jueves, 9 de junio de 2011

"Cocino para las ratas y para Luciano Benetton"

(...)
Sentado al otro lado estaba un hombre cuyo pelo caoba tenía el aspecto demasiado sólido de un peluquín. El individuo irradiaba confianza y se presentó como Massimo Donadon.

-Soy chef -dijo, dirigiéndose a mí y a la mujer que estaba entre los dos-. ¡Mi cocina se conoce en el mundo entero!
-¡De veras? -exclamó la mujer-. ¿Tiene alguna especialidad?
-Sí. Veneno de rata.
La mujer se echó hacia atrás.
-Está de broma.
-No, es verdad. Fabrico el raticida más vendido del mundo. Se llama Bocaraton, como la ciudad de Florida. Nunca he entendido que alguien quiera vivir en una ciudad con semejante nombre. Pero le viene perfecto a mi especialidad, que vendo por todo el mundo: en Dubai, Nueva York, París, Tokio, Boston, Sudamérica, dondequiera que haya ratas. Controlo el treinta por ciento del mercado internacional de raticidas.
-¿Cuál es su secreto? -pregunté.
-Mis competidores enfocan mal el tema de los raticidas. Ellos estudian a las ratas. Yo estudio a las personas -El señor Donadon señaló mi plato con el tenedor-. Las ratas comen lo que come la gente.Bajé la vista a mi fegato alla veneziana y de pronto vi mi cena con otros ojos.

-A las ratas venecianas les encantaría comerse lo que tiene en el plato, porque están acostumbradas a esa clase de comida. Pero a las ratas alemanas no les interesaría lo más mínimo. Prefieren la cocina alemana: wurstel, Wiener schnitzel y demás. Por tanto, para Alemania fabrico raticida compuesto por un cuarenta y cinco por ciento de grasa de cerdo. El veneno para ratas francesas contiene mantequilla. Para Estados Unidos utilizo vainilla, cereales de avena, palomitas de maíz y un poco de margarina, porque los estadounidenses comen poquísima mantequilla. Mi raticida neoyorquino se basa en aceites vegetales y esenciales con aroma de naranja, para que las ratas piensen en hamburguesas y zumos de naranja. Para Bombay añado curry. Para Chile, harina de pescado. Las ratas son muy adaptables. Si sus anfitriones se apuntan a una dieta pasajera, las ratas también. Mantengo treinta estaciones de investigación dispersas por el mundo para actualizar los gustos y aromas de los venenos de acuerdo con las últimas tendencias en la alimentación humana.
-¿Qué le pone al veneno italiano?
-Aceite de oliva, pasta, miel, expreso, zumo de manzana y Nutella (crema de avellana y chocolate). Sobre todo Nutella. La compro a toneladas. A las ratas les encanta. Les aseguré a los de la empresa Nutella que no me importaría promocionarlos por televisión, y me pidieron por favor que no lo hiciera, me rogaron que no se lo contara a nadie.

La mujer sentada al otro lado del señor Donadon apoyó las manos en la mesa como para controlarse.
-¡No pienso escuchar hablar de ratas mientras como! —anunció, y luego, más por el aire a melodrama que por estar molesta, nos dio la espalda.
El señor Donadon prosiguió, imperturbable, con sus explicaciones.
-A todo el mundo le fascinan las ratas. Incluso a los que lo niegan. A esos les gustaría decir: “Qué asco, no lo soporto, ¡cuénteme más!”.

Me fijé en que la pareja de la izquierda había dejado de hablar de La Fenice para dedicar toda su atención a Donadon.
-Pero si una rata está hambrienta, ¿no come cualquier cosa? -pregunté.
-Por supuesto, pero las ratas jamás habían estado mejor alimentadas, porque nunca había habido tanta basura. Así que se han vuelto quisquillosas con la comida. En la década de mil novecientos cincuenta la gente sólo tiraba a la basura el cero coma cinco por ciento de la comida y las ratas tenían que comer lo que encontraran. Hoy día el siete por ciento de nuestra comida termina en la basura y las ratas disfrutan de un banquete sin fin. Por lo tanto, para mí el reto radica en fabricar un raticida más apetitoso que la basura. La verdadera competencia es la basura.
“Las ratas son más listas que el hombre y están mejor organizadas. Siguen rituales instintivos para garantizar la supervivencia de la especie. Por ejemplo, cuando encuentran algo que parece
comestible, siempre lo catan primero las ratas más viejas. Otras marcas de raticida causan dolores inmediatos, quemazones o mareos. Si las ratas más viejas dan muestras de enfermedad, las otras no probarán la comida. Pero Bocaraton es más listo que ellas, porque no provoca ninguna molestia inmediata. Tarda cuatro días en surtir efecto y para entonces las ratas más jóvenes ya lo han ingerido.

-Dígame -intervino la mujer de mi izquierda-, ¿qué le empuja a uno a dedicar su vida a matar ratas?
-¡Ah, signora! Junto al lecho de muerte de mi abuela prometí que contribuiría al progreso de la humanidad. Desde niño ya me interesaban la química y la medicina. Así que decidí que encontraría una cura para el cáncer. Como sabía que el DDT causaba cáncer, entré en varias carnicerías y me presenté como representante de una empresa americana llamada Max Don Brasileña (un nombre inventado) que fabricaba insecticidas sin DDT. Les aseguré que los libraría de las moscas.
“El primer carnicero me contestó que pagaría lo que fuera. Las moscas ponían huevos en la carne. Era un desastre. De modo que elegí una cantidad al azar y le ofrecí mis servicios por treinta mil liras. Aceptó. Al final del día tenía encargos por valor de ciento cincuenta mil liras, que por entonces era un montón de dinero.
“Estaba exultante. ¡Pero no tenía producto! Además estaba sin blanca. De modo que me pasé por un bar de Treviso, donde vivo, a unos treinta kilómetros al norte de Venecia, y convencí a un par de amigos para que se unieran al negocio. De inmediato me mudé al hotel Carlton de Treviso y con la ayuda de la telefonista y el portero del hotel hice creer a los clientes que allí había instalado la sede italiana de la empresa de insecticidas.
“¿Cómo matamos a las moscas? Con un compuesto fosforoso de Montedison. Si lo empleara hoy, probablemente acabaría en la cárcel. Es demasiado tóxico. Pero funcionó. El negocio prosperó. La gente nos conocía.
“Entonces recibí una llamada del conde Borletti, el rey de las máquinas de coser, pidiéndome que acabara con las moscas de sus establos. Un día el conde me preguntó: ‘Massimo, ¿qué piensas hacer en invierno, cuando no haya moscas? Matar moscas es un negocio de temporada. Pero las ratas están todo el año. Deberías pensar en fabricar raticida’.
“¡Qué idea! Esa misma noche empecé los experimentos en el lavabo de la habitación del hotel. Amasé diez libras de grasa de cerdo y cumarina con mis propias manos y a la mañana siguiente lo cambié todo: la empresa, su nombre y su objeto. Eso fue en mil novecientos setenta. Conseguimos un éxito inmediato y desde entonces no hemos parado de crecer. Admito que tal vez matar ratas no sea una profesión tan noble como buscar una cura para el cáncer, pero al menos contribuyo al progreso de la humanidad y mi abuela puede descansar en paz.

Donadon nos entregó a cada uno una tarjeta de visita. La empresa se llamaba Braün Mayer Deutschland.
-Creía que era italiano-comenté.
-Y lo soy, pero de haberle puesto un nombre italiano a la empresa la gente habría pensado que el producto se fabrica en Italia y que, en consecuencia, no es de fiar. La imagen de Italia se reduce a la mafia, los sastres y los zapateros. En cambio, Alemania tiene una imagen de país sólido, científico y eficiente. Si hay que confiar en alguien para que mate una rata, que sea alemán. Así busqué un nombre que sonara muy germánico. Mayer es el equivalente alemán de Smith. Braün recuerda a Werner von Braun, el que diseñó los cohetes que llevaron al hombre a la Luna, y que por tanto inspira confianza. La diéresis sobre la u no va, pero acentúa el carácter germánico del nombre. Y Deutschland, bueno, habla por sí solo.
-Muy astuto -convine.
-Mi pequeña empresa participó del famoso boom económico del norte de Italia. ¿Sabía que en el norte de Italia tenemos la mayor concentración de negocios del mundo? Es cierto: tenemos una empresa por cada ocho habitantes. La mayoría son empresas familiares, pequeñas. Como la mía o como Benetton, que dirige mi amigo Luciano Benetton. Luciano ha nacido y se ha criado en Treviso como yo, y los dos mantenemos la oficina central en Treviso.
-Los dos Titanes de Treviso.
-Bueno -El señor Donadon se ruborizó-. Luciano es un genio para hacer dinero y tampoco se le da mal conservarlo. Nos conocemos desde hace más de treinta años y le aprecio mucho. Pero con lo rico que es, ¡jamás me ha invitado a almorzar! En cambio, le encanta cómo cocino y viene a menudo a casa a cenar. Yo cocino para las ratas y para Luciano Benetton.
-¿Han trabajado juntos alguna vez?
-No, pero contratamos al mismo fotógrafo para la publicidad: Oliverio Toscani, el tipo que creó la campaña ‘United Colors of Benetton’ y la revista Colors. Lo contraté para un anuncio de raticida. Estaba inspirado en La última cena. Todos los comensales, incluido Cristo, tenían cabeza de rata. Pero me convencieron para que renunciara a la campaña.

(…)

A mi otra oreja llegó de nuevo la palabra “rata” o, para ser más preciso, su denominación en dialecto veneciano: pantegana.
-Las ratas no vomitan -explicaba el señor Donadon-. Son una de las especies sobre la Tierra con la incapacidad física de vomitar. Así que una vez ingerido el veneno no pueden expulsarlo. Pero no es peligroso emplear el veneno, porque si las personas, los gatos o los perros ingieren aunque sólo sea un gramo, lo vomitan al instante, antes de que pueda causar ningún daño.

La mujer que había jurado que no escucharía hablar de ratas mientras cenaba se había dado media vuelta y ahora miraba embelesada al señor Donadon.
-Pero si se murieran miles de ratas a la vez -le preguntó al experto-, ¿no provocarían una plaga al descomponerse?
-Mi veneno las deshidrata -explicó el señor Donadon, dándole unas tranquilizadoras palmaditas en la mano-, las seca, las deshidrata. Así que como no se pudren, no hay peligro.
-Pero muerden a la gente, ¿no? -insistió ella, arrugando la nariz- Qué espanto.
-Si le muerde una rata, es muy posible que ni lo note.
-Claro, de la impresión.
-No. No lo notaría porque la saliva de rata contiene un anestésico. Uno de los ministros del gabinete de gobierno, Riccardo Misasi, estaba una noche en la cama cuando le despertó un picor en el dedo gordo del pie. El picor aumentó y, al encender la luz, ¡descubrió que se lo había comido una rata!

El señor Donadon parecía dispuesto a explotar la misma veta durante un rato, pero los demás invitados empezaban a irse.
-Quisiera preguntarle una única cosa -le dije mientras me levantaba de la mesa-. Si su veneno es tan efectivo como dice, ¿cómo quedan tantas ratas en Venecia?
-¡Muy simple! Venecia no emplea mi veneno. El Ayuntamiento siempre contrata el más barato, así que yo ni me molesto en intentarlo. Estoy dispuesto a contribuir al progreso de la humanidad, pero -me guiñó un ojo- la humanidad debe estar dispuesta a contribuir al mío.

(...)

"El hombre rata de Treviso", en La ciudad de los ángeles caídos, de John Berendt.

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