lunes, 23 de mayo de 2011

Cómo se paga la crisis




Y el único método para que no la paguen siempre los mismos

El domingo, la corresponsal del diario El País en Grecia, Lucía Abellán, contaba que la prensa alemana asegura que el gobierno griego "debe exprimir hasta la misma Acrópolis para saldar las cuentas con Europa". Parece exagerado, pero "nombrar como activos los monumentos o las islas tiene un efecto amenazante", decía. Parece que se proponen la venta de miles de propiedades estatales (autopistas, vehículos industriales, depósitos de gas, espectro radioeléctrico y activos inmobiliarios, que se suman a una primera fase, ya en marcha, con el gas, los ferrocarriles y el aeropuerto como principales activos) hasta alcanzar la suma de 50 mil millones de euros, lo que permitiría disminuir ¡¡20 puntos de la deuda!! que hoy representa el 156% del PBI.

Por supuesto que a todos nos viene a la mente de inmediato la tradicional imagen del miserable usurero que obliga al deudor a rematar sus posesiones para que aún así siga debiendo más de tres cuartos de una deuda impagable. Tan tradicional, como el razonamiento de que en realidad el usurero no tiene ninguna pretensión de que el deudor cancele su deuda alguna vez, porque eso equivaldría a que esclavo compre su libertad. El esclavo no puede, el usurero no quiere, y todos sabemos que no es esa la salida del laberinto (¿todos?).

Aquí es donde comienza a tomar cuerpo esa idea que durante la guerra de los balcanes sugirió el economista Ernest Mandel: que los imperialismos, especialmente EEUU y Alemania, tenían en marcha una recolonización del mundo, y que esa guerra era sólo uno de los métodos que pondrían en práctica para lograrlo. Otras formas eran la inversión directa (citaba el ejemplo de España, "donde todo es muy alemán", aseguraba) y la apropiación de los bienes públicos acumulados por generaciones, como parte de pago de deudas indeterminadas (el ejemplo, por cierto, era Latinoamérica -"donde Europa disputa a EEUU su tradicional patio trasero").

Mandel observaba que ni la guerra, ni la inversión directa, ni la deuda externa, ni las privatizaciones, son en sí mismas garantías de colonización, pero que todas juntas son premisas de una sola conclusión: la creación de nuevas colonias, que tomarán la forma política que convenga al imperio de turno, pero que no serán más que colonias, y serán sometidas a niveles de explotación nunca conocidos.

Hace 20 años sonaba apocalíptico. Hoy, se comprueba con sólo leer las portadas de los diarios. Mandel también decía que ese avance en la recolonización mundial desataría una nueva etapa de crisis, guerras y revoluciones. Lo único que venía atrasado, hasta ahora, eran las revoluciones. Hasta que los árabes empezaron...