero de 2007

Nocturno

Me tendí, como el llano, para que aullara el viento.
Y fui una noche entera
ámbito de su furia y su lamento.

¡Ah! ¿quién conoce esclavitud igual
ni más terrible dueño?

En mi aridez, aquí, llevo la marca
de su pie sin regreso.


Poema de la mexicana
Rosario Castellanos

martes, 16 de enero de 2007

Limpia, fija y da esplendor


Altas fuentes de los servicios secretos de Java, de Inglaterra y de Bahrein revelaron sorprendentes informaciones capturadas tras una operación de intercepción de correos electrónicos que funcionarios de la Real Academia Española enviaron a sus colegas de América latina. El intercambio electrónico-epistolar contiene las próximas reglas de ortografía del idioma español que la Academia rectora propone que se implementen a partir de 2007, y que dará a conocer oficialmente el 1º de marzo próximo.

La Real Academia de la Lengua se inspira, al parecer, en un plan quinquenal que alguien propuso para la germanización del inglés. Será, pues, una enmienda paulatina, que entrará en vigor poco a poco, para evitar confusiones. La reforma hará mucho más simple el castellano de todos los días y pondrá fin a los problemas de ortografía que tienden trampas a futbolistas, abogados y arquitectos. Asimismo, hará que nos entendamos de manera universal quienes hablamos esta noble lengua.

De acuerdo con el expediente secreto, la reforma se introducirá en cinco etapas anuales, a saber:

1.- Supresión de las diferencias entre c, q, s, z y k. Komo despegue del plan, todo sonido parecido al de la k (este fonema tiene su definición tékniko-lingüístika, pero konfundirá mucho si la mencionamos akí) será asumido por esta letra. En adelante, pues, se eskribirá: kasa, keso, kontado. También se simplifikará el sonido de s en este úniko signo. Kon lo kual sobrarán la c y la z: El sapato de Sesilia es asul. Desapareserá la doble c y será reemplasada por x: Tuve un axidente en la Avenida Oxidental. Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas por su estraña pronunsiasión de siertas letras.

2.- Se funden la b kon la v, así komo la y kon la ll. No existe en español diferensia alguna entre el sonido de la b larga y la v chikita. Por lo kual, a partir del segundo año, desapareserá la v y beremos kómo bastará con la b para ke bibamos felises y kontentos. Pasa lo mismo kon la ll y la y. Todo se eskribirá con y: Yébeme de paseo a Sebiya, señor Biyar. Esta integrasión probokará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia. Toda b será de baka, toda b será de burro.

3.- R es erre; fuera la h; fusión de g y j. A partir del terser año, y para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá con doble r: Rroberto rregala una rradio. Asimismo, la h, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, será eliminada. Nuestros ijos ya no tendrán ke pensar kómo se eskribe sanaoria y se akabarán esas complikadas y umiyantes distinsiones entre echo y hecho. Ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos. Tampoko en la diferensia entre la g y la j, ke muchas beses suenan igual. Aora todo ba con j: El jeneral jestionó la jerensia. No ay duda de ke esta sensiya modifikasión ará que ablemos y eskribamos todos con más rregularidad y rritmo más rrápido.

4.- Abolisión de tildes; muerte a konsonantes finales. Orrible kalamidad del kasteyano, en jeneral, son las tildes o asentos. Esta sancadiya kotidiana jenerara una axion desisiba en la rreforma. Aremos komo el ingles, que a triunfado unibersalmente sin tildes. Kedaran kanseladas desde el kuarto año y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada bocablo. Berbigrasia: Komo komo komo. Tambien seran proibidas siertas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano. Asi, se dira: ¿Ke ora es en tu relo?; As un ueko en la pare; La mita de los aorros son de eya.

5).- Eliminasion de la d interbokalika del partisipio pasao y kanselasion de artikulos. El uso a impuesto ya ke no se diga bailado sino bailao, nacido sino nacio y venido sino venio. Kabisbajos aseptaremos esta kostumbre bulgar, ya ke es el pueblo yano el ke manda, al fin y al kabo; desde el kinto año kedaran suprimidas esas des interbokalikas ke la jente no pronunsia. Ademas, y konsiderando ke el latin no tenia artikulos y nosotros no debemos inbentar kosas que nuestro padre latin rrechasaba, kasteyano karesera de artikulos. Sera poko enrredao en prinsipio, y ablaremos komo futbolistas yugoslabos, pero despues niños, niñas kolegialas, beran ke tareas eskolares rresultaran mas fasiles.

Profesores terminaran benerando akademikos ke an desidio aser rreformas klabes para ke seres umanos ke bibimos en nasiones ispanoablantes gosemos berdaderamente el idioma de Serbantes y Kebedo. Eso si: nunka aseptaremos ke potensias estranjeras token kabeyo de letra eñe. Eñe rrepresenta balores mas elebados de tradision kultural ispanika y primero kaeremos kadaberes ke aseptar bejasione a simbolo ke a sio korason bibifikante de istoria kastisa. ¡Kon eñe ay lus en poterna y guardian en eredad!

martes, 26 de diciembre de 2006

Cuando reconocen al que vale

Eduardo Ferro recibió el premio de Humor Gráfico
"Quevedos". La trayectoria profesional de El Capo fue reconocida "por su especial significación social y artística", con esta distinción que, para la historieta, equivale al Cervantes de las letras.

Nacido en 1917, Ferro es el decano absoluto del humor gráfico argentino. En la revista "Patoruzú" nacieron muchos de sus mejores personajes, como "Langostino", "Bólido", "Tara Service" y "Pandora", entre otros.

En los años ’40 publicó en "La Razón" otro de sus notables personajes: el buzo "Chapaleo", que alcanzó difusión continental.

En 1988, Hyspamérica publicó "Lo que el vento devolvió", uno de los pocos libros que compila los trabajos de Ferro.
(Arriba, un dibujo que Ferro le regaló a Nación Apache -y yo
tomé prestado-; y abajo, una remake de "Chapaleo" que Rep publicó en el P/12 del 21/12/06 -ahí se ve mejor-)

jueves, 21 de diciembre de 2006

Poeta bélico


Soldado, hay una guerra entre la mente y el cielo,
entre el pensamiento y el día y la noche.
Por eso el poeta está siempre al sol,
remienda la luna en su habitación
y la cose a sus cadencias virgilianas,
arriba abajo, arriba abajo.


Es una guerra que nunca acaba.
Sin embargo, depende de la tuya.
Las dos son una. Son un plural,
un derecha e izquierda, un par,
dos paralelas que se encuentran
aunque sea solamente en el encuentro
de sus sombras o que se encuentran en un libro,
en un cuartel, una carta de Malasia.


Pero tu guerra acaba. Y después regresas
con seis carnes y doce vinos o bien sin ellos
para andar por otra habitación...
Monsieur y camarada, el soldado es pobre
sin los versos del poeta, sus compendios
insignificantes, los sonidos que se clavan,
inevitablemente modulantes, en la sangre.


Y guerra por guerra, tiene cada una
su clase de valentía. Qué sencillamente
el héroe ficticio se vuelve el real;
qué alegremente con las palabras justas
muere el soldado, si ha de morir,
o vive del sustento del habla fiel.


WALLACE STEVENS,
en "Notas para una ficción suprema"

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Desarrollo desigual y combinado

La conquista del espacio y el culo de los caballos romanos

Cuando vemos un transbordador espacial en su rampa de lanzamiento, notamos dos grandes cohetes unidos a los lados del principal tanque de combustible. Son los llamados SRB (Solid Rocket Boosters), construidos por Thiokol Inc. en su fábrica de Utah.

Los ingenieros que los diseñaron habían previsto que fueran más anchos y más cortos, exactamente de la longitud del transbordador, pero los SRB deben ser enviados por tren desde la fábrica hasta el lugar de lanzamiento. La línea férrea pasa por un túnel en las montañas, y los SRB tienen que caber en ese túnel, que es apenas más ancho que la trocha de la vía.


El ancho de las vías en los ferrocarriles de EEUU es de 143,5 cm (4 pies y 8,5 pulgadas exactamente), un número bastante extraño. ¿Cuál es la razón de ese ancho? Una respuesta rápida y sencilla es que así se construyen las trochas en Gran Bretaña, y que las de EEUU fueron construidas por ingleses expatriados.


¿Y por qué los ingleses usaban ese ancho? Los primeros trenes fueron construidos por las mismas personas que habían construido los antiguos tranvías, y ése era el ancho que usaban. ¿Y por qué usaban tal cifra? Porque utilizaban las mismas plantillas y herramientas empleadas para construir carruajes que tenían ese espacio entre ruedas.


Bien. ¿Y por qué los carruajes usaban esa extraña cifra de espacio entre ruedas? Porque si hubiesen usado otra cualquiera, se hubiesen roto en algún viejo camino inglés, ya que esa es la distancia entre las huellas de los carruajes que pasaron por allí desde la antigüedad.


¿Y quién construyó esos viejos caminos con huellas? Las primeras carreteras de larga distancia en Europa (e Inglaterra) fueron construidas durante el Imperio Romano (cuando Inglaterra era Britania) para sus legiones, y han sido usadas desde entonces. Los carros de guerra de las legiones romanas marcaron las huellas iniciales, que cualquier otro tenía que imitar por miedo a destruir las ruedas de sus carruajes. Ya que esos carros fueron hechos para (o por) el Imperio Romano, eran todos iguales en cuanto a distancia entre ruedas. El ancho de vía férrea estándar en EEUU es de 143,5 cm, y deriva de las especificaciones originales para un carro de guerra romano.


Así pues, la próxima vez que te den unas especificaciones y te preguntes qué culo de asno las parió, puede que estés aproximadamente en lo cierto, ya que los carros de guerra romanos se hicieron con el ancho justo para acomodar los traseros de dos caballos. Aquí tenemos la respuesta a la pregunta de cuál era la razón para ese ancho de vía.


Y volviendo a donde empezamos, vemos que el diseño de los cohetes impulsores del más avanzado sistema de transporte del mundo fue condicionado hace dos mil años por el ancho de ancas de un par de caballos romanos.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Lucatdis!!! I

Negrear al empleado es cada vez más “popular”

La “mejor” marca es la del NEA

Las estadísticas oficiales vuelven a demostrar que los trabajadores son el principal sostén del crecimiento "a tasas chinas". El INDEC detectó que, en la región, cuatro de cada diez empleados no están registrados; un 7% más que la media nacional, donde la contratación ilegal llega al 35,8%. En tanto, el Instituto Provincial de Estadísticas de Santa Fe reveló que sobre 43.171 nuevos trabajadores encuestados (de entre 30 y 39 años), 33.774 declararon que en su trabajo no les hacen los aportes a la Seguridad Social. No obstante, las cámaras patronales siguen reclamando subsidios del Estado...

Leer más

domingo, 17 de diciembre de 2006

Todo que no sea bien contigo misma

Canción de invierno (Silvio Rodríguez)

Es día de frío y llegas a casa
vienes de la tarde cansada de un jueves
los muebles, tu perro y millones de ojos
están como siempre esperando tu vuelta
en la que presientes que nada ha cambiado
te espera lo mismo, el sueño ha pasado.

Recoges tu pelo tan libre en la tarde
quizás porque nadie nunca lo vio preso
te sientas y cenas y todas las culpas
te dan con un peso mayor que tus fuerzas
y pugnan tus ojos y esta tarde loca
hasta que eres débil y tapas tu boca.

Cuando todo pasa te crees segura
mientras con tus horas revuelves cenizas
presientes muy dentro pasiones prohibidas
no importa mentirse para ser felices
hasta que un deseo se meta en tu lecho
mas ¿qué estás pensando? Te tapas el pecho.

Pero necesitas quedar bien con todo
todo que no sea bien contigo misma
la angustia es el precio de ser uno mismo
mejor ser felices como nuestros padres
y hacer de la lástima amores eternos
hasta que a la larga te tape el invierno.



Angustia (La madre del artista),
de David Alfaro Siqueiros.

jueves, 14 de diciembre de 2006

No es la razón

La palmera al final de la mente
detrás del último pensamiento, crece,
en la distancia de oros brillantes,
un pájaro de plumas de oro canta en la palmera,
sin significado humano, sin sentimiento humano,
una canción extranjera;
entonces comprenderás que no es la razón
la que nos asiste en la felicidad o tristeza de los días.
El pájaro canta, sus plumas resplandecen.
La palmera se yergue al borde del vacío.
El viento baila en sus ramas,
las doradas plumas del pájaro caen lentamente,
suspendidas en el aire.

(Se llama
"De la simple existencia",
es de Wallace Stevens)



miércoles, 13 de diciembre de 2006

Bienvenida al club

Meten a la lauchita en el laberinto. Al final del susodicho, el objeto del deseo: una porción de oloroso gruyere o un machito atractivo, lo que fuere. La estructura permite que la laucha vea dónde está el objeto deseado, pero impide que tenga acceso a él. Entonces, le ponen unos premios consuelo: objetos parecidos pero de menor valor, a los que sí puede acceder con facilidad.

¿Qué hace la laucha? Al principio trata de hallar el camino hacia el premio más pulenta. Después, persuadida de la imposibilidad de alcanzarlo, renuncia a él y se dirige a algún sustituto inferior. E’cir, se comporta como una persona "racional", pragmática, utilitarista.

Y es aquí donde se inicia el experimento de verdad: operan el cerebro de la rata (le hacen cosas con un láser). Ahora la rata, operada, es arrojada de nuevo al laberinto, donde vuelve a ver el inaccesible objeto del deseo. El bicho parece en primera instancia resignado a uno de los sustitutos, pero al rato vuelve, en forma recurrente, a "el" objeto, intenta alcanzarlo una y otra vez.

La operación para "humanizarla" fue un éxito: el deseo del pobre animal estará por siempre cautivo de la cosa inaccesible, y nunca tendrá descanso, sólo pausas, en su perpetua peregrinación hacia lo que siempre estará más allá.


(Sobre un relato de Jacques-Alain Miller)

Un carácter inolvidable


Para que el carácter de un ser humano revele cualida-des verdade-ramente excepcionales, es necesario tener la suerte de poder observar sus acciones durante muchos años. Si esta acción está despojada de todo egoísmo, si la idea que la dirige es de una generosidad sin precedente, si es absolutamente seguro que no hay en ella una búsqueda de recompensa, y que, sobre todo, ha dejado huellas visibles sobre el mundo, estamos, sin riesgo de errores, ante un carácter inolvidable.


Hace unos cuarenta años realicé un largo viaje a pie por las alturas montañosas, absolutamente desconocidas por los turistas, de esa vieja región de los Alpes que penetra en la Provenza.
Esta región está delimitada al sudeste y al sur por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte por el curso superior del Drôme, después por su afluente hasta Die; al oeste por las planicies del condado de Vanaissin y los contrafuertes del monte Ventoux. Comprende toda la parte norte del departamento de los Alpes Bajos, el sur del Drôme y un pequeño enclave del Vaucluse.


Como decía, fue entonces cuando emprendí mi largo paseo por esos desiertos, landas desnudas y monótonas, de unos 1200 a 1300 metros de altitud. Sólo crecen allí las lavandas silvestres.


Atravesaba la región en toda su extensión y, después de tres días de marcha, me encontré en medio de una desolación sin precedentes. Acampé cerca de un esquelético pueblo abandonado. No había encontrado agua el día anterior, y necesitaba hallarla. Esas casas aglomeradas, aunque en ruinas, me hacían pensar que una vez debió de haber allí una fuente o un pozo. Había una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas, sin techo, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario derrumbado, estaban dispuestas como las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida había desaparecido.


Era un buen día de junio con un gran sol, pero, sobre estas tierras sin reparo y alzadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus rugidos en las carcasas de las ruinas eran los de una fiera molestada mientras come. Me fue necesario levantar campamento. A las cinco horas de marcha de allí, no había encontrado agua ni nada que me pudiera dar la esperanza de encontrarla. Por todos lados la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. Me pareció distinguir en la lontananza una pequeña silueta negra, erecta. La tomé por el tronco de un árbol solitario. De cualquier modo, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas acostadas sobre la tierra ardiente descansaban alrededor de él.


Me hizo beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo a su aprisco, en una ondulación de la planicie. Extraía su agua, excelente, de un pozo natural, muy profundo, al lado del cual había instalado un torno de mano rudimentario.


Este hombre hablaba poco. Era algo típico de los solitarios, pero uno se sentía seguro con él y confiaba en esta seguridad. Era algo insólito en este país despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de piedra, en la cual se observaba muy bien cómo su trabajo personal había detenido la ruina que había encontrado a su llegada. Su techo era sólido e impermeable. El viento que batía sobre las tejas parecía el ruido del mar en la playa. El lugar estaba en orden, la vajilla lavada, el suelo barrido, su fusil engrasado; la sopa hervía en el fuego. Noté ahora que estaba bien rasurado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos, que sus vestimentas estaban remendadas con esa minuciosidad que hace invisibles los remiendos. Compartió conmigo su sopa y, como después le ofrecí mi petaca, me dijo que no fumaba. Su perro, silencioso como él, era amable sin ser servil.


Desde el principio quedó claro que yo pasaría la noche allí; el caserío más próximo estaba todavía a día y medio de marcha. Y, además, yo conocía perfectamente el carácter de los raros pueblos de esta región. Había cuatro o cinco dispersos, lejos los unos de los otros, sobre los flancos de esas colinas, en los bosquecillos de robles blancos, en el extremo final de las rutas transitables. Estaban habitados por leñadores que fabricaban carbón de madera. Eran unos parajes donde se vivía bastante mal. Las familias, apiñadas unas contra otras en ese clima de una rudeza excesiva, tanto en verano como en invierno, no encontraban escape a sus egoísmos. La ambición irracional alcanzaba proporciones desmesuradas, en un deseo continuo por escapar de ese lugar.


Los hombres transportaban su carbón a la ciudad con sus camiones, luego retornaban. Las más sólidas cualidades se quebraban bajo esta perpetua ducha escocesa. Las mujeres hervían a fuego lento sus rencores. Había rivalidad para todo, tanto para la venta de carbón como para el banco de la iglesia, para las virtudes que se combatían entre ellas, para la mezcolanza general de vicios y virtudes, sin descanso. Y sobre todo estaba el viento, que, incesante, irritaba los nervios. Había epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, por lo general homicida.


El pastor que no fumaba fue a buscar un pequeño saco y vació sobre la mesa una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una después de otra con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrecí a ayudarle. Me dijo que era asunto suyo. Y lo era, en efecto. Viendo el cuidado que ponía en su trabajo, no insistí más. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando hubo apartado una pila de bellotas bien gruesas, contó grupos de diez. Al hacerlo, eliminó incluso las muy pequeñas o que estaban ligeramente agrietadas, cuando las examinó más de cerca. Cuando tuvo delante de sí cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a acostar.


La compañía de este hombre infundía paz. A la mañana siguiente le pedí permiso para descansar allí todo el día. Lo encontró muy natural, o, para ser más exacto, me dio la impresión de que nada podría sorprenderle. Este descanso no era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir a su majada y la llevó a pastar. Antes de partir, puso en remojo, en un cubo de agua, el pequeño saco que tenía las bellotas tan cuidadosamente elegidas y contadas.
Advertí que, a guisa de bastón, portaba una barra de hierro del grueso de un pulgar y un metro cincuenta de largo. Haciendo que paseaba para descansar, caminé en una ruta paralela a la suya. El lugar de pastoreo de sus animales estaba en el fondo de un valle. Dejó a la pequeña majada al cuidado del perro y comenzó a subir hacia donde yo me encontraba. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no era nada de esto, ese era su camino y me invitó a acompañarle si yo no tenía nada mejor que hacer. Ascendió hasta unos doscientos metros de altura.


Una vez llegado al lugar que deseaba alcanzar, clavó su barra de hierro en la tierra. Hizo así un agujero en el cual metió una bellota, y luego lo rellenó. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía quiénes eran sus dueños? No lo sabía. Suponía que era una tierra comunal, o era posible que fuera propiedad de personas que no le interesaban para nada. No estaba interesado en conocer a los propietarios. Plantó así sus cien bellotas, con un cuidado extremado.


Después del almuerzo, volvió a escoger sus simientes. Supongo que debo de haber estado muy insistente en mis preguntas, pues él me respondió. Durante tres años había estado plantando árboles en esa soledad. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían salido. De estos veinte mil, contaba aún perder la mitad, por culpa de los roedores o de todo lo que es imposible de prever en los designios de la providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían en ese paraje donde nada había crecido antes.


Fue entonces cuando comencé a preguntarme acerca de la edad de este hombre. Tenía visiblemente más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elezéard Bouffier. Había tenido una granja en las planicies. Había vivido su vida.


Había perdido a su único hijo, luego a su mujer. Se había retirado a la soledad, donde su único placer era vivir lentamente, con sus ovejas y su perro. Había llegado a la conclusión de que esa región se moría por falta de árboles. Agregó que, no teniendo ocupaciones importantes, se había propuesto remediar este estado de las cosas.


Como yo mismo, en ese momento, a pesar de mi juventud, llevaba una vida solitaria, sabía como tocar con delicadeza las almas solitarias. Sin embargo, cometí un error. Mi juventud, precisamente, me hacía imaginar un futuro en función de mí mismo y de una determinada búsqueda de la felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil árboles serían magníficos. Me respondió, simplemente que, si Dios le daba vida, en treinta años plantaría tantos otros que los diez mil serían como una gota de agua en el mar.


Además, estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía junto a su casa un vivero de hayucos. Las plantitas, que había protegido de sus ovejas por medio de un vallado, eran muy hermosas. Había pensado igualmente en los abedules donde, me dijo, había algo de humedad dormida a pocos metros de la superficie del suelo. Al día siguiente nos separamos.


Al año siguiente vino la guerra del ’14, en la que me vi envuelto durante cinco años. Un soldado de infantería apenas puede reflexionar sobre los árboles. A decir verdad, el hecho mismo no me había impresionado; lo había considerado como un hobby, una colección de sellos, y lo había olvidado.


Al terminar la guerra, me encontré en posesión de una prima de desmovilización minúscula, pero con el gran deseo de respirar un poco de aire puro. De esta manera, sin una idea preconcebida, salvo la expresada, retomé el camino de esas comarcas desérticas. La región no había cambiado. No obstante, más allá del pueblo muerto, divisé en la lontananza una especie de bruma gris que recubría las colinas como un tapiz. Desde el día anterior había comenzado a pensar en aquel pastor que plantaba árboles. "Diez mil árboles -me dije- ocupan un gran espacio".


Había visto morir a mucha gente durante cinco años para no imaginar fácilmente la muerte de Elezéard Bouffier, en especial cuando, a los veinte, uno considera a los hombres de cincuenta como viejos a los que resta poco de vida. El no había muerto. De hecho, se lo veía muy vigoroso. Había cambiado de oficio. No tenía más que cuatro ovejas pero, en cambio, una centena de colmenas. Se había desembarazado de las ovejas que ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Pues, me dijo (y yo lo constaté), no se había preocupado mucho de la guerra. Había continuado plantando árboles imperturbablemente.


Los robles de 1910 tenían ahora diez años y eran más altos que nosotros dos. El espectáculo era impresionante. Me sentí literalmente sin palabras y, como él no hablaba, nos pasamos todo el día en silencio mientras paseábamos por su bosque. Este tenía, en tres secciones, once kilómetros en su máxima extensión. Cuando uno recuerda que todo esto había salido de las manos y el alma de ese hombre, sin recursos técnicos, uno comprende que los hombres pueden ser tan eficaces como Dios en otros dominios que no sean la destrucción.


Él había seguido su plan, y las hayas que me llegaban al hombro, expandiéndose hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran tupidos y había pasado la época en que estaban a merced de los roedores; cuando los designios de la Providencia son destruir la obra creada, le es necesario recurrir a los ciclones. Me mostró admirables bosquecillos de abedules que tenían cinco años, es decir de 1915, la época en que yo combatía en Verdún. Les había hecho ocupar todas las hondonadas donde él suponía, con justa razón, que había humedad a flor de tierra. Eran delicados como adolescentes y muy firmes.


La creación parecía haber actuado como una reacción en cadena. El no se preocupaba, él proseguía obstinadamente su tarea, en toda su simplicidad. Pero al regresar hacia el pueblo, vi correr agua por arroyos que habían estado secos desde que el hombre tenía memoria. Era la más formidable reacción en cadena que yo había visto. Esos arroyos secos habían llevado agua hacía mucho, mucho tiempo.


Algunos de los tristes pueblos de los que he hablado al principio de mi relato estaban construidos sobre los emplazamientos de villas galorromanas, de las que aún persistían huellas; allí los arqueólogos habían excavado y encontrado anzuelos, en aquellos parajes donde, en el siglo XX, la gente se veía obligada a recurrir a las cisternas para tener un poco de agua.


El viento había dispersado ciertas semillas. Al mismo tiempo que el agua reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una especie de razón de vivir. Pero la transformación se operaba tan lentamente que entraba en lo habitual sin provocar sorpresa. Los cazadores que escalaban esas soledades persiguiendo liebres o jabalíes habían, por supuesto, constatado el aumento de los arbolitos, pero lo habían atribuido a los caprichos naturales de la tierra. Es por ello que nadie había tocado la obra de este hombre. Si hubiera sido detectado, hubiera tenido oposición. ¿Podrían acaso imaginar, en los pueblos y la administración, una obstinación como aquella, una generosidad tan magnífica?


A partir de 1920, no dejé pasar un año sin hacer una visita a Elezéard Bouffier. Nunca le vi flaquear ni dudar. ¡Y, por lo tanto, Dios sabe si Dios mismo empuja! No me había dado cuenta de sus sinsabores. Pero debemos imaginar que, para obtener un éxito similar, es necesario vencer a la adversidad y que, para obtener la victoria de una pasión igual, habrá que luchar contra la desesperación. Durante todo un año había plantado diez mil arces. Todos se secaron. Después de un año, abandonó los arces para retomar las hayas, que brotaron casi mejor que los robles.


Para tener una idea un poco más exacta de este carácter excepcional, no se puede olvidar que actuaba en una soledad total; tan total que, hacia el fin de su vida, había perdido la costumbre de hablar. O quizás, es posible, no veía la necesidad de hacerlo.


En 1933 recibió la visita de un guardabosques asombrado. Este funcionario le notificó que había una orden de no hacer fuegos que pudieran poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Era la primera vez, dijo aquel hombre ingenuamente, que veía que un bosque crecía solo. Por entonces, Elezéard plantaba las hayas a doce kilómetros de su casa. Para evitar el trayecto de retorno, pues ya tenía sesenta y cinco años, planeaba construir una cabaña de piedra en la linde misma de sus plantaciones. Algo que hizo al año siguiente.


En 1935, una verdadera delegación administrativa vino a examinar el "bosque natural". Estaba formada por un gran personaje de la administración de Aguas y Bosques, un diputado y algunos técnicos. Decidieron que había que hacer algo y, afortunadamente, nada fue hecho, excepto la única cosa útil: poner el bosque bajo la protección del Estado y prohibir el ir y venir de los carboneros. Era imposible no dejarse cautivar por la belleza de los jóvenes árboles en la plenitud de su salud. Ellos mismos ejercieron todo su poder de seducción sobre el diputado.


Yo tenía un amigo entre los oficiales forestales que estaban en la delegación. Le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente nos dirigimos ambos en busca de Elezéard Bouffier. Lo encontramos en plena faena, a unos veinte kilómetros del lugar donde había tenido lugar la inspección. Este oficial forestal no era amigo mío por nada. Conocía el valor de las cosas. Sabía permanecer en silencio. Yo ofrecí los huevos que había traído como presente. Partimos nuestro refrigerio en tres y pasamos varias horas en la contemplación muda del paisaje. El lado del que habíamos venido estaba cubierto con árboles de seis a siete metros de altura. Yo recordaba el aspecto del país en 1913, aquel desierto... El trabajo apacible y regular, el vigoroso aire de la montaña, la frugalidad, y sobre todo, la serenidad del alma, habían dado a este viejo una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. ¡Me pregunté cuántas hectáreas más de árboles cubriría todavía!


Antes de partir mi amigo hizo simplemente una breve sugerencia a propósito de ciertas especies a las cuales el terreno parecía convenir. No insistió. "Por una buena razón -me dijo más tarde-, porque este buen hombre sabe más que yo". Al cabo de una hora de marcha, habiéndose esta idea abierto camino en él, agregó: "Él sabe más que nadie en el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa forma de ser feliz!". Fue gracias a este oficial que, no sólo el bosque, sino también la felicidad del hombre fueron protegidos. Hizo nombrar tres guardabosques para su protección y los atemorizó para que permanecieran insensibles a todas las gratificaciones que pudieran proponerles los leñadores.


La obra no corrió ningún peligro serio, salvo durante la guerra de 1939. Los automóviles marchaban entonces con gasógeno, y nunca había suficiente madera. Se comenzaron a efectuar talas de los robles de 1910, pero estas regiones estaban tan lejos de cualquier red vial, que la empresa resultó mala desde el punto de vista financiero. Fue abandonada. El pastor no vio nada. Estaba a treinta kilómetros de allí, continuando apaciblemente su tarea, ignorando la guerra del ’39, como había ignorado la del ’14.


Vi a Elezéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había reemprendido entonces la ruta del desierto; pero ahora, a pesar de los estragos que había causado la guerra en esa región, había un autobús entre el valle de Durance y la montaña.


Atribuí a este medio de transporte relativamente rápido el hecho de no reconocer las escenas de mis primeros paseos. Me pareció también que el itinerario me hacía pasar por lugares nuevos. Necesité ver el nombre de un poblado para darme cuenta de que estaba, a pesar de todo, en esta región antaño arruinada y desolada. El autobús me dejó en Vergons.


En 1913, este poblado de diez o doce casas tenía tres habitantes. Eran criaturas salvajes, se detestaban y vivían de poner trampas para animales; estaban, física y moralmente, a poca distancia de los hombres prehistóricos. Las ortigas devoraban el entorno de las casas abandonadas. Su condición carecía de esperanzas. No existía para ellos otra cosa que esperar la muerte: situación que no predispone mucho a las virtudes.


Todo había cambiado. El aire mismo. En lugar de las ráfagas secas y brutales que me habían recibido antaño, soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al agua llegaba de las montañas. Pero, lo más sorprendente de todo, escuché el verdadero murmullo del agua corriendo en una palangana. Vi que había sido construida una fuente, y que el agua fluía abundante, y que -esto me sorprendió más aún- alguien había plantado junto a ella un tilo que parecía tener cuatro años, ya grueso, símbolo incontestable de una resurrección.


Por otra parte, Vergons mostraba evidencias de ese tipo de trabajo para el cual es necesaria la esperanza. La esperanza había, entonces, retornado. Habían despejado las ruinas, abatido las paredes derruidas y reconstruido cinco casas. El poblado contaba por entonces veintiocho habitantes, cuatro de ellos jóvenes parejas casadas. Las nuevas casas, con su revoque aún fresco, estaban rodeadas de jardines donde crecían, mezcladas pero en un cierto orden, legumbres y flores, coles y rosales, puerros y dragones, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde daba ganas de vivir.


A partir de allí, continué a pie. La guerra de la que apenas habíamos salido no había permitido la expansión total de la vida, pero Lazare estaba lejos ahora de ser una tumba. Sobre los bajos flancos de las montañas, vi pequeños campos de cebada y centeno; en lo profundo de los estrechos valles empezaban a verdear algunas praderas. Sólo ocho años nos separaba de esta época en que todo el país resplandecía de salud y bienestar. Sobre el emplazamiento de las ruinas que había visto en 1913, se elevaban ahora granjas limpias, bien enlucidas, que denotaban una vida feliz y confortable. Los viejos cauces, alimentados por las lluvias y las nieves que retenían los bosques, eran remisos a correr. Se habían canalizado las aguas. Al lado de cada granja, en los bosques de arces, los estanques de las fuentes desbordaban sobre los tapices de menta silvestre. Los pueblos eran reconstruidos poco a poco. Gentes de las planicies, donde la tierra era cara, se habían establecido en la región, aportando la juventud, el movimiento y el espíritu de aventura. Se encontraba en los caminos a hombres y mujeres bien alimentados, niños y niñas que sabían reír, y se había recuperado el gusto por las fiestas campesinas. Si se cuenta la antigua población, menos reconocible desde que vivían mejor, y los recién llegados, más de diez mil personas debían su felicidad a Elezéard Bouffier.


Cuando pienso que un hombre solo, reducido a sus simples recursos físicos y morales, se bastó para hacer surgir del desierto este país de Canaán, me convenzo de que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando tomo en cuenta la infatigable grandeza del alma y la tenacidad en la generosidad necesaria para lograr este resultado, me siento imbuido de un inmenso respeto por ese viejo campesino inculto que tuvo a bien realizar esta obra digna de Dios.


Elezéard Bouffier murió apaciblemente en 1947, en el hospital de Banon.


("El hombre que plantaba árboles", de Jean Giono)

martes, 12 de diciembre de 2006

Perdimos otra vez


El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.
_--oOo--_

(Esta cruel sutileza de Elizabeth Bishop
se llama "Un arte". La ilustración de más
arriba es un fragmento de una pintura,
también de ella, que no sé cómo se llama)