Está clarísimo que el hip hop es en el siglo xxi lo que la payada y otros géneros caracterizados por la improvisación y la rima fueron en siglos anteriores. Está clarísmo que la necesidad de expresar el dolor y la rebelión que provoca el sistema, sea como queja, reclamo o exigencia, no está bien abastecida por las formas musicales más tradicionales. Está clarísimo que el piberío pobre, primero excluido y luego condenado a persecución y muerte por los gerentes del capital, no tiene otro vocero más fiel. En este caso una vocera, Alika, una de las fundadoras de Actitud María Marta, ahora con su grupo Nueva Alianza:
Ningún pibe nace chorro y te lo voy a explicar
la niñez está en peligro la tenemos que salvar
no en la calle, en la escuela se tienen que quedar
si no hay padres que los cuiden necesitan un hogar
al policía corrupto no le importa matar
los jueces por billetes se pueden comprar
con la droga y la violencia les gusta traficar
nos trajeron el problema y nos quieren encerrar.
No tener un futuro, eso es la inseguridad
y es un grave problema... ¿te lo pusiste a pensar?
o solamente repetías todo lo que escuchabas
¿y tus propias decisiones? ¿cuándo las tomabas?
La radio y televisión siempre conectada...
¿quiénes son los dueños de la antena que hipnotizaba?
¿quiénes son los dueños de la fábrica de balas?
¿quiénes necesitan muerte para que haya paga?
Conozco gente que hace escuelas
gente solidaria que fue así toda su vida
una sociedad humana y más justa es la salida
y conozco gente que pide mas policía
muchas cárceles privadas van a edificar
y ahí te quieren ver metido para poder lucrar
con la muerte y la ignorancia les gusta traficar
nos trajeron el problema y nos quieren encerrar.
Qué te hacés el que hablás de progreso
si querés meter a los menores presos
brindarle ayuda al barrio no te interesa
muchos patrulleros, nada en la cabeza.
"El problema no es lo que ignoramos, sino aquello que sabemos con seguridad... y no es así"
sábado, 28 de septiembre de 2013
viernes, 7 de junio de 2013
"Si el ejemplo no es algo que se va definitivamente con la materia..."
Dante Panzeri, el implacable, hace un alto en su eterna batalla contra molinos y gigantes para homenajear a un mártir del deporte y de la vida, y con él al querido pueblo uruguayo...
EL CENTROJÁS SE SUICIDÓ AL AMANECER - (LA HISTORIA DE ABDÓN PORTE)
No fue un hecho sensiblero, y tampoco fue usado, jamás, para explotaciones comerciales como las hechas con la muerte de Gardel o intentadas con la muerte de Julio Sosa. El suicidio de Abdón Porte fue sobrio, respetuosamente tratado y archivado, en aquel momento. Nunca se hicieron guitarreadas en torno de su muerte, seguramente demencial pero no por eso carente de las grandes resonancias sentimentales y filosóficas que dejó su determinación asombrosa para todas las épocas.
De Abdón Porte no se ocuparon los comerciantes de la cursilería, sino el escritor Horacio Quiroga, que por entonces ya residía en su casa argentina de Misiones, consagrado a escribir sobre la selva y el río. La revista "Atlántida", de mayo de 1918, el mensuario argentino de mayor jerarquía de la época, le pidió a Horacio Quiroga que se ocupara del suicidio de Porte, y Quiroga lo hizo diciendo "... lo que llevaban a pulso por espacio de una legua, era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para sufrir lo cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si se la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón".
Es el caso-récord mundial de amor a una divisa deportiva. Abdón Porte, centre half de Nacional de Montevideo, desde 1911 a 1917, también de las selecciones uruguayas, se suicidó con un balazo en el corazón en su puesto de la cancha del Parque Central, en el amanecer del día 5 de marzo de 1918... ¡porque lo iban a excluir del equipo y su vida ya no tenía sentido si no podía servir a Nacional! Allí la "garra celeste", periodísticamente proclamada recién en 1935, en Lima.
El heroico y mundialmente único fútbol uruguayo está poblado de leyendas hechas realidad. Tiene los cuatro títulos mundiales. Tiene el primer canto del poeta al héroe del estadio futbolístico ("Polirrítmico dinámico a Gradín", del peruano Parra del Riego, por Berta Singerman). Tiene conseguido a patadas que el mundo incluyera al Uruguay en los mapas. ¿Qué cosa admirable o inverosímil no pasa por el fútbol uruguayo? También registra este caso realmente estremecedor.
El perro del canchero de Nacional lo localizó muerto a Abdón Porte. Fue a buscar a su amo, y lo llevó hacia el sitio del centrojás elegido por el suicida. La decisión estaba acompañada por una carta. Pedía que se lo sepultara junto a a sus ex compañeros de club, los hermanos Bolívar y Carlos Céspedes, otros dos próceres tricolores, muertos por una epidemia con muchas víctimas fatales en el Uruguay. La solicitud fue inmediatamente complacida. El fútbol uruguayo fue siempre buen custodio de este tipo de valores sentimentales. Todo lo emotivo es atesorado por ellos como riqueza nacional espiritual.
Originariamente, Porte había jugado para Colón y Libertad. Se incorporó a Nacional en 1911, debutando contra Dublín en el puesto de zaguero derecho. Desde el siguiente año, sería el centre half titular, con asombrosa constancia, durante seis años ininterrumpidos. Aún se lo ve integrando el primer equipo tricolor en un amistoso del 3 de marzo de 1918, primer partido del año, que Nacional gana 5-1 a Charley. Dos días después, Porte se suicidaba.
Dos teorías discutieron su decisión: la de que estaba mentalmente enfermo; y la de que no resistía moralmente su inminente exclusión del equipo, en el que ya se pedía la titularidad de otro grande del fútbol uruguayo, Alfredo Zibechi.
Los discursos de su sepelio tuvieron pasajes propios del fútbol heroico que había representado este "Indio" también llamado "El Canario", jugador eminentemente fuerte, pujante, luchador, con poco juego y enorme laboriosidad. Uno de ellos concluía diciendo: "Camarada: sobre tu tumba depositamos tus compañeros una rama de olivo que ciña eternamente tu frente de vencedor, y del jardín de nuestra vida escogeremos para ti las mejores margaritas a fin de que te lleven con su aroma el recuerdo inolvidable de tus compañeros. Descansa en paz".
Luis Scapinachis, ex futbolista, amigo de Porte, dice en su libro "Gambeteando frente al gol" (Montevideo, 1964): "'El Canario' quería a Nacional con pasión. Soñaba con el cuadro pujante de los Céspedes, dándole todos sus bríos, sus entusiasmos, y por último, su vida, suicidándose en el medio del field del Parque Central. ¿Por qué se mató? Porque anidaba en su corazón, y en todo su ser, el deseo de vestir siempre la tricolor, y cuando empezaron a flaquearle las piernas cargadas de victorias, ante la cruel perspectiva de ser eliminado del conjunto, optó por eliminarse".
Sea consentida una metáfora dentro de lo inédito del episodio: de gestos como este, el fútbol uruguayo está lleno, pese a que en su historia solamente hubo un único Abdón Porte suicida por verse fuera del puesto de su obsesión por el fútbol. Y digo que está lleno, porque el fútbol uruguayo se hizo grande con ese tipo de interpretación del fútbol como hecho condicionante de la vida. Uno de los comentarios periodísticos que acompañó a Porte en su partida decía: "Si el ejemplo, si la enseñanza, si el sacrificio, no es algo que se va definitivamente con la materia, es entonces la hora de decir que Porte deja una escuela de principios...". Realmente cierto. Aquel acto de locura, acaso de enfermo digno de lástima, era el efecto de unos principios por los que no parece sensato morir ni jamás se reclamó la ofrenda de ninguna vida, pero que encontraron en ese "Indio" fuerte, alto, quizá mentalmente muy limitado, un intérprete del más alto nivel emocional, que como tal dejaba efectivamente aquella lección. Y no tanto para el fútbol, cuanto para otros menesteres más importantes de la vida. La lección, desde luego, ni apuntaba a la apología del suicidio, que afortunadamente no tuvo hasta ahora imitadores dentro del nivel de Abdón Porte. Pero sí apuntaba a lo que los uruguayos cubrieron históricamente con mil demostraciones diferentes, heroicas todas, demostrativas de que la lección de Porte les había llegado muy fuerte, tratándose de lo que se dio en llamar el amor a la camiseta. Que no es otra cosa que el amor a la dignidad. Y Abdón Porte la tuvo en el más alto nivel que podía ofrendar su desesperación en medio de su limitado alcance intelectual.
No hay país más grande que el Uruguay que haya hecho, en fútbol, lo que los uruguayos hicieron siendo los más chicos, y por eso mismo, los más grandes. Es que todo lo superlativo del fútbol uruguayo, tuvo grandeza por la inmensa cuota sentimental que hizo siempre mayores a sus grandezas, sus leyendas hechas realidades. La conciencia de ser chicos, de ser pocos, de ser pobres se transmitió tan fuertemente de unos a otros en ese pueblo, que obró como un factor más determinante del matiz heroico que siempre alcanzaron su hazañas en fútbol, que así se hizo un preceptor de la misma vida uruguaya. Se hicieron fuertes por ser chicos, pocos y pobres. Y al fútbol encararon como un dogma de la disciplina social para enfrentar a la adversidad. Y ciertamente que el fútbol sirvió a esa consigna. En él tomaron aliento los uruguayos para soportar la obligada humildad de su vida diaria.
Como argentino, confieso mi gran admiración por ellos. Siempre les envidié que nosotros, justamente por ser territorialmente grandes, materialmente ricos, y demográficamente muchos en relación con ellos, no hayamos sabido encarar los años fáciles con aquella filosofía de humildad que hace doblemente sabrosas a las conquistas de lo que impone lucha y sacrificios. Los uruguayos tienen desde 1918 el único caso en el mundo de un jugador de fútbol que se ¡suicida en su sitio habitual en el campo de juego...! ¡Porque lo van a sacar del equipo al iniciarse su decadencia! Y de aquel gesto, los uruguayos tomaron un modelo de dignidad.
Esos gestos no se organizan. Ni servirían si se hicieran con cálculos de repercusión en los demás. Esos gestos valen cuando se producen con la espontaneidad, el anticálculo, y la plena sinceridad de las cosas emotivas que llenan nuestras vidas. Es recién allí que ese tipo de héroes pasa a ser monitor de conductas colectivas, de sentidos filosóficos y éticos de la vida, como los uruguayos acreditaron ante todo el mundo pateando una pelota de fútbol, con la que realmente ¡a patadas! entraron en la geografía universal. Como que en 1924, en París, debieron fingir que hacían acto de respeto ante su himno mientras los franceses hacían escuchar una marchinha brasileña que creyeron era la canción patria de Uruguay... cuya bandera izaron al revés porque tampoco la conocían (el sol estaba para abajo...).
Todo eso no los hizo sentir desafiados como machos. Los hizo sentir desafiados como pequeños, como pobres, como humildes. Y allí fue que aprendieron a desafiar esa realidad jugando al fútbol, pateando un cuero o al grito de una dignidad rebelde como aquella de:
¡Arriba, muchachos, que a estos crudos los tenemos cocinados!
O aquel otro de....
¡Vamos a ganar porque tenemos que ganar!
A esos gritos nunca los dicta la plata, sino la dignidad. Puede parecer tangolería. Puede que lo sea. Pero a ese pueblo todo eso le hizo bien. No lo hizo chabacano. Lo hizo luchador, sufrido, dignamente humilde. Y entonces sus alegrías tuvieron sobradas razones para multiplicar el alcance y el sabor de la felicidad. Porque los manjares que se disfrutan espaciadamente siempre tienen mucho mejor sabor que aquel manjar que los ricos comen todos los días. Valoriza mucho más las pocas cosas dulces de la vida, el pobre que el rico. "La miseria migliora al poppolo", dijo Benedetto Croce (y el fútbol profesional lo prostituye, digo yo).
Carlos Manini Ríos, hijo de un diplomático, narra su recuerdo infantil del primer título mundial de los uruguayos en 1924, y describe a su padre, ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, en aquel día inolvidable, escuchando los parlantes callejeros que emitían telegramas de París, de esta manera:
"El Ministro también estaba en suspenso mientras redactaba un borrador con su escritura fuerte y abierta, en letras que se desdoblaban porque la presión de la mano abría la punta de la pluma. Escuchó a Corney (el relator Liberto Corney) gritando ¡goooooollll...! ¡goollllllll!, ¡goooolllll! en el mismo momento que don Fermín Carlos de Yéreguy entraba a su despacho con una carpeta en la manos.
— ¡Rasquetita! —le gritó el Ministro al asombrado Introductor de Embajadores, que no atinaba a comprender aquella entusiasta explosión.
— ¡Rasquetita!... ¡Gol de Rasquetita!... —insistía el Ministro.
— ¿Quién es Rasquetita, señor Ministro?
— ¡Si no sabe quién es Rasquetita, retírese del despacho!
En el estrecho corredor, el espantado Yéreguy tropezó con el entusiasta elenco de colaboradores del Ministro, que venía a congratularse, y exclamó:
— Están todos locos. Esto no tiene ni pies ni cabeza. Trastornar a Relaciones Exteriores por un asunto de patadas a una pelota...
Cuando minutos después se supo que aquel gol de Rasquetita (Héctor Scarone, hermano de Carlos, El Rasqueta) había sido de penal, el Ministro se sintió un poco defraudado, porque no le gustaban del todo los goles de penal, aunque fueran bien cobrados. Le gustaban los goles de cancha, y especialmente los de habilidad y colocación, más que los de feroz pelotazo..."
La nacionalidad uruguaya se plasmó, durante muchos años, sobre todo cuando no se hablaba de dinero, con un fútbol así interpretado, tanto por un desgraciado Abdón Porte como por un ilustrado Ministro de Relaciones Exteriores. Cada cual a su manera, los dos de una misma manera: con la dignidad por delante. La dignidad de chicos, de pobres. Nosotros no tuvimos el mismo aporte de nuestros ídolos de los estadios.
EL CENTROJÁS SE SUICIDÓ AL AMANECER - (LA HISTORIA DE ABDÓN PORTE)
No fue un hecho sensiblero, y tampoco fue usado, jamás, para explotaciones comerciales como las hechas con la muerte de Gardel o intentadas con la muerte de Julio Sosa. El suicidio de Abdón Porte fue sobrio, respetuosamente tratado y archivado, en aquel momento. Nunca se hicieron guitarreadas en torno de su muerte, seguramente demencial pero no por eso carente de las grandes resonancias sentimentales y filosóficas que dejó su determinación asombrosa para todas las épocas.
De Abdón Porte no se ocuparon los comerciantes de la cursilería, sino el escritor Horacio Quiroga, que por entonces ya residía en su casa argentina de Misiones, consagrado a escribir sobre la selva y el río. La revista "Atlántida", de mayo de 1918, el mensuario argentino de mayor jerarquía de la época, le pidió a Horacio Quiroga que se ocupara del suicidio de Porte, y Quiroga lo hizo diciendo "... lo que llevaban a pulso por espacio de una legua, era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para sufrir lo cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si se la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón".
Es el caso-récord mundial de amor a una divisa deportiva. Abdón Porte, centre half de Nacional de Montevideo, desde 1911 a 1917, también de las selecciones uruguayas, se suicidó con un balazo en el corazón en su puesto de la cancha del Parque Central, en el amanecer del día 5 de marzo de 1918... ¡porque lo iban a excluir del equipo y su vida ya no tenía sentido si no podía servir a Nacional! Allí la "garra celeste", periodísticamente proclamada recién en 1935, en Lima.
El heroico y mundialmente único fútbol uruguayo está poblado de leyendas hechas realidad. Tiene los cuatro títulos mundiales. Tiene el primer canto del poeta al héroe del estadio futbolístico ("Polirrítmico dinámico a Gradín", del peruano Parra del Riego, por Berta Singerman). Tiene conseguido a patadas que el mundo incluyera al Uruguay en los mapas. ¿Qué cosa admirable o inverosímil no pasa por el fútbol uruguayo? También registra este caso realmente estremecedor.
El perro del canchero de Nacional lo localizó muerto a Abdón Porte. Fue a buscar a su amo, y lo llevó hacia el sitio del centrojás elegido por el suicida. La decisión estaba acompañada por una carta. Pedía que se lo sepultara junto a a sus ex compañeros de club, los hermanos Bolívar y Carlos Céspedes, otros dos próceres tricolores, muertos por una epidemia con muchas víctimas fatales en el Uruguay. La solicitud fue inmediatamente complacida. El fútbol uruguayo fue siempre buen custodio de este tipo de valores sentimentales. Todo lo emotivo es atesorado por ellos como riqueza nacional espiritual.
Originariamente, Porte había jugado para Colón y Libertad. Se incorporó a Nacional en 1911, debutando contra Dublín en el puesto de zaguero derecho. Desde el siguiente año, sería el centre half titular, con asombrosa constancia, durante seis años ininterrumpidos. Aún se lo ve integrando el primer equipo tricolor en un amistoso del 3 de marzo de 1918, primer partido del año, que Nacional gana 5-1 a Charley. Dos días después, Porte se suicidaba.
Dos teorías discutieron su decisión: la de que estaba mentalmente enfermo; y la de que no resistía moralmente su inminente exclusión del equipo, en el que ya se pedía la titularidad de otro grande del fútbol uruguayo, Alfredo Zibechi.
Los discursos de su sepelio tuvieron pasajes propios del fútbol heroico que había representado este "Indio" también llamado "El Canario", jugador eminentemente fuerte, pujante, luchador, con poco juego y enorme laboriosidad. Uno de ellos concluía diciendo: "Camarada: sobre tu tumba depositamos tus compañeros una rama de olivo que ciña eternamente tu frente de vencedor, y del jardín de nuestra vida escogeremos para ti las mejores margaritas a fin de que te lleven con su aroma el recuerdo inolvidable de tus compañeros. Descansa en paz".
Luis Scapinachis, ex futbolista, amigo de Porte, dice en su libro "Gambeteando frente al gol" (Montevideo, 1964): "'El Canario' quería a Nacional con pasión. Soñaba con el cuadro pujante de los Céspedes, dándole todos sus bríos, sus entusiasmos, y por último, su vida, suicidándose en el medio del field del Parque Central. ¿Por qué se mató? Porque anidaba en su corazón, y en todo su ser, el deseo de vestir siempre la tricolor, y cuando empezaron a flaquearle las piernas cargadas de victorias, ante la cruel perspectiva de ser eliminado del conjunto, optó por eliminarse".
Sea consentida una metáfora dentro de lo inédito del episodio: de gestos como este, el fútbol uruguayo está lleno, pese a que en su historia solamente hubo un único Abdón Porte suicida por verse fuera del puesto de su obsesión por el fútbol. Y digo que está lleno, porque el fútbol uruguayo se hizo grande con ese tipo de interpretación del fútbol como hecho condicionante de la vida. Uno de los comentarios periodísticos que acompañó a Porte en su partida decía: "Si el ejemplo, si la enseñanza, si el sacrificio, no es algo que se va definitivamente con la materia, es entonces la hora de decir que Porte deja una escuela de principios...". Realmente cierto. Aquel acto de locura, acaso de enfermo digno de lástima, era el efecto de unos principios por los que no parece sensato morir ni jamás se reclamó la ofrenda de ninguna vida, pero que encontraron en ese "Indio" fuerte, alto, quizá mentalmente muy limitado, un intérprete del más alto nivel emocional, que como tal dejaba efectivamente aquella lección. Y no tanto para el fútbol, cuanto para otros menesteres más importantes de la vida. La lección, desde luego, ni apuntaba a la apología del suicidio, que afortunadamente no tuvo hasta ahora imitadores dentro del nivel de Abdón Porte. Pero sí apuntaba a lo que los uruguayos cubrieron históricamente con mil demostraciones diferentes, heroicas todas, demostrativas de que la lección de Porte les había llegado muy fuerte, tratándose de lo que se dio en llamar el amor a la camiseta. Que no es otra cosa que el amor a la dignidad. Y Abdón Porte la tuvo en el más alto nivel que podía ofrendar su desesperación en medio de su limitado alcance intelectual.
No hay país más grande que el Uruguay que haya hecho, en fútbol, lo que los uruguayos hicieron siendo los más chicos, y por eso mismo, los más grandes. Es que todo lo superlativo del fútbol uruguayo, tuvo grandeza por la inmensa cuota sentimental que hizo siempre mayores a sus grandezas, sus leyendas hechas realidades. La conciencia de ser chicos, de ser pocos, de ser pobres se transmitió tan fuertemente de unos a otros en ese pueblo, que obró como un factor más determinante del matiz heroico que siempre alcanzaron su hazañas en fútbol, que así se hizo un preceptor de la misma vida uruguaya. Se hicieron fuertes por ser chicos, pocos y pobres. Y al fútbol encararon como un dogma de la disciplina social para enfrentar a la adversidad. Y ciertamente que el fútbol sirvió a esa consigna. En él tomaron aliento los uruguayos para soportar la obligada humildad de su vida diaria.
Como argentino, confieso mi gran admiración por ellos. Siempre les envidié que nosotros, justamente por ser territorialmente grandes, materialmente ricos, y demográficamente muchos en relación con ellos, no hayamos sabido encarar los años fáciles con aquella filosofía de humildad que hace doblemente sabrosas a las conquistas de lo que impone lucha y sacrificios. Los uruguayos tienen desde 1918 el único caso en el mundo de un jugador de fútbol que se ¡suicida en su sitio habitual en el campo de juego...! ¡Porque lo van a sacar del equipo al iniciarse su decadencia! Y de aquel gesto, los uruguayos tomaron un modelo de dignidad.
Esos gestos no se organizan. Ni servirían si se hicieran con cálculos de repercusión en los demás. Esos gestos valen cuando se producen con la espontaneidad, el anticálculo, y la plena sinceridad de las cosas emotivas que llenan nuestras vidas. Es recién allí que ese tipo de héroes pasa a ser monitor de conductas colectivas, de sentidos filosóficos y éticos de la vida, como los uruguayos acreditaron ante todo el mundo pateando una pelota de fútbol, con la que realmente ¡a patadas! entraron en la geografía universal. Como que en 1924, en París, debieron fingir que hacían acto de respeto ante su himno mientras los franceses hacían escuchar una marchinha brasileña que creyeron era la canción patria de Uruguay... cuya bandera izaron al revés porque tampoco la conocían (el sol estaba para abajo...).
Todo eso no los hizo sentir desafiados como machos. Los hizo sentir desafiados como pequeños, como pobres, como humildes. Y allí fue que aprendieron a desafiar esa realidad jugando al fútbol, pateando un cuero o al grito de una dignidad rebelde como aquella de:
¡Arriba, muchachos, que a estos crudos los tenemos cocinados!
O aquel otro de....
¡Vamos a ganar porque tenemos que ganar!
A esos gritos nunca los dicta la plata, sino la dignidad. Puede parecer tangolería. Puede que lo sea. Pero a ese pueblo todo eso le hizo bien. No lo hizo chabacano. Lo hizo luchador, sufrido, dignamente humilde. Y entonces sus alegrías tuvieron sobradas razones para multiplicar el alcance y el sabor de la felicidad. Porque los manjares que se disfrutan espaciadamente siempre tienen mucho mejor sabor que aquel manjar que los ricos comen todos los días. Valoriza mucho más las pocas cosas dulces de la vida, el pobre que el rico. "La miseria migliora al poppolo", dijo Benedetto Croce (y el fútbol profesional lo prostituye, digo yo).
Carlos Manini Ríos, hijo de un diplomático, narra su recuerdo infantil del primer título mundial de los uruguayos en 1924, y describe a su padre, ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, en aquel día inolvidable, escuchando los parlantes callejeros que emitían telegramas de París, de esta manera:
"El Ministro también estaba en suspenso mientras redactaba un borrador con su escritura fuerte y abierta, en letras que se desdoblaban porque la presión de la mano abría la punta de la pluma. Escuchó a Corney (el relator Liberto Corney) gritando ¡goooooollll...! ¡goollllllll!, ¡goooolllll! en el mismo momento que don Fermín Carlos de Yéreguy entraba a su despacho con una carpeta en la manos.
— ¡Rasquetita! —le gritó el Ministro al asombrado Introductor de Embajadores, que no atinaba a comprender aquella entusiasta explosión.
— ¡Rasquetita!... ¡Gol de Rasquetita!... —insistía el Ministro.
— ¿Quién es Rasquetita, señor Ministro?
— ¡Si no sabe quién es Rasquetita, retírese del despacho!
En el estrecho corredor, el espantado Yéreguy tropezó con el entusiasta elenco de colaboradores del Ministro, que venía a congratularse, y exclamó:
— Están todos locos. Esto no tiene ni pies ni cabeza. Trastornar a Relaciones Exteriores por un asunto de patadas a una pelota...
Cuando minutos después se supo que aquel gol de Rasquetita (Héctor Scarone, hermano de Carlos, El Rasqueta) había sido de penal, el Ministro se sintió un poco defraudado, porque no le gustaban del todo los goles de penal, aunque fueran bien cobrados. Le gustaban los goles de cancha, y especialmente los de habilidad y colocación, más que los de feroz pelotazo..."
La nacionalidad uruguaya se plasmó, durante muchos años, sobre todo cuando no se hablaba de dinero, con un fútbol así interpretado, tanto por un desgraciado Abdón Porte como por un ilustrado Ministro de Relaciones Exteriores. Cada cual a su manera, los dos de una misma manera: con la dignidad por delante. La dignidad de chicos, de pobres. Nosotros no tuvimos el mismo aporte de nuestros ídolos de los estadios.
Texto de Dante Panzeri,
publicado en El Ratón de Occidente de septiembre de 1976,
recopilado por Matías Bauzo en Dirigentes, decencia y wines
viernes, 24 de mayo de 2013
El venerado Castro Alves
Roberto Arlt, resistiéndose tercamente. Si quieren que actúe como el dueño del diario piensa que debe comportarse un periodista, deberán llevarme con la fuerza pública...
¿Para qué? - (Miércoles 9 de Abril de 1930)
¿Para qué? - (Miércoles 9 de Abril de 1930)
Me escribe un amigo
del diario: "Estoy extrañado de que no haya visitado en el Uruguay, ni
dé señales de hacerlo allí, en el Brasil, a los intelectuales y
escritores. ¿Qué le pasa?".
En realidad
En realidad no me
pasa nada; pero yo no he salido a recorrer estos países para conocer
gente de que un modo u otro se empeñarán en demostrarme que sus colegas
son unos burros y ellos unos genios. ¡Los intelectuales!. Le voy a dar
un ejemplo. En un diario de Buenos Aires, número atrasado, traspapelado
en la redacción de un periódico de Río, leo un poema de una poetisa
argentina sobre Río de Janeiro. Lo leo y me dan tentaciones de
escribirle a esta distinguida dama:
-¿Dígame, señora, por qué en vez de escribir no se dedica a la conspicua labor de la calceta?
En Montevideo
conversaba con un escritor chileno. Me contaba anécdotas. Las anécdotas
atrapan a los intelectuales de allí. A esta escritora un pintor chileno
le mandó un magnífico cuadro y ella, en una fiesta que se daba en su
homenaje, recoge unas violetas y le dice a mi amigo_
-Oiga, Fulano, envíele estas flores a X...
O estaba
trastornada o no se daba cuenta en su inmensa vanidad de que no se envían
unas violetas a un señor que la ha obsequiado de esta forma, a una
distancia suficiente para permitir que cuando lleguen las flores estén
harto marchitas.
Además que la vida
de los intelectuales, ¿a quién le interesan los escritores? Uno se sabe
de memoria lo que le dirían: elogios convencionales sobre Fulano y
Mengano.
Llega a tal extremo
el convencionalismo periodístico que los voy a hacer reír con lo que
sigue. Al llegar a Río me entrevistaron redactores de distintos
periódicos. En el Diario de la Noite se publicó un reportaje que
me hicieron y entre muchas cosas que dije, me hicieron decir cosas que
nunca pensé. Allá va el ejemplo: que mi director me invitó a "hacer una visita a patria do venerado Castro Alves".
Cuando yo leí que
mi director me había invitado a realizar una visita a la patria del
venerado Castro Alves me quedé frío. Yo no sé quién es Castro Alves.
Ignoro si merece ser venerado o no, pues lo que conozco de él (no
conozco absolutamente nada) no me permite establecerlo.
Sin embargo, los habitantes de Río, el leer el reportaje, habrán dicho:
-He aquí que los
argentinos conocen la fama y la gloria de Castro Alves. He aquí un
periodista porteño que, conturbado por la grandeza de Castro Alves, lo
llama ,emocionado, "venerado Castro Alves". Y Castro Alves me es menos
conocido que los cien mil García de la guía telefónica.
Yo ignoro en
absoluto qué es lo que ha hecho y lo que dejó de hacer Su Exelencia
Castro Alves. No me interesa. Pero la frase quedaba bien y el redactor
la colocó. Y yo he quedado de perlas con los cariocas.
¿Se da cuenta, amigo, lo que se macanea periodísticamente?
Imagínese ahora
usted las mulas que trataría de pasarme cualquier literato. Así como a
mi me hicieron decir que Castro Alves era venerable, él, a su vez, diría
que el "dotor" merece ser canonizado, o que Lugones es el humanista y
psicólogo más profundo de los cuatro continentes...
No interesan...
No pasa mes casi
sin que de Buenos Aires salgan tres escolares en aventura periodística y
lo primero que hacen, cuando llegan a cualquier país, es entrevistar a
escritores que a nadie interesan.
¿Por qué voy a ir
yo a quitarles el trabajo a esos muchachos? No. Por qué voy a ir a
sustraerles mercadería a los cien periodistas sudamericanos por cuenta
de sus diarios para saber qué piensa Mengano o Fulano de nuestro país.
De memoria sé lo que ocurriría. Y, de ir a verlos, tendré que decir que
son unos genios y ellos, a su vez, dirán que tengo un talento brutal. Y
el asunto queda así arreglado de conversación: "He entrevistado al
genial novelista X". Ellos: "Nos ha visitado el despampanante periodista
argentino...".
Todo son macanas.
Cada vez me
convenzo más que la única forma de conocer un país, aunque sea un
cachito, es conviviendo con sus habitantes; pero no como escritor, sino
como si uno fuera tendero, empleado o cualquier cosa. Vivir...vivir por
completo al margen de la literatura y los literatos.
Cuando al comienzo
de esta nota me refería al poema de la dama argentina, es porque esa
señora había visto de Río lo que ve un malísimo literaro. Una montañita y
nada más. Un buen mono parado en una esquina. ¿No es el colmo de los
colmos esto? Y así son todos. Las consecuencias de dicha actitud es que
el público lector no termina de enterarse del país, ni de qué forma vive
la gente mencionada en los artículos. Y tanto, y tanto, que el otro día,
en otro diario nuestro leía un reportaje hecho por un escritor
argentino a un general, no sé si de Río Grande o de dónde. Hablaba de
política, de internacionalismo de qué se yo. Terminé de leer el chorizo y
me dije: "¿Qué sesos tendrá el secretario de Redacción de este diario
que no ha mandado al canasto semejante catarata de palabrerío? ¿Qué
diablos le importa al público porteño lo que opina un general de
cualquier país sobre el Plan Young o sobe cualquier otra mentira más o
menos secante?".
Lo que había
ocurrido era lo siguiente: así como a mi me hicieron decir que Castro
Alves era venerable, porque con ello creían que me congraciaban con el
público de Rio (el público de Río le importa un pepino mi opinión sobre
Castro Alves), al periodista argentino le hacen reportear a un
generalito que los deja imperturbables a los doscientos mil lectores de
cualquier rotativo nuestro.
Y con dicho procedimiento los pueblos no terminan de conocerse nunca.
Ahora se explica, lector mío, porqué no hablo ni entrevisto personalidades políticas ni literarias.
Roberto Arlt, en Aguafuertes cariocas
jueves, 23 de mayo de 2013
Disfraces de carnaval: la fiesta sigue
Este señor Manuel Vicent, bajo su apariencia de dandy de la descripción, es en realidad un impiadoso hacker de los hábitos sociales, de los mecanismos de control, y de la sinergia entre ambos. Y como siempre sucede, hablando de otros tiempos habla de nosotros y de todos los tiempos...
El buzón de las delaciones
En las galerías del palacio del Dogo de Venecia, que dan a la plaza de San Marcos, hay unas máscaras labradas en la pared. A simple vista parecen buzones. En realidad son buzones, aunque tienen un carácter muy particular. Por la boca vacía de esas carátulas, los ciudadanos de Venecia podían introducir papeletas con denuncias secretas y delaciones de la más variada índole. Los que cometían delito sexual, los contrabandistas, los funcionarios que negaban gracia y justicia, los contribuyentes que ocultaban sus verdaderas rentas para no pagar al fisco, cualquier transgresor de la ley o de la moral estaba a merced de los delatores privados. Éstos no tenían más que escribir en un boleto el correspondiente agravio, acusación, calumnia o chivatazo, verdadero o falso, contra una persona concreta y dejarlo caer dentro de la máscara. Detrás de ella, al otro lado de la pared, había un cajetín que los sicarios del Dogo vaciaban cuando se llenaba hasta rebosar. Había buzones de la delación en todas las salas del palacio abiertas al público, y cada uno de ellos estaba destinado a recibir una clase de delito. Mientras Venecia bailaba bajo los afeites de carnaval, una conjunción subterránea de ranuras, por donde discurrían cartas envenenadas, elevaba la vida a una sustancia conspiratoria. También en los gabinetes privados, que formaban un laberinto de salones dentro del mismo palacio, había otras máscaras con la boca dispuesta a recibir las maledicencias entre los propios nobles, escribanos y servidores del Dogo.
Las mazmorras que dan al puente de los Suspiros se llenaban de condenados a causa de estas denuncias secretas. Alguien que se encontraba en los brazos de su amante, de pronto era arrebatado del lecho por los esbirros, porque una mano pálida había introducido la notificación del adulterio a través de la correspondiente máscara. Toda Venecia se movía bajo la sospecha, y, no obstante, bailaba, celebraba fiestas carnales, conspiraba detrás de las cortinas, y era feliz sin abandonar la culpa ni la envidia o el odio. Había contrabandistas, jueces prevaricadores, mercaderes tramposos, cardenales expertos en venenos, duquesas mórbidas, espadachines y estoqueadores, emboscados a sueldo, bandidos del amor y comerciantes que alteraban las pesas, y muchas venecianas saltaban de cama en cama riendo mientras Tiziano había conseguido dar carnalidad a los colores, y Canaletto o Guardi pintaban las paradas diplomáticas con que eran recibidos los embajadores en la plaza de San Marcos. Pero debajo de aquellas casacas tan brillantes anidaban las pasiones más bajas, y éstas no se liberaban sino a través de las carátulas que introducían las delaciones en el interior del palacio del Dogo.
Durante mucho tiempo, estas denuncias secretas fueron efectivas. Cualquiera de ellas podía cambiar el destino de un ciudadano. Del despecho de un amante burlado o de la venganza de algún ser desconocido partía la maquinaria de la justicia, y al principio, con este terror anónimo, bajo el terciopelo se gobernaba Venecia. Y el cúmulo de delaciones iba creciendo hasta convertirse en un juego malvado que hacía rebosar los cajetines, y de esta forma también las máscaras de los buzones pasaron a ser, aunque de mármol, otro disfraz de carnaval. Aún permanecen fijadas en las paredes del palacio del Dogo en Venecia, como una metáfora llena de modernidad. La delación es ahora una de las bellas artes. Sólo sirve para jugar.
¿Qué sucedería hoy si hubiera esta clase de carátulas con una profunda garganta donde depositar estas denuncias secretas contra todo tipo de transgresores? No sucedería nada; estas máscaras existen en las paredes de todos los palacios, y alrededor de ellas hay un gran baile establecido. Cada día, los periódicos denuncian escándalos muy visibles, corrupciones sonoras, y, por otra parte, ni los delatores ni los delincuentes se ocultan. La fiesta sigue. No a través de estos buzones de Venecia, sino por medio de escuchas telefónicas, el público y la autoridad quedan enterados de las confidencias de los saltimbanquis. Y, no obstante, muchos saltimbanquis, llenos de seguridad, están abrazados a los jueces. Todo se ha convertido en un juego manierista de denuncias y amnesia. De venganzas y ficciones.
Los grandes titulares de los periódicos destapan un nuevo escándalo cada día, hacen papel de aquellas máscaras venecianas. A través de ellos se establece la conexión con un mundo subterráneo donde la conspiración y la moralidad se hermanan, pero nada sirve de nada. Las fiestas siguen. Las denuncias constantemente repetidas se transforman en música, y al compás de ellas los sospechosos danzan. Desde las paredes de los palacios de nuestro Gobierno, las carátulas de la delación logran alcanzar un grado de belleza que nace del tiempo arañado en el mármol. Estas máscaras aún conservan el rostro airado. Bajo unas cejas luciferinas, sus ojos de fuego miraban fijamente a la persona que se acercaba a depositar una denuncia secreta. Cuando este ciudadano se daba la vuelta, la máscara soltaba una carcajada. Lo mismo que ahora.
Manuel Vicent en Espectros
El buzón de las delaciones
En las galerías del palacio del Dogo de Venecia, que dan a la plaza de San Marcos, hay unas máscaras labradas en la pared. A simple vista parecen buzones. En realidad son buzones, aunque tienen un carácter muy particular. Por la boca vacía de esas carátulas, los ciudadanos de Venecia podían introducir papeletas con denuncias secretas y delaciones de la más variada índole. Los que cometían delito sexual, los contrabandistas, los funcionarios que negaban gracia y justicia, los contribuyentes que ocultaban sus verdaderas rentas para no pagar al fisco, cualquier transgresor de la ley o de la moral estaba a merced de los delatores privados. Éstos no tenían más que escribir en un boleto el correspondiente agravio, acusación, calumnia o chivatazo, verdadero o falso, contra una persona concreta y dejarlo caer dentro de la máscara. Detrás de ella, al otro lado de la pared, había un cajetín que los sicarios del Dogo vaciaban cuando se llenaba hasta rebosar. Había buzones de la delación en todas las salas del palacio abiertas al público, y cada uno de ellos estaba destinado a recibir una clase de delito. Mientras Venecia bailaba bajo los afeites de carnaval, una conjunción subterránea de ranuras, por donde discurrían cartas envenenadas, elevaba la vida a una sustancia conspiratoria. También en los gabinetes privados, que formaban un laberinto de salones dentro del mismo palacio, había otras máscaras con la boca dispuesta a recibir las maledicencias entre los propios nobles, escribanos y servidores del Dogo.
Las mazmorras que dan al puente de los Suspiros se llenaban de condenados a causa de estas denuncias secretas. Alguien que se encontraba en los brazos de su amante, de pronto era arrebatado del lecho por los esbirros, porque una mano pálida había introducido la notificación del adulterio a través de la correspondiente máscara. Toda Venecia se movía bajo la sospecha, y, no obstante, bailaba, celebraba fiestas carnales, conspiraba detrás de las cortinas, y era feliz sin abandonar la culpa ni la envidia o el odio. Había contrabandistas, jueces prevaricadores, mercaderes tramposos, cardenales expertos en venenos, duquesas mórbidas, espadachines y estoqueadores, emboscados a sueldo, bandidos del amor y comerciantes que alteraban las pesas, y muchas venecianas saltaban de cama en cama riendo mientras Tiziano había conseguido dar carnalidad a los colores, y Canaletto o Guardi pintaban las paradas diplomáticas con que eran recibidos los embajadores en la plaza de San Marcos. Pero debajo de aquellas casacas tan brillantes anidaban las pasiones más bajas, y éstas no se liberaban sino a través de las carátulas que introducían las delaciones en el interior del palacio del Dogo.
Durante mucho tiempo, estas denuncias secretas fueron efectivas. Cualquiera de ellas podía cambiar el destino de un ciudadano. Del despecho de un amante burlado o de la venganza de algún ser desconocido partía la maquinaria de la justicia, y al principio, con este terror anónimo, bajo el terciopelo se gobernaba Venecia. Y el cúmulo de delaciones iba creciendo hasta convertirse en un juego malvado que hacía rebosar los cajetines, y de esta forma también las máscaras de los buzones pasaron a ser, aunque de mármol, otro disfraz de carnaval. Aún permanecen fijadas en las paredes del palacio del Dogo en Venecia, como una metáfora llena de modernidad. La delación es ahora una de las bellas artes. Sólo sirve para jugar.
¿Qué sucedería hoy si hubiera esta clase de carátulas con una profunda garganta donde depositar estas denuncias secretas contra todo tipo de transgresores? No sucedería nada; estas máscaras existen en las paredes de todos los palacios, y alrededor de ellas hay un gran baile establecido. Cada día, los periódicos denuncian escándalos muy visibles, corrupciones sonoras, y, por otra parte, ni los delatores ni los delincuentes se ocultan. La fiesta sigue. No a través de estos buzones de Venecia, sino por medio de escuchas telefónicas, el público y la autoridad quedan enterados de las confidencias de los saltimbanquis. Y, no obstante, muchos saltimbanquis, llenos de seguridad, están abrazados a los jueces. Todo se ha convertido en un juego manierista de denuncias y amnesia. De venganzas y ficciones.
Los grandes titulares de los periódicos destapan un nuevo escándalo cada día, hacen papel de aquellas máscaras venecianas. A través de ellos se establece la conexión con un mundo subterráneo donde la conspiración y la moralidad se hermanan, pero nada sirve de nada. Las fiestas siguen. Las denuncias constantemente repetidas se transforman en música, y al compás de ellas los sospechosos danzan. Desde las paredes de los palacios de nuestro Gobierno, las carátulas de la delación logran alcanzar un grado de belleza que nace del tiempo arañado en el mármol. Estas máscaras aún conservan el rostro airado. Bajo unas cejas luciferinas, sus ojos de fuego miraban fijamente a la persona que se acercaba a depositar una denuncia secreta. Cuando este ciudadano se daba la vuelta, la máscara soltaba una carcajada. Lo mismo que ahora.
Manuel Vicent en Espectros
martes, 22 de enero de 2013
Bloody Mary Rubinke
Un cutis de porcelana, mire
Esta artista danesa tiene la profunda sospecha -o quizá debiéramos decir la firme convicción- de que el mundo no es exactamente como lo vemos los que creemos en la bondad del Papa, en la belleza de Barbie, en la calidad literaria y la profundidad filosófica de Paulo Coelho, y en que el Estado está para garantizar el bien común. Ella dice que eso es tener pajaritos en la cabeza.
María más bien pertenece a un culto que acusa a la estética estático-naif de la porcelana de ser una pantalla para ocultarnos algunas realidades un poquito más violentas, levemente más sádicas, que también pueden contener una pizca de pornografía, "entre el deseo y el tabú", según declara la propia autora. La chica rompe esa sensación de nada perfectamente equilibrada que ilustra la porcelana y ama nuestro cerebro homerosimpsoniano. Y no sólo nos desequilibra, sino que además nos muestra que abajo no hay una red que amortigüe la caída, sino un abismo de locura, abriéndose tranquilamente en el centro de mesa, en la repisita del living, en la cómoda al lado del Rexona que dejamos olvidado cuando salíamos apurados para el laburo.
Por supuesto, esta transformación que la María Rubinke hace del carácter de esos encantadores bichitos blancos y pasivos que alguna vez fueron el sine-qua-non de la decoración hogareña, te hace temblar algo adentro, allá, en el fondo de nuestras certezas de que alguna vez everything will be fine.
Esta artista danesa tiene la profunda sospecha -o quizá debiéramos decir la firme convicción- de que el mundo no es exactamente como lo vemos los que creemos en la bondad del Papa, en la belleza de Barbie, en la calidad literaria y la profundidad filosófica de Paulo Coelho, y en que el Estado está para garantizar el bien común. Ella dice que eso es tener pajaritos en la cabeza.
María más bien pertenece a un culto que acusa a la estética estático-naif de la porcelana de ser una pantalla para ocultarnos algunas realidades un poquito más violentas, levemente más sádicas, que también pueden contener una pizca de pornografía, "entre el deseo y el tabú", según declara la propia autora. La chica rompe esa sensación de nada perfectamente equilibrada que ilustra la porcelana y ama nuestro cerebro homerosimpsoniano. Y no sólo nos desequilibra, sino que además nos muestra que abajo no hay una red que amortigüe la caída, sino un abismo de locura, abriéndose tranquilamente en el centro de mesa, en la repisita del living, en la cómoda al lado del Rexona que dejamos olvidado cuando salíamos apurados para el laburo.
Por supuesto, esta transformación que la María Rubinke hace del carácter de esos encantadores bichitos blancos y pasivos que alguna vez fueron el sine-qua-non de la decoración hogareña, te hace temblar algo adentro, allá, en el fondo de nuestras certezas de que alguna vez everything will be fine.
jueves, 17 de enero de 2013
"Esbelta de edificios uniformes, sucia de baldíos"
¿Qué decir de un prosista de prosapia como Juan Filloy? Todo lo que pretenda agregar a su talento elegante, milimétrico y constante, podría ser usado en mi contra, por contraste. Miren este fragmentito de Caterva, donde a su paso por Córdoba "los mendigos muestran joyas a los ciegos de la esquina"...
"Llegaron al bar L`Aiglon por la Avenida Olmos. Vetusta por un lado, desigual por el otro. Ríspida de muros dentellados, al principio. Esbelta de edificios uniformes, al centro. Sucia de baldíos ahogados de afiches, al final.
"Toda Córdoba era así: doble faz, doble expresión, como el atleta que llora y ríe de Scopas. Rémora y progreso. Beata agazapada tras la reja española y flapper en traje de baño que propaga su encanto. Ranciedad y plein air. Propaganda de vírgenes y piletas...
"Habían contemplado desde la terraza del Parque Sarmiento la sky-line de la ciudad. Y quedaron taciturnos: desigualdad. Desequilibrio. Desarmonía. Iglesias insolentes rodeadas de casuchas de barro. Molinos enormes rodeados de ranchos de lata. Palacios modernos rodeados de casonas de teja... les desagradó esa perspectiva quebrada y horrible: compases huecos y volúmenes. De presencias y sombras. De ritmos que saltan de la opulencia a la miseria.
"Y repudiaron categóricamente su perspectivismo absurdo y angustioso: sobre todo el que patentiza la voluptuosidad y el lujo de la religión -en las cúpulas brillantes como senos de bayaderas y los altares recamados con adornos que valen millones de hambres- dominando los tendones lacios de cemento de fábricas, mercados y talleres...
"Anduvieron después por plazas y calles. Ciudad grasosa de frailes obesos. Ciudad enteca de enfermos sin cama. Ciudad avispada de chicanas y arzobispada de dogmas. Les dolió la tozudez de bronce de los próceres locales y la ausencia de estatuas, exceptuando San Martín de los grandes operarios de la nacionalidad. Toda Córdoba era así: contrastes, sin nexos en el contrapunto. Incongruencias, sin unidad en lo opuesto. Algo irrefregablemente contradictorio...
"Vieron la pacotilla colonial de un arte espurio, que se pretende jerarquizar como valores eternos y oponer al avance de los módulos nuevos que urgen a la vida. Las teologías estupefacientes del siglo quince, que se procura inyectar todavía, estando las almas inmunes al error y la fe. Y la antigualla de barro de claustros y museos, que solo valen para documentar el fetichismo ambiente, puesto que no tienen la dignidad de lo antiguo ni la vejez de lo digno...
"Vivieron horas amargas, decepcionantes. ¡No era posible! ¿Dónde estaba la atracción que enfatizan los prospectos de turismo? ¿Dónde la belleza que velis nolis incrusta en los ojos la propaganda de los ferrocarriles? ¡Nada! Toda Córdoba era así: abolengo y sans façon. Doctoralismo y usura. Rezos y cocaína. Ciudad atascada de conventos y clandestinos. Ciudad que aspira a elevar su columna mental soplando por la espita universitaria... y no consigue que su espíritu se vea fuera del cerco de las barrancas. Ciudad aplastada por el marasmo burocrático, el olor a santidad del vicio y el tufo de las congregaciones...
Tácitamente, ya habían dispuesto irse. Abandonar esa olla de sofocaciones de toda índole..."
Relacionado: El meticuloso Juan Filloy
"Llegaron al bar L`Aiglon por la Avenida Olmos. Vetusta por un lado, desigual por el otro. Ríspida de muros dentellados, al principio. Esbelta de edificios uniformes, al centro. Sucia de baldíos ahogados de afiches, al final.
"Toda Córdoba era así: doble faz, doble expresión, como el atleta que llora y ríe de Scopas. Rémora y progreso. Beata agazapada tras la reja española y flapper en traje de baño que propaga su encanto. Ranciedad y plein air. Propaganda de vírgenes y piletas...
"Habían contemplado desde la terraza del Parque Sarmiento la sky-line de la ciudad. Y quedaron taciturnos: desigualdad. Desequilibrio. Desarmonía. Iglesias insolentes rodeadas de casuchas de barro. Molinos enormes rodeados de ranchos de lata. Palacios modernos rodeados de casonas de teja... les desagradó esa perspectiva quebrada y horrible: compases huecos y volúmenes. De presencias y sombras. De ritmos que saltan de la opulencia a la miseria.
"Y repudiaron categóricamente su perspectivismo absurdo y angustioso: sobre todo el que patentiza la voluptuosidad y el lujo de la religión -en las cúpulas brillantes como senos de bayaderas y los altares recamados con adornos que valen millones de hambres- dominando los tendones lacios de cemento de fábricas, mercados y talleres...
"Anduvieron después por plazas y calles. Ciudad grasosa de frailes obesos. Ciudad enteca de enfermos sin cama. Ciudad avispada de chicanas y arzobispada de dogmas. Les dolió la tozudez de bronce de los próceres locales y la ausencia de estatuas, exceptuando San Martín de los grandes operarios de la nacionalidad. Toda Córdoba era así: contrastes, sin nexos en el contrapunto. Incongruencias, sin unidad en lo opuesto. Algo irrefregablemente contradictorio...
"Vieron la pacotilla colonial de un arte espurio, que se pretende jerarquizar como valores eternos y oponer al avance de los módulos nuevos que urgen a la vida. Las teologías estupefacientes del siglo quince, que se procura inyectar todavía, estando las almas inmunes al error y la fe. Y la antigualla de barro de claustros y museos, que solo valen para documentar el fetichismo ambiente, puesto que no tienen la dignidad de lo antiguo ni la vejez de lo digno...
"Vivieron horas amargas, decepcionantes. ¡No era posible! ¿Dónde estaba la atracción que enfatizan los prospectos de turismo? ¿Dónde la belleza que velis nolis incrusta en los ojos la propaganda de los ferrocarriles? ¡Nada! Toda Córdoba era así: abolengo y sans façon. Doctoralismo y usura. Rezos y cocaína. Ciudad atascada de conventos y clandestinos. Ciudad que aspira a elevar su columna mental soplando por la espita universitaria... y no consigue que su espíritu se vea fuera del cerco de las barrancas. Ciudad aplastada por el marasmo burocrático, el olor a santidad del vicio y el tufo de las congregaciones...
Tácitamente, ya habían dispuesto irse. Abandonar esa olla de sofocaciones de toda índole..."
Relacionado: El meticuloso Juan Filloy
sábado, 22 de diciembre de 2012
"Ensartada en el fraude de la convivencia"
Le robé este poema a Roberto Esmoris Lara porque, ya cumplidos los trámites correspondientes a la fininiquitación del mundo, ya instalados en este otro mundo en el que hasta el momento no logramos hallar ninguna de las siete diferencias (presumo que debe haberlas, pero son demasiado sutiles para mi percepción) conviene que recordemos la acuciante necesidad de hallar nuestro lugar en la vidriera. Ya se sabe que la libertad es una fragata...
canción final
-Ya es suficiente- , concluyó El Creador
y echó a rodar la piedra por el cielo delgado
fue atronador
desgarró el silencio de los lirios del campo
y contra el pronóstico de los ateos devolvió la luz a los ciegos
y vos no pudiste volar
atravesada por el alfiler de tu coleccionista
ensartada en el fraude de la convivencia
no pudiste volar
cuánta frustración
tener que estar quieta y disecada
justo ahora que la piedra sagrada divide el mundo
y arroja al vacío a los morosos
pero si sirve de consuelo lograste un lugar en la vitrina
y no es poco
cada día se hace más difícil conseguir locación
(aún en esta nueva era anticipada por los Mayas)
después de todo
la libertad es la quimera que instalan los que oprimen.
Roberto Esmoris Lara
canción final
-Ya es suficiente- , concluyó El Creador
y echó a rodar la piedra por el cielo delgado
fue atronador
desgarró el silencio de los lirios del campo
y contra el pronóstico de los ateos devolvió la luz a los ciegos
y vos no pudiste volar
atravesada por el alfiler de tu coleccionista
ensartada en el fraude de la convivencia
no pudiste volar
cuánta frustración
tener que estar quieta y disecada
justo ahora que la piedra sagrada divide el mundo
y arroja al vacío a los morosos
pero si sirve de consuelo lograste un lugar en la vitrina
y no es poco
cada día se hace más difícil conseguir locación
(aún en esta nueva era anticipada por los Mayas)
después de todo
la libertad es la quimera que instalan los que oprimen.
Roberto Esmoris Lara
viernes, 21 de diciembre de 2012
La conspiración infinita
En estos últimos años, cuestión era más o menos así: récord de exportaciones, récord de crecimiento del pbi, récord de obra pública, récord de consumo, de venta de electrodomésticos, etc etc etc. Sí, pero... ¿y el trabajo en negro?, ¿y el precarizado?, ¿y el déficit de vivienda?, ¿y la cantidad de planes sociales?, ¿y los punteros que se quedan con la mitad de los 1200 pesos?, etc. Entonces las respuestas se dispersaban: vamos a bancarizar los planes, vamos a poner terrenos fiscales y dar créditos hipotecarios, se ha hecho mucho pero falta mucho más, el trabajo en negro bajó pero hay un "núcleo duro" del 35%, vamos por el buen camino, etc. Tengo la sospecha que los del "núcleo duro" no creen nada de eso, o piensan que si después de 10 años de "crecimiento a tasas chinas" ellos siguen afuera de la fiesta, están obligados a procurarse una entrada de la forma que puedan o les parezca. Sin duda que habrá oportunistas, aprovechadores, conspiradores, sin duda. Pero... ¿en qué contexto hacen lo que hacen?
Bariloche: "Un día de furia", por Fernando Fernandez Herrero
Que difícil hacer una reflexión
sobre lo que pasa en Bariloche. Desde hace unos días se sabía, lo alertó el
Intendente que denuncia periodistas, que podía haber intentos de saqueos, pidió
por eso colaboración a los supermercados, algunos ofrecieron una miseria, otros
nada.
Por la mañana de hoy un grupo de
20 personas se presentó en el Chango Más para pedir bolsas de comida, no les
dieron, entraron a buscarlas, se llevaron la comida y los pañales hasta que
alguno manoteó un electrodoméstico, a partir de ahí todo se precipitó, algunos
de los que cargaban comida habrán empezado a sentirse tontos, la relación
peso/valor no rendía, y en definitiva mientras el cuerpo les duele si no comen,
este sistema hace que les duela todo lo que les propone tener y nunca llega,
tantas miradas acumuladas de cosas que nunca podrán comprar comprimidas en el
instante de dejarse llevar por la decisión de simplemente agarrarlo.
Después vino la crónica del
noticiero contando como habían robado los televisores y mostrando los desmanes
de los inadaptados, no habló nunca el periodista durante esa crónica de la
realidad ya casi insoportable que se vive en los barrios pobres de Bariloche,
ni de tantas ilusiones robadas, ni de tantas vidas terminadas abruptamente por
armas que nadie controla en un territorio liberado al alcohol y las drogas para
menores, sin laburo, ni vivienda, ni tierra, ni familia, solo mostró las
estanterías con los televisores faltantes.
A partir de ahí la locura, mucha
gente, tanta que duele más que el difícil dolor de ver plasmada en imágenes
crudas una ciudad partida, tomo la decisión interna de traicionar sus valores,
de negociar con su conciencia y salir a buscar algo, un televisor, un audio, la
campera esa que muestran en la tele, una bicicleta para el hijo, las pelotas
del pibe de la foto, esas pelotas que sábado a sábado miraba ajenas y deseaba,
y los más traicionadores directamente con su camionetas, a veces de gran valor,
a llenarlas de mercadería, evidentemente ya no era a esa altura un problema de
hambre.
Salieron los funcionarios de
grandes sueldos a dar sus diagnósticos: inadaptados, ladrones baratos,
Indigenismo duro, grupos duros con posiciones anarquistas, extrema izquierda,
delincuentes, radicales, narcotraficantes, operadores del Grupo Clarín,
punteros políticos, mercenarios de algún sindicalista, etc. Es que hay que
lograr explicar cómo en el país del crecimiento chino durante 10 años, con
50.000 millones en el banco, con los 500 millones en inversiones para la ciudad
que anunció el gobernador hace poco, con los anuncios millonarios del senador
plenipotenciario, con los reanuncios del Intendente deudor y con el modelo
nacional y popular viento en popa, puede pasar lo que pasó, hay que explicarlo
pero no se puede.
Puede haber habido de todo, pero
la realidad es que nada de lo que sucedió podría haber pasado si no estuviera
Bariloche en el estado en que está. Una ciudad con una crisis tan antigua que
ya parece crónica, partida entre al alto abandonado y la postal custodiada por
Cámaras empresarias y fuerzas de seguridad, con una serie de gobiernos
radicales que durante los últimos 28 años básicamente nos endeudaron y nos
mataron a los pibes pobres, con un gobierno del Frente para la Victoria que por ahora no
pasa de anuncios aburridamente repetidos o nuevos, pero que difícilmente llegan
a cambiar en serio la vida de miles de barilochenses que ya no creen, y lo peor
de todo, que perdido por perdido, si los funcionarios de grandes sueldos roban,
si los jueces de grandes sueldos nos los juzgan, si los empresarios evaden o
presionan para que en la distribución ganen siempre los que se lograron subir
al tren, si la policía protege con sus armas todo lo anterior, y el resto de
los ciudadanos practica una cómoda indiferencia mientras se va pasando la vida
y todo siempre sigue igual, de mal, ¡vamos a robarnos todo porque nos robaron
todo!, ¡vamos a romper todo porque ya está todo roto, empezando por las
ilusiones!.
No paran de escucharse sirenas y
tiros lejanos, ojalá termine todo sin vidas perdidas, esas que aunque muchos no
lo entiendan ni lo acepten son más importantes que los LCD. Como comunidad
estábamos al borde del abismo y hoy hemos dado un paso adelante, y como está
doliendo la caída.
De AN Bariloche
Se militarizó la ciudad, se recupera el pibe baleado, todo volvió a la calma, y ahora se discute denodadamente qué hacer para que nada cambie
Organizaciones sociales, empresarios, juntas vecinales y autoridades de diversos organismos participan esta mañana del comité de emergencia que encabeza el intendente Omar Goye. Se definirán lineamientos a seguir, mientras que fuerzas de seguridad nacionales patrullan las calles.
Goye encabeza la reunión con diversas organizaciones de la ciudad para evaluar lo sucedido y delinear los pasos a seguir en materia de contención social y seguridad. El intendente dijo que la reunión será cerrada y luego de informará a la prensa. Ingresaron los concejales, dirigentes barriales, el obispo Fernando Maletti y referentes de cámaras empresariales.
Organizaciones sociales, empresarios, juntas vecinales y autoridades de diversos organismos participan esta mañana del comité de emergencia que encabeza el intendente Omar Goye. Se definirán lineamientos a seguir, mientras que fuerzas de seguridad nacionales patrullan las calles.
Goye encabeza la reunión con diversas organizaciones de la ciudad para evaluar lo sucedido y delinear los pasos a seguir en materia de contención social y seguridad. El intendente dijo que la reunión será cerrada y luego de informará a la prensa. Ingresaron los concejales, dirigentes barriales, el obispo Fernando Maletti y referentes de cámaras empresariales.
La situación actual es de calma aunque “tensa” reconocieron algunos dirigentes. En tanto, las calles de la ciudad ya son patrulladas por Gendarmería nacional y Prefectura Naval Argentina, además de la Policía de Río Negro.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Creando empleos con capacitación
¿Vos sos el nuevo? Te explico cómo es esto: nosotros distribuimos cerveza a unos 4 o 5000 negocios en esta ciudad, en las dos que están al Norte, y en la de enfrente. Desde las 10 hasta las 18, cada 10 o 15 minutos llega un camión con los vacíos. Cada uno trae 300 cajones, de marcas mezcladas, y tienen que estar estibados, por marca, antes de que llegue el próximo. Si no alcanzaste, dejás los que te quedan y vas a bajar el nuevo camión. Después estibás todo lo que llegó, más lo que te quedó del anterior, siempre clasificado por marca. A veces llegan dos o más camiones juntos, así que no te conviene que se te acumulen muchos cajones. Porque lo que te falte apilar y clasificar lo vas a hacer después de hora. Y acá no se pagan extras. Y envase roto, se descuenta del jornal, ¿está claro? Si no está claro, mirá este video: 120 cajones en menos de tres minutos. Si te ponés las pilas, hasta podés descansar cinco minutos entre camión y camión...
jueves, 22 de noviembre de 2012
"Te mereces ser violada antes de que tengas hijos terroristas"
Cuenta Rafeef Ziadah, poetisa palestina: "Escribí este poema mientras realizábamos una acción directa en mi facultad. (...) Me dije: seré únicamente palestina, no me comportaré como colona o soldado. Así que estaba sentada en el suelo y este hombre vino y me dio una patada en el estómago y me dijo:
"Te mereces ser violada antes de que tengas hijos terroristas"
En ese momento no dije nada, pero después escribí este poema, dedicado a este joven caballero:
Déjenme hablar mi lengua árabe
antes de que también sea ocupada.
Déjenme hablar mi lengua materna
antes de que también colonicen su memoria.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
Lo único que mi abuelo siempre quiso hacer
era levantarse al amanecer,
mirar a mi abuela Nil
y rezar en un pueblo
escondido entre Jaffa y Haifa.
Mi madre nació bajo un olivo
en la tierra que dicen que ya no es mía.
Pero cruzaré sus barreras,
sus locos muros del apartheid,
y volveré a mi hogar.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
¿Escucharon a mi hermana gritando ayer,
cuando daba a luz en un control militar,
con los soldados israelíes
buscando entre sus piernas
la próxima amenaza demográfica?
A su hija la llamó Jenin.
¿Y escucharon a alguien gritar tras las rejas
mientras la gaseaban?
Estamos volviendo a Palestina.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
¿Me dices que esta mujer que hay dentro de mí
sólo te traerá tu próximo terrorista?
Barbudo, armado, pañuelo en la cabeza, negro.
¿Me dices que yo envío mis hijos a morir?
Pero esos son tus helicópteros, tus F-16...
¡En nuestro cielo!
Y hablemos un poco sobre este
negocio del terrorismo:
¿No fue la CIA la que mató a Allende,
y a Lumumba?
¿Y quién entrenó a Osama en Afganistán?
Mis abuelos no vestían como payasos
con capas blancas y gorros puntiagudos
para linchar a personas negras.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
¿Preguntas qué hace esta mujer oscura
gritando en la manifestación?
Disculpa, ¿no debería gritar?
¿Olvidé ser cada uno de tus sueños orientales?
El genio de la botella,
la bailarina del vientre,
la chica del harén,
la voz suave,
mujer árabe,
sí amo,
no amo,
gracias por los sandwiches de manteca de maní
que nos lanzan desde los F-16, amo.
Sí, mis libertadores están aquí
para matar a mis hijos,
a los que luego llamarán
"daños colaterales".
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
Así que déjame decirte
que esta mujer que habita dentro de mí
sólo te traerá tu próximo rebelde.
Ella llevará una piedra en una mano
y la bandera palestina en la otra.
Yo soy una mujer árabe de color.
Ten cuidado,
ten cuidado.
Mi ira.
(Rafeef Ziadah, Shades of anger)
"Te mereces ser violada antes de que tengas hijos terroristas"
En ese momento no dije nada, pero después escribí este poema, dedicado a este joven caballero:
Déjenme hablar mi lengua árabe
antes de que también sea ocupada.
Déjenme hablar mi lengua materna
antes de que también colonicen su memoria.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
Lo único que mi abuelo siempre quiso hacer
era levantarse al amanecer,
mirar a mi abuela Nil
y rezar en un pueblo
escondido entre Jaffa y Haifa.
Mi madre nació bajo un olivo
en la tierra que dicen que ya no es mía.
Pero cruzaré sus barreras,
sus locos muros del apartheid,
y volveré a mi hogar.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
¿Escucharon a mi hermana gritando ayer,
cuando daba a luz en un control militar,
con los soldados israelíes
buscando entre sus piernas
la próxima amenaza demográfica?
A su hija la llamó Jenin.
¿Y escucharon a alguien gritar tras las rejas
mientras la gaseaban?
Estamos volviendo a Palestina.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
¿Me dices que esta mujer que hay dentro de mí
sólo te traerá tu próximo terrorista?
Barbudo, armado, pañuelo en la cabeza, negro.
¿Me dices que yo envío mis hijos a morir?
Pero esos son tus helicópteros, tus F-16...
¡En nuestro cielo!
Y hablemos un poco sobre este
negocio del terrorismo:
¿No fue la CIA la que mató a Allende,
y a Lumumba?
¿Y quién entrenó a Osama en Afganistán?
Mis abuelos no vestían como payasos
con capas blancas y gorros puntiagudos
para linchar a personas negras.
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
¿Preguntas qué hace esta mujer oscura
gritando en la manifestación?
Disculpa, ¿no debería gritar?
¿Olvidé ser cada uno de tus sueños orientales?
El genio de la botella,
la bailarina del vientre,
la chica del harén,
la voz suave,
mujer árabe,
sí amo,
no amo,
gracias por los sandwiches de manteca de maní
que nos lanzan desde los F-16, amo.
Sí, mis libertadores están aquí
para matar a mis hijos,
a los que luego llamarán
"daños colaterales".
Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos en todas
las tonalidades de la ira.
Así que déjame decirte
que esta mujer que habita dentro de mí
sólo te traerá tu próximo rebelde.
Ella llevará una piedra en una mano
y la bandera palestina en la otra.
Yo soy una mujer árabe de color.
Ten cuidado,
ten cuidado.
Mi ira.
(Rafeef Ziadah, Shades of anger)
miércoles, 21 de noviembre de 2012
"Con odio y a secas"
Es comprensible: ¿cómo el Zonzo ha de atreverse? Me recuerda a un amigo que, al hablar de casos como este, siempre sentenciaba: "Si buscás ‘pelotudo’ en el diccionario, dice ‘tipo que sale con la mina mejor, o con la mina que a nosotros nos gusta’. Eso es lo que, en forma sucinta y a la vez minuciosa, dejó anotado Crisanto Domínguez en El Zonzo...
Un desconocido
Llegó una mañana
Buscando un trabajo.
Le gustó la estancia
Y habló al capataz,
Como hiciera falta,
Entró de mensual
En "La Malacara".
Con ninguno nunca
Cambió una palabra.
Era tan poquita
Cosa que en la estancia
Lo apodaron todos
El Zonzo Miranda.
Pasaron los meses
Y nunca por nada
Supieron la historia
Del Zonzo Miranda.
Hasta que el boyero
Cierta madrugada
En rueda de peones
Dijo estas palabras:
Anoche muy tarde,
Yendo a buscar agua,
Vi a la patroncita
Detrás de la casa
En los mismos brazos
Del Zonzo Miranda.
Y desde ese día
Toda la peonada
Le dice, con odio
Y a secas, Miranda.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Algunas funciones más que la mera motricidad
Im-pre-sio-nan-te artículo de Juan Forn en Página/12 del 2 de noviembre. El arte es una cosa inclasificable, indomeñable, más allá de la heroicidad o del arrugue de uno u otro artista. Porque el arte es ese impulso que circula por nuestro sistema nervioso para recordarnos que tiene algunas funciones más que la mera motricidad, aunque eso pudiera costarnos la vida...

Sentencia de muerte en 16 versos
Todo empezó con aquella foto de Stalin mostrando su amor por la lectura, una sesión de rutina con el retratista Nappelbaum que pasó insólitamente todos los filtros y, cuando estuvo colgada en cada aula soviética, desató risas por lo bajo: el Gran Educador necesitaba seguir con el dedo las líneas que leía. El poeta Ossip Mandelstam dio entonces su famoso paso en falso. Compuso un epigrama que recitó en una reunión de amigos, para espanto de Boris Pasternak, que le dijo: “Eso no es un poema. Es un acto suicida, una sentencia de muerte en dieciséis versos. Tú no me has recitado nada y ese poema no existe”.El poema en cuestión era el “Epigrama contra Stalin” (“Tus bigotes de cucaracha, tus dedos como gordos gusanos”) y, aunque el propio Mandelstam reconocería que eran versos facilones comparados con su excelso promedio habitual, no pudo resistir la tentación de recitarlos de nuevo en los días siguientes, hasta que alguien le fue con el cuento a Stalin y, en medio de la noche, se presentaron tres agentes del NKVD en su departamento.
Se tomaron su tiempo para revisarle todos los papeles. Anna Ajmátova
estaba ahí, junto a Mandelstam y su esposa Nadezda. Había ido de visita
sin avisar y sus anfitriones no tenían nada que ofrecerle. Con unos
pocos kopeks en el bolsillo, Mandelstam bajó a conseguir algo y sólo
logró agenciarse un huevo duro, que seguía sobre la mesa cuando los
agentes del NKVD dieron por terminada su búsqueda cerca del amanecer,
sin haber hallado el epigrama (Mandelstam había tenido al menos la
prevención de no ponerlo por escrito), y se llevaron el poeta a la
Lubianka. Ajmátova puso en su mano aquel huevo duro cuando se despidió
de él.
Dice la leyenda que lo quebraron sin tortura física (“Usted mismo ha reconocido que es bueno para un poeta experimentar el miedo. Se lo haremos experimentar con plenitud”). Dice la leyenda que fue el propio Mandelstam quien les dio de puño y letra la única transcripción que lograron tener del poema.
En el ínterin, Bujarin había intercedido ante Stalin (“Hay que ser cautelosos con los poetas; la historia está siempre de su lado”) y tiene lugar la famosa llamada telefónica nocturna de Stalin a Pasternak. El Padrecito de los Pueblos le pregunta a quemarropa a Pasternak si Mandelstam muestra o no maestría en el poema en cuestión. Ese no es el punto, dice Pasternak. Cuál es el punto entonces, pregunta Stalin. Estamos hablando de la vida y de la muerte, dice Pasternak. Stalin le contesta con sorna que él hubiera sabido defender mejor a un amigo y cuelga. Pero la sentencia fue “vegetariana”, para los tiempos que corrían: tres años de destierro, primero en Cherdyn y luego en Voronezh. La orden de Stalin había sido: “Aísleselo pero presérveselo”.
Nadezda recibió permiso para acompañar a su marido y lo alojaron en un pequeño dispensario rural (un médico, una enfermera) donde el desterrado intentó suicidarse tirándose por la ventana de un segundo piso. Oía voces, creía que Ajmátova había sido arrestada por su testimonio, no lograba recordar qué había confesado, a cuántos había incriminado. Después pasó a creer que aquella caída del segundo piso le había devuelto la cordura (“Me quebré un brazo y recuperé la razón”).
Mandelstam escribió entonces su “Oda a Stalin”. La leyenda se bifurca en este punto: hay quienes creen que lo hizo para congraciarse con el tirano y hay quienes dicen que Stalin se lo ordenó. Joseph Brodsky dice que da igual: lo que importa es el desequilibrio inquietante de esos versos, que los censores no supieron cómo tomar (“Si me despojan del derecho a respirar y a abrir las puertas / Si me tratan como un animal y me dan de comer en el suelo / Yo anudaré diez cabellos en mi voz y en la profunda noche / Susurrará Lenin en medio de la tormenta / Y en la tierra que huye de la putrefacción / Stalin despertará la razón y la vida”). Esa es la función de la poesía, según Brodsky: moverle el piso a quien lee. Eso pasó con los censores, que terminaron pidiendo a la todopoderosa NKVD “una solución al caso Mandelstam”. La solución fue expeditiva: cinco años de condena en Siberia.
No llegaron a ser ni seis meses. Cuenta Varlam Shalamov en los Relatos de Kolymá: “Sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que sepan los futuros biógrafos que el poeta murió dos días antes de su muerte”. En su libro Contra toda esperanza, Nadezda Mandelstam cuenta que a su marido le gustaba repetir en el destierro dos frases que ella detestaba por igual.
Una decía: “No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella”. La otra era: “La muerte de un artista no es su fin sino su último acto creador”. Más de medio siglo después, cuando aquella hoja redactada en letra temblorosa por Mandelstam fue exhumada de los archivos de la KGB, se descubrió que la memoria colectiva había ido deformando para mejor el epigrama, año a año, a medida que pasaba de boca en boca, para preservarlo del olvido.
Dice la leyenda que lo quebraron sin tortura física (“Usted mismo ha reconocido que es bueno para un poeta experimentar el miedo. Se lo haremos experimentar con plenitud”). Dice la leyenda que fue el propio Mandelstam quien les dio de puño y letra la única transcripción que lograron tener del poema.
En el ínterin, Bujarin había intercedido ante Stalin (“Hay que ser cautelosos con los poetas; la historia está siempre de su lado”) y tiene lugar la famosa llamada telefónica nocturna de Stalin a Pasternak. El Padrecito de los Pueblos le pregunta a quemarropa a Pasternak si Mandelstam muestra o no maestría en el poema en cuestión. Ese no es el punto, dice Pasternak. Cuál es el punto entonces, pregunta Stalin. Estamos hablando de la vida y de la muerte, dice Pasternak. Stalin le contesta con sorna que él hubiera sabido defender mejor a un amigo y cuelga. Pero la sentencia fue “vegetariana”, para los tiempos que corrían: tres años de destierro, primero en Cherdyn y luego en Voronezh. La orden de Stalin había sido: “Aísleselo pero presérveselo”.
Nadezda recibió permiso para acompañar a su marido y lo alojaron en un pequeño dispensario rural (un médico, una enfermera) donde el desterrado intentó suicidarse tirándose por la ventana de un segundo piso. Oía voces, creía que Ajmátova había sido arrestada por su testimonio, no lograba recordar qué había confesado, a cuántos había incriminado. Después pasó a creer que aquella caída del segundo piso le había devuelto la cordura (“Me quebré un brazo y recuperé la razón”).
Mandelstam escribió entonces su “Oda a Stalin”. La leyenda se bifurca en este punto: hay quienes creen que lo hizo para congraciarse con el tirano y hay quienes dicen que Stalin se lo ordenó. Joseph Brodsky dice que da igual: lo que importa es el desequilibrio inquietante de esos versos, que los censores no supieron cómo tomar (“Si me despojan del derecho a respirar y a abrir las puertas / Si me tratan como un animal y me dan de comer en el suelo / Yo anudaré diez cabellos en mi voz y en la profunda noche / Susurrará Lenin en medio de la tormenta / Y en la tierra que huye de la putrefacción / Stalin despertará la razón y la vida”). Esa es la función de la poesía, según Brodsky: moverle el piso a quien lee. Eso pasó con los censores, que terminaron pidiendo a la todopoderosa NKVD “una solución al caso Mandelstam”. La solución fue expeditiva: cinco años de condena en Siberia.
No llegaron a ser ni seis meses. Cuenta Varlam Shalamov en los Relatos de Kolymá: “Sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que sepan los futuros biógrafos que el poeta murió dos días antes de su muerte”. En su libro Contra toda esperanza, Nadezda Mandelstam cuenta que a su marido le gustaba repetir en el destierro dos frases que ella detestaba por igual.
Una decía: “No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella”. La otra era: “La muerte de un artista no es su fin sino su último acto creador”. Más de medio siglo después, cuando aquella hoja redactada en letra temblorosa por Mandelstam fue exhumada de los archivos de la KGB, se descubrió que la memoria colectiva había ido deformando para mejor el epigrama, año a año, a medida que pasaba de boca en boca, para preservarlo del olvido.
sábado, 27 de octubre de 2012
"Edifica a ciegas sus relaciones con los demás"
Por estos días se han cumplido 95 años de la vez que los obreros rusos tomaron el poder para iniciar una experiencia que a pesar de lo poco que duró -quizás hasta 1927 o 1928- dividió en dos la historia universal. Uno de sus dirigentes, León Trotsky, hizo una poderosa síntesis-definición del acontecimiento a pedido de unos estudiantes de Copenhague. Cuando habla de "La
actual crisis mundial", por supuesto no se refiere a la actual crisis mundial, sino a una crisis mundial que era más o menos como la actual, aunque parece que la actual está por superar aquella actualidad y aquella crisis. ;-( En cualquier caso, un texto cuyos contenidos no han perdido actualidad...
(...)
Durante el año 1917, en el intervalo de ocho meses, dos curvas históricas convergen. La Revolución de Febrero -este eco tardío de las grandes luchas que se desarrollaron en los siglos pasados sobre el territorio de los Países Bajos, Inglaterra, Francia, casi toda la Europa continental- se une a la serie de las revoluciones burguesas. La revolución de Octubre proclama y abre la era de la dominación del proletariado. Es el capitalismo mundial quien sufre, sobre el territorio de Rusia, la primera gran derrota. La cadena se rompió por el eslabón más débil. Pero es la cadena, y no solamente el eslabón, lo que se rompió.
El capitalismo como sistema mundial se sobrevive históricamente. Ha terminado de cumplir su misión esencial: la elevación del nivel del poder y de la riqueza humanos. La Humanidad no puede estancarse en el peldaño alcanzado. Sólo un poderoso empuje de las fuerzas productivas y una organización justa, planificada, es decir, socialista, de producción y distribución, puede asegurar a los hombres -a todos los hombres- un nivel de vida digno y conferirles al mismo tiempo el sentimiento inefable de la libertad frente a su propia economía. De la libertad en dos órdenes de relaciones; primeramente, el hombre no se verá ya obligado a consagrar su vida entera al trabajo físico. En segundo lugar, ya no dependerá de las leyes del mercado, es decir, de las fuerzas ciegas y oscuras que obran fuera de su voluntad. El hombre edificará libremente su economía, esto es, con arreglo a un plan, compás en mano. Ahora se trata de radiografiar la anatomía de la sociedad, de descubrir todos sus secretos y de someter todas sus funciones a la razón y a la voluntad del hombre colectivo. En este sentido, el socialismo entraña una nueva etapa en el crecimiento histórico de la Humanidad. A nuestro antepasado, armado por primera vez de un hacha de piedra, toda la naturaleza se le presenta como una conjuración de un poder misterioso y hostil. Más tarde, las ciencias naturales, en estrecha colaboración con la tecnología práctica, iluminaron la naturaleza hasta en sus más profundas oscuridades. Por medio de la energía eléctrica, el físico elabora su juicio sobre el núcleo atómico. No está lejos la hora en que -como en un juego- la ciencia resolverá la quimera de la alquimia, transformando el estiércol en oro y el oro en estiércol. Allá donde los demonios y las furias de la naturaleza se desataban, reina ahora, cada vez con más energía, la voluntad industriosa del hombre.
Pero en tanto que el hombre lucha victoriosamente con la naturaleza, edifica a ciegas sus relaciones con los demás, casi al igual que las abejas y las hormigas. Con retraso y por demás indeciso, se encara con los problemas de la sociedad humana. Empezó por la religión, para pasar después a la política. La Reforma trajo el primer éxito del individualismo y del racionalismo burgués en un dominio donde venía imperando una tradición muerta. El pensamiento crítico pasó de la Iglesia al Estado. Nacida en la lucha contra el absolutismo y las condiciones medievales, la doctrina de la soberanía popular y de los derechos del hombre y del ciudadano se amplía y robustece. Así se formó el sistema del parlamentarismo. El pensamiento crítico penetró en el dominio de la administración del Estado. El racionalismo político de la democracia significó la más alta conquista de la burguesía revolucionaria.
Pero entre la naturaleza y el Estado se interpone la economía. La técnica ha libertado al hombre de la tiranía de los viejos elementos: la tierra, el agua, el fuego y el aire para someterle, acto seguido, a su propia tiranía. La actual crisis mundial testimonia, de una manera particularmente trágica, cómo este dominador altivo y audaz de la naturaleza permanece siendo el esclavo de los poderes ciegos de su propia economía. La tarea histórica de nuestra época consiste en sustituir el juego anárquico del mercado por un plan razonable, en disciplinar las fuerzas productivas, en obligarlas a obrar en armonía, sirviendo dócilmente a las necesidades del hombre. Solamente sobre esta nueva base social el hombre podrá enderezar su espalda fatigada, y no ya sólo los elegidos, sino todos y todas, llegar a ser ciudadanos con plenos poderes en el dominio del pensamiento. Sin embargo, esto no es todavía la meta del camino. No, esto no es más que el principio. El hombre se considera el coronamiento de la creación. Tiene para ello, sí, ciertos derechos. ¿Pero quién se atreve a afirmar que el hombre actual sea el último representante, el más elevado de la especie homo sapiens? No, físicamente, como espiritualmente, está todavía muy lejos de la perfección este aborto biológico, de pensamiento enfermizo y que no se ha creado ningún nuevo equilibrio orgánico.
(...)
Fragmento de la conferencia ¿Qué fue la Revolución Rusa?, pronunciada por Trotsky el 27 de noviembre de 1932 en el stadium de Copenhague, Dinamarca
(...)
Durante el año 1917, en el intervalo de ocho meses, dos curvas históricas convergen. La Revolución de Febrero -este eco tardío de las grandes luchas que se desarrollaron en los siglos pasados sobre el territorio de los Países Bajos, Inglaterra, Francia, casi toda la Europa continental- se une a la serie de las revoluciones burguesas. La revolución de Octubre proclama y abre la era de la dominación del proletariado. Es el capitalismo mundial quien sufre, sobre el territorio de Rusia, la primera gran derrota. La cadena se rompió por el eslabón más débil. Pero es la cadena, y no solamente el eslabón, lo que se rompió.
El capitalismo como sistema mundial se sobrevive históricamente. Ha terminado de cumplir su misión esencial: la elevación del nivel del poder y de la riqueza humanos. La Humanidad no puede estancarse en el peldaño alcanzado. Sólo un poderoso empuje de las fuerzas productivas y una organización justa, planificada, es decir, socialista, de producción y distribución, puede asegurar a los hombres -a todos los hombres- un nivel de vida digno y conferirles al mismo tiempo el sentimiento inefable de la libertad frente a su propia economía. De la libertad en dos órdenes de relaciones; primeramente, el hombre no se verá ya obligado a consagrar su vida entera al trabajo físico. En segundo lugar, ya no dependerá de las leyes del mercado, es decir, de las fuerzas ciegas y oscuras que obran fuera de su voluntad. El hombre edificará libremente su economía, esto es, con arreglo a un plan, compás en mano. Ahora se trata de radiografiar la anatomía de la sociedad, de descubrir todos sus secretos y de someter todas sus funciones a la razón y a la voluntad del hombre colectivo. En este sentido, el socialismo entraña una nueva etapa en el crecimiento histórico de la Humanidad. A nuestro antepasado, armado por primera vez de un hacha de piedra, toda la naturaleza se le presenta como una conjuración de un poder misterioso y hostil. Más tarde, las ciencias naturales, en estrecha colaboración con la tecnología práctica, iluminaron la naturaleza hasta en sus más profundas oscuridades. Por medio de la energía eléctrica, el físico elabora su juicio sobre el núcleo atómico. No está lejos la hora en que -como en un juego- la ciencia resolverá la quimera de la alquimia, transformando el estiércol en oro y el oro en estiércol. Allá donde los demonios y las furias de la naturaleza se desataban, reina ahora, cada vez con más energía, la voluntad industriosa del hombre.
Pero en tanto que el hombre lucha victoriosamente con la naturaleza, edifica a ciegas sus relaciones con los demás, casi al igual que las abejas y las hormigas. Con retraso y por demás indeciso, se encara con los problemas de la sociedad humana. Empezó por la religión, para pasar después a la política. La Reforma trajo el primer éxito del individualismo y del racionalismo burgués en un dominio donde venía imperando una tradición muerta. El pensamiento crítico pasó de la Iglesia al Estado. Nacida en la lucha contra el absolutismo y las condiciones medievales, la doctrina de la soberanía popular y de los derechos del hombre y del ciudadano se amplía y robustece. Así se formó el sistema del parlamentarismo. El pensamiento crítico penetró en el dominio de la administración del Estado. El racionalismo político de la democracia significó la más alta conquista de la burguesía revolucionaria.
Pero entre la naturaleza y el Estado se interpone la economía. La técnica ha libertado al hombre de la tiranía de los viejos elementos: la tierra, el agua, el fuego y el aire para someterle, acto seguido, a su propia tiranía. La actual crisis mundial testimonia, de una manera particularmente trágica, cómo este dominador altivo y audaz de la naturaleza permanece siendo el esclavo de los poderes ciegos de su propia economía. La tarea histórica de nuestra época consiste en sustituir el juego anárquico del mercado por un plan razonable, en disciplinar las fuerzas productivas, en obligarlas a obrar en armonía, sirviendo dócilmente a las necesidades del hombre. Solamente sobre esta nueva base social el hombre podrá enderezar su espalda fatigada, y no ya sólo los elegidos, sino todos y todas, llegar a ser ciudadanos con plenos poderes en el dominio del pensamiento. Sin embargo, esto no es todavía la meta del camino. No, esto no es más que el principio. El hombre se considera el coronamiento de la creación. Tiene para ello, sí, ciertos derechos. ¿Pero quién se atreve a afirmar que el hombre actual sea el último representante, el más elevado de la especie homo sapiens? No, físicamente, como espiritualmente, está todavía muy lejos de la perfección este aborto biológico, de pensamiento enfermizo y que no se ha creado ningún nuevo equilibrio orgánico.
(...)
Fragmento de la conferencia ¿Qué fue la Revolución Rusa?, pronunciada por Trotsky el 27 de noviembre de 1932 en el stadium de Copenhague, Dinamarca
sábado, 20 de octubre de 2012
"No puedes, tú solo, dinamitar la isla de Manhattan"
Pablo Cingolani, un escritor sensible y profundo, me envió su reseña del libro Nueve noches, del brasileño Eduardo Carvalho...
El rastro del caracol
Buell Quain era el nombre de un
antropólogo norteamericano que en 1939 se suicidó en las selvas de Brasil.
Había nacido en las dakotas, estudiado en una de las universidades más
prestigiosas del mundo, donde fue alumno de prominentes expertos, como la
doctora Margaret Mead. Todos los que conocieron a Buell en vida, guardaron de
él una imagen de brillantez y compromiso con su labor de etnógrafo, y la
noticia de su muerte sorprendió a todos. Era un hombre apuesto, de familia
acomodada, aunque sus padres se divorciaron, y algunos suponen que esos
problemas influyeron en su decisión de quitarse la vida. Sin embargo, su
inmolación sigue siendo un misterio.
Fue terrible. Estaba viviendo en
una aldea de los indios Krahó y ya había anunciado que se iría a fin de año.
Las cartas que recibía de sus padres lo habían entristecido; las quemaba
después de leerlas. Un día, partió con dos indígenas, João e Ismael, rumbo a
Carolina, un poblado mestizo de Goais, la antesala del territorio de los Krahó.
En la segunda noche en la selva, sus compañeros de travesía se horrorizaron al
hallarlo todo ensangrentado, tras que Quain se había cortado los brazos, las
piernas y el cuello con una navaja de afeitar Gillette. Pero seguía vivo y João
e Ismael le suplicaron que se detuviera y no se matara. El gringo les respondió
que él solo quería acabar con sus sufrimientos. Sin saber qué más hacer, presos
del terror, los indios salieron corriendo a una fazenda cercana a pedir ayuda. Cuando retornaron, Buell Quain estaba
muerto. Terminó ahorcándose en un árbol con la cuerda de su hamaca. Tenía 27
años.
Quain había pedido ser enterrado
allí, y así lo hizo el dueño del rancho adonde los indios fueron por socorro.
Su tumba fue marcada “con tallos de burití”, el aguaje, la palma real conocida
entre nosotros. “Nunca la policía ni autoridad alguna fue hasta ese lugar. El
cuerpo nunca fue exhumado. No hay ninguna investigación archivada en los
registros públicos (…) Los pedidos… para que se marcase la sepultura, por si
algún día la familia quería rendir homenaje al muerto, nunca fueron atendidos.
Hasta donde se sabe, nadie nunca volvió allá. La desolación absoluta, la tumba
más negra de todas.
La cita y todo esto que acabo de anotar,
lo leí en un libro muy fuerte. Se titula Nueve
noches y su autor es un brasileño llamado Bernardo Carvalho. La obra fue
editada en Argentina en 2011, aunque ya tiene una década de ojos encima. Es la
historia de este tipo llamado Buell Quain y de cómo Carvalho se obsesiona por
saber quién era y qué había sucedido con él.
Nueve noches es alucinante, envolvente, fascinador. Está escrito de
una manera que no deja lugar a nada que no sea avidez y fervor al leerlo.
Carvalho dispara sus palabras con certeza de cerbatana, las arroja como flechas
al centro de ese algo total pero elusivo que es la condición humana, o aquello
que algunos creemos que es la condición humana, y que se asemeja mucho a la
selva donde suceden la mayoría de los hechos que va narrando. Es una historia
desgarradora, la de Quain, que se va entramando con otras historias
desgarradoras: la de los últimos pueblos indígenas de la Amazonía y la del propio
Carvalho y su extraño vínculo con lo amazónico.
Como toda saga, Nueve noches nos permite enlazarlo con
otros textos, con otras lecturas de los mismos mundos, los mismos desgarros. “Se
llamaba, creo, Fred Murdock” –anotó Borges en El etnógrafo, su propia versión sobre el tema. Murdock, como Quain,
explora su wild side, en su caso en el
oeste norteamericano. Va en busca de una verdad, de un secreto. A su vuelta, su
profesor y las autoridades de su universidad lo publicarán como su tesis de
grado. Cuando lo encuentra y regresa, confiesa que lo aprendido y hallado es “algo
que no puedo decir” y agrega que “el secreto, por lo demás, no vale lo que
valen los caminos que me condujeron a él”. En el libro de Carvalho, esas
verdades encontradas, esos secretos revelados, están en las antípodas de la
magia borgiana, pues no son más que las laceraciones y abominaciones padecidas
por los indios de la selva a lo largo de la historia. Son parte del horror, de
ese horror del que habla Kurtz, de ese horror que la “civilización” inoculó en
la selva.
¿Cómo afecta ello a la
sensibilidad de un ser generoso que deja atrás su mundo para sumergirse o
intentar hacerlo en el mundo del otro? Parafraseando a Artaud (y sus Tarahumaras,
otro lazo con la obra de Carvalho), “los antropólogos suicidados” son muchos.
En un ensayo cuyo título ya lo dice todo El
fútil ejercicio de Lévi-Strauss y Buell Quain en la selva amazónica, la también
antropóloga Ana María Ashwell cuenta que Margaret Caffrey se quitó la vida en
1931 mientras investigaba a los Apache. Lucien Sebag se inmoló a los 32 años,
en 1965, tras concluir su trabajo de campo entre los Ayoreo, en el Chaco. Lo
mismo hizo Alfred Metraux, el 63, cuando buscaba volver con los indios
guayakíes en el Paraguay. Coincidencia o qué, Charles Wagley, que escribiría la
introducción del libro póstumo de Quain sobre los Trumái del Brasil, también
escribió, en American Anthropologist,
el obituario de Metraux. “La lista de suicidados –concluye Ashwell- es larga”.
De mi propia cosecha, la historia
de Quain me remite a la historia de Lars, el joven noruego que sigue
desaparecido en la selva del Madidi, desde 1997. Era un hombre sensible, de una
familia burguesa, de un país modelo. Eligió el camino del tercer mundo, de los
pobres, de los desarraigados, de la selva. Vivió junto a los Tacana los años
suficientes para aprender sus verdades y sus secretos o lo que quedaban de ellos.
Un día, un cataclismo social en la aldea, producto de la irrupción de la
modernidad (Carvalho los narra de manera tan cruda como magistral), hizo que
Lars se decidiera a abandonar a sus amigos indios, internarse en la selva e ir
en busca de la quintaesencia de lo puro: otro pueblo indígena pero en estado de
aislamiento, los Toromonas, uno de los pocos que sigue resistiendo a ser
contaminados. Hasta hoy, Lars, no ha regresado.
Los Krahó bautizaron a Buell con
otro nombre: Camtwyon. Carvalho narra sus peripecias para saber su etimología.
Al final, descubre que “twyon” quiere decir caracol. “Cam” era el presente, el
aquí y ahora. Nadie en la aldea actual sabía cómo y porqué se combinaban esas
dos palabras. El saber, la metáfora, se había perdido. Carvalho decide su propia
interpretación, salvaje y moral según confiesa: “camtwyon” se le ocurre el
caracol y todo lo que su esencia implica: aquel que va con su casa a cuestas,
con su amparo siempre consigo, sólo la muerte puede despojarlo de él y de sí
mismo. Camtwyon, en versión carvallesca, pasa a ser así, “el rastro del
caracol”: de nada sirve huir, de nada sirve no aceptarse como uno es ni tampoco
no aceptar cómo son las cosas, donde quiera que uno vaya, uno siempre será uno,
de nada sirve escaparse de uno mismo, diría Moris, mezclando el blues con el
tango. Todo esto y más están labrados en la piel brillante y en las entrañas revueltas
del libro de Carvalho.
Dos caras de la misma moneda. De
los indios, dice el novelista brasileño, “son los huérfanos de la civilización.
Se hallan abandonados. Necesitan alianzas con el mundo de los blancos, un mundo
que ellos tratan, con esfuerzo, de entender, y en general no lo consiguen. El
problema es que… el mundo entero es de los blancos”. De nosotros, Carvalho
rescata la médula de Elegía 1938 del
inmortal Drummond: “Trabajas sin alegría para un mundo caduco/ donde las formas
y las acciones no encierran ningún ejemplo/ Practicas laboriosamente los gestos
universales,/ sientes calor y frío, falta de dinero, hambre y deseo sexual […]
Corazón orgulloso, tienes prisa por confesar tu derrota/ y postergar para otro
siglo la felicidad colectiva/ Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la
injusta distribución/ por que no puedes, tú solo, dinamitar la isla de
Manhattan”. Dos versiones más del rastro del caracol, de eso que no podemos
negar, de eso que no podemos esconder y, si somos justos con el pasado y sobre
todo con el presente, menos podemos olvidar si tuviéramos el valor de mirarnos
al espejo y no derretirnos con lo que vemos. Lawrence decía que el mérito no
era soñar, sino soñar pero con los ojos abiertos, los mismos que hacen falta
para leer y ojalá conmoverse con Nueve
noches.
Pablo Cingolani
Río Abajo, 20 de octubre de 2012
martes, 9 de octubre de 2012
"Fuente de orgullo y valle de miseria"
Pierre Broué y Émile Témine son dos historiadores franceses que han escrito -en mi humildísima opinión- una de las mejores historias de la Guerra Civil Española. En el prólogo de su libro "La revolución y la guerra de España" ellos desmienten expresamente mi afirmación, diciendo que su obra es apenas "un primer paso hacia la redacción de una Historia más completa que requerirá miles y miles de testimonios y, sobre todo, de documentos de los archivos, todavía inaccesibles [el libro es de 1962], ya sea en España misma, en Francia, en Inglaterra, en la URSS y en el Vaticano". Como sea, se trata de una obra de minuciosa documentación y apasionante lectura, lo que ya se puede ver desde el mismísimo prólogo, donde proponen algunas pistas para conocer la España que produjo la guerra civil, algunas de cuyas facetas -salvando tiempos y distancias- habrán de reaparecer en los próximos años...

(...)
Que no se espere encontrar en nuestra obra más de lo que quisimos o pudimos incluir en ella. Los lectores a quienes, según esperamos, les habremos despertado el gusto por España, deberán buscar en otras partes, en los hispanistas, la respuesta a las preguntas que se plantearán al comenzar a leernos. Los convidamos a que busquen en las obras de geografía una minuciosa descripción de este país, que es un mundo aparte, tan africano como europeo. "España", dice Joan Maragall, está "lejos del mundo como un planeta aparte. Y sus pueblos, que están en el mundo, parecen olvidados". Se enterarán de que España es "un manto repulgado de puntillas" que abarca 506.000 kilómetros cuadrados, que su población asciende casi a 30.000.000 de habitantes, que "vive difícilmente", que "su producción no puede bastar más que para un pueblo muy sobrio", que "carece de capitales y de medios de transporte". Si dirigen hacia los libros de historia sus investigaciones, se enterarán de que los Antiguos situaban en España a los Campos Elíseos y que Estrabón, el primer geógrafo, hacía de Andalucía la "morada de los Elegidos"; que la España musulmana, por sus técnicas agrícolas y artesanales, sus conocimientos científicos y filosóficos, iba a la vanguardia de la civilización de la Edad Media. Descubrirán también que los estragos de la reconquista, esa primera prueba de fuerza entre un mundo musulmán próspero, pero sin aliento, y un Occidente cristiano bárbaro, pero desbordante de vida, no le impidió a España convertirse en dueña del Viejo y del Nuevo mundo: el siglo de Luis XIV, en todos los libros, viene después del de la "preponderancia española". Pero se enterarán también de que la España del Siglo de Oro, como ha dicho Gastón Roupnel, es a la vez "fuente de orgullo y valle de miseria, según que se piense en sus poderosos o en sus masas, en su Corte o en los grandes territorios dolorosos que se extienden desde una frontera hasta la otra".
Quizá, entonces, penetrarán más fácilmente en esta España de la que Dominique Aubíer y Manuel Tuñón de Lara nos dicen que "retrocede cuando nos acercamos a ella". Con ellos, podrán recorrer los difíciles itinerarios hacia "la unidad subterránea que forma el esqueleto interior del español, ya sea charlatán y andaluz, severo y castellano, astuto como un gallego, interesado como un catalán o trabajador como un vasco". Recorriéndolos, se enterarán de las palabras cuya comprensión es esencial para entender a la realidad española: tierra, la tierra "que da la vida, pero no la mantiene"; hambre, que se traduce por el francés "faim" pero que "es a nuestra hambre lo que una rabieta es a la cólera"; castizo, mediocremente traducido por "de buena raza", siendo que afirma cotidianamente una sed de dignidad que proclama toda la historia de los pueblos de España. Quizá se percatarán también de aquello que, sobre todas las cosas, escapa a la descripción y a la explicación, a saber, el lugar que ocupa la muerte en la vida del español, cuya importancia quizá le haya sugerido ya la pasión por los toros.
Deberán ahondar mucho más todavía en su indagación, para penetrar en esa profunda espiritualidad que hace que se den codo con codo la fe más fanática y el más violento anticlericalismo. Tendrán que aprehender el sentido de la tierra de la Inquisición, la del auto de fe, en la que al acto de quemar a un hombre -moro mal convertido, judío bautizado inclusive, protestante secreto o espíritu esclarecido- se le llamaba "acto de fe". Deberán demorarse largamente en la contemplación de Goya y de sus dibujos del Dos de Mavo, y habrán de meditar sobre la violencia y la muerte de esos hombres de manos desnudas, frente a los fusiles de los pelotones de ejecución, o los sables de los mamelucos.
No olvidarán el levantamiento contra Napoleón de este pueblo, al que llamaban "los pordioseros", y observarán que mientras los Grandes doblaban la espina ante el conquistador, los campesinos, en sus asambleas de aldea, declaraban la guerra a la Grande Armée y creaban la palabra guerrilla. Concederán algunos instantes al sitio de Zaragoza, capturada por los franceses, en 52 días, casa por casa, piso por piso; y a sus 60.000 víctimas, sin exceptuar a las mujeres y a los niños, puesto que también ellos eran combatientes. Oirán decir al mariscal Lannes: "¡Qué guerra! ¡Verse obligado a matar a gente tan valiente, aunque estén locos!", pues estos "locos" se batían con sus puños y con sus dientes. Encontrarán de nuevo esta violencia en las guerras carlistas, en todas las luchas civiles del siglo XIX, en la represión realista que repugnará inclusive a los "ultras" franceses que habían acudido en nombre de la Santa Alianza a aplastar la Revolución española -la primera-, a los levantamientos campesinos, en las huelgas y la represión, en la tortura y en las "hazañas" de la guardia civil inmortalizadas por el Romancero de Federico García Lorca.
Al descubrir esta España descubrirán miles de Españas. Se enterarán de que la misma palabra castellana, pueblo, designa a los habitantes y a la aldea, que esta última es una patria pequeña, la patria chica de Brenan, que vive con una vida propia y casi autónoma. Entenderán mejor, entonces, por ejemplo en los trabajos de Rama, la difícil construcción de un Estado por encima de una nación inconclusa, y la
vanidad y el carácter artificial de la tentativa "liberal" en un país en el que reinan todavía señoritos y
caciques. Pues los caciques, esos déspotas locales, no son solamente los intendentes tradicionales de
los grandes dominios, que utilizan el poder delegado en ellos para saciar su apetito de poder y aplastar
con sus arbitrariedades y sus desprecios a aquellos a quienes emplean y mandan. El "caciquismo" ha
penetrado en toda la vida social y política; la administración, los partidos y, en cierta medida, los
sindicatos, hasta tal punto es verdad que este vicio de una sociedad medieval puede ser todavía
secretado por la España del siglo XX.
Entonces, sin duda, nuestros lectores comprenderán mejor algunos caracteres propiamente españoles de esta revolución y de esta guerra, la arrogancia de los señores, seguros de encarnar a una raza superior, el desprecio de la muerte y el encarnizamiento en la lucha de todos los combatientes, su particularismo y su apego a la ciudad, a la aldea, al terruño -lo que se llamará "individualismo", "indisciplina", "tendencias anarquistas"-, la violencia de los fanatismos, el odio, el desprecio que cimenta las jerarquías sociales, pero también la constante afirmación de la dignidad, el lugar ocupado, en la guerra, por la idea que cada uno de los adversarios se hace del hombre -hombre, que es interjección y afirmación-, ya sea que quieran exaltarlo y "liberarlo", o por el contrario, extinguirlo y destruirlo por la humillación concebida como un sistema.
(...)
Fragmento del Prólogo de Pierre Broué y Émile Témine
en La revolución y la guerra de España
(1962)

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Que no se espere encontrar en nuestra obra más de lo que quisimos o pudimos incluir en ella. Los lectores a quienes, según esperamos, les habremos despertado el gusto por España, deberán buscar en otras partes, en los hispanistas, la respuesta a las preguntas que se plantearán al comenzar a leernos. Los convidamos a que busquen en las obras de geografía una minuciosa descripción de este país, que es un mundo aparte, tan africano como europeo. "España", dice Joan Maragall, está "lejos del mundo como un planeta aparte. Y sus pueblos, que están en el mundo, parecen olvidados". Se enterarán de que España es "un manto repulgado de puntillas" que abarca 506.000 kilómetros cuadrados, que su población asciende casi a 30.000.000 de habitantes, que "vive difícilmente", que "su producción no puede bastar más que para un pueblo muy sobrio", que "carece de capitales y de medios de transporte". Si dirigen hacia los libros de historia sus investigaciones, se enterarán de que los Antiguos situaban en España a los Campos Elíseos y que Estrabón, el primer geógrafo, hacía de Andalucía la "morada de los Elegidos"; que la España musulmana, por sus técnicas agrícolas y artesanales, sus conocimientos científicos y filosóficos, iba a la vanguardia de la civilización de la Edad Media. Descubrirán también que los estragos de la reconquista, esa primera prueba de fuerza entre un mundo musulmán próspero, pero sin aliento, y un Occidente cristiano bárbaro, pero desbordante de vida, no le impidió a España convertirse en dueña del Viejo y del Nuevo mundo: el siglo de Luis XIV, en todos los libros, viene después del de la "preponderancia española". Pero se enterarán también de que la España del Siglo de Oro, como ha dicho Gastón Roupnel, es a la vez "fuente de orgullo y valle de miseria, según que se piense en sus poderosos o en sus masas, en su Corte o en los grandes territorios dolorosos que se extienden desde una frontera hasta la otra".
Quizá, entonces, penetrarán más fácilmente en esta España de la que Dominique Aubíer y Manuel Tuñón de Lara nos dicen que "retrocede cuando nos acercamos a ella". Con ellos, podrán recorrer los difíciles itinerarios hacia "la unidad subterránea que forma el esqueleto interior del español, ya sea charlatán y andaluz, severo y castellano, astuto como un gallego, interesado como un catalán o trabajador como un vasco". Recorriéndolos, se enterarán de las palabras cuya comprensión es esencial para entender a la realidad española: tierra, la tierra "que da la vida, pero no la mantiene"; hambre, que se traduce por el francés "faim" pero que "es a nuestra hambre lo que una rabieta es a la cólera"; castizo, mediocremente traducido por "de buena raza", siendo que afirma cotidianamente una sed de dignidad que proclama toda la historia de los pueblos de España. Quizá se percatarán también de aquello que, sobre todas las cosas, escapa a la descripción y a la explicación, a saber, el lugar que ocupa la muerte en la vida del español, cuya importancia quizá le haya sugerido ya la pasión por los toros.
Deberán ahondar mucho más todavía en su indagación, para penetrar en esa profunda espiritualidad que hace que se den codo con codo la fe más fanática y el más violento anticlericalismo. Tendrán que aprehender el sentido de la tierra de la Inquisición, la del auto de fe, en la que al acto de quemar a un hombre -moro mal convertido, judío bautizado inclusive, protestante secreto o espíritu esclarecido- se le llamaba "acto de fe". Deberán demorarse largamente en la contemplación de Goya y de sus dibujos del Dos de Mavo, y habrán de meditar sobre la violencia y la muerte de esos hombres de manos desnudas, frente a los fusiles de los pelotones de ejecución, o los sables de los mamelucos.
No olvidarán el levantamiento contra Napoleón de este pueblo, al que llamaban "los pordioseros", y observarán que mientras los Grandes doblaban la espina ante el conquistador, los campesinos, en sus asambleas de aldea, declaraban la guerra a la Grande Armée y creaban la palabra guerrilla. Concederán algunos instantes al sitio de Zaragoza, capturada por los franceses, en 52 días, casa por casa, piso por piso; y a sus 60.000 víctimas, sin exceptuar a las mujeres y a los niños, puesto que también ellos eran combatientes. Oirán decir al mariscal Lannes: "¡Qué guerra! ¡Verse obligado a matar a gente tan valiente, aunque estén locos!", pues estos "locos" se batían con sus puños y con sus dientes. Encontrarán de nuevo esta violencia en las guerras carlistas, en todas las luchas civiles del siglo XIX, en la represión realista que repugnará inclusive a los "ultras" franceses que habían acudido en nombre de la Santa Alianza a aplastar la Revolución española -la primera-, a los levantamientos campesinos, en las huelgas y la represión, en la tortura y en las "hazañas" de la guardia civil inmortalizadas por el Romancero de Federico García Lorca.
Al descubrir esta España descubrirán miles de Españas. Se enterarán de que la misma palabra castellana, pueblo, designa a los habitantes y a la aldea, que esta última es una patria pequeña, la patria chica de Brenan, que vive con una vida propia y casi autónoma. Entenderán mejor, entonces, por ejemplo en los trabajos de Rama, la difícil construcción de un Estado por encima de una nación inconclusa, y la
vanidad y el carácter artificial de la tentativa "liberal" en un país en el que reinan todavía señoritos y
caciques. Pues los caciques, esos déspotas locales, no son solamente los intendentes tradicionales de
los grandes dominios, que utilizan el poder delegado en ellos para saciar su apetito de poder y aplastar
con sus arbitrariedades y sus desprecios a aquellos a quienes emplean y mandan. El "caciquismo" ha
penetrado en toda la vida social y política; la administración, los partidos y, en cierta medida, los
sindicatos, hasta tal punto es verdad que este vicio de una sociedad medieval puede ser todavía
secretado por la España del siglo XX.
Entonces, sin duda, nuestros lectores comprenderán mejor algunos caracteres propiamente españoles de esta revolución y de esta guerra, la arrogancia de los señores, seguros de encarnar a una raza superior, el desprecio de la muerte y el encarnizamiento en la lucha de todos los combatientes, su particularismo y su apego a la ciudad, a la aldea, al terruño -lo que se llamará "individualismo", "indisciplina", "tendencias anarquistas"-, la violencia de los fanatismos, el odio, el desprecio que cimenta las jerarquías sociales, pero también la constante afirmación de la dignidad, el lugar ocupado, en la guerra, por la idea que cada uno de los adversarios se hace del hombre -hombre, que es interjección y afirmación-, ya sea que quieran exaltarlo y "liberarlo", o por el contrario, extinguirlo y destruirlo por la humillación concebida como un sistema.
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Fragmento del Prólogo de Pierre Broué y Émile Témine
en La revolución y la guerra de España
(1962)
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