sábado, 20 de octubre de 2012

"No puedes, tú solo, dinamitar la isla de Manhattan"

Pablo Cingolani, un escritor sensible y profundo, me envió su reseña del libro Nueve noches, del brasileño Eduardo Carvalho...


El rastro del caracol

Buell Quain era el nombre de un antropólogo norteamericano que en 1939 se suicidó en las selvas de Brasil. Había nacido en las dakotas, estudiado en una de las universidades más prestigiosas del mundo, donde fue alumno de prominentes expertos, como la doctora Margaret Mead. Todos los que conocieron a Buell en vida, guardaron de él una imagen de brillantez y compromiso con su labor de etnógrafo, y la noticia de su muerte sorprendió a todos. Era un hombre apuesto, de familia acomodada, aunque sus padres se divorciaron, y algunos suponen que esos problemas influyeron en su decisión de quitarse la vida. Sin embargo, su inmolación sigue siendo un misterio.

Fue terrible. Estaba viviendo en una aldea de los indios Krahó y ya había anunciado que se iría a fin de año. Las cartas que recibía de sus padres lo habían entristecido; las quemaba después de leerlas. Un día, partió con dos indígenas, João e Ismael, rumbo a Carolina, un poblado mestizo de Goais, la antesala del territorio de los Krahó. En la segunda noche en la selva, sus compañeros de travesía se horrorizaron al hallarlo todo ensangrentado, tras que Quain se había cortado los brazos, las piernas y el cuello con una navaja de afeitar Gillette. Pero seguía vivo y João e Ismael le suplicaron que se detuviera y no se matara. El gringo les respondió que él solo quería acabar con sus sufrimientos. Sin saber qué más hacer, presos del terror, los indios salieron corriendo a una fazenda cercana a pedir ayuda. Cuando retornaron, Buell Quain estaba muerto. Terminó ahorcándose en un árbol con la cuerda de su hamaca. Tenía 27 años.

Quain había pedido ser enterrado allí, y así lo hizo el dueño del rancho adonde los indios fueron por socorro. Su tumba fue marcada “con tallos de burití”, el aguaje, la palma real conocida entre nosotros. “Nunca la policía ni autoridad alguna fue hasta ese lugar. El cuerpo nunca fue exhumado. No hay ninguna investigación archivada en los registros públicos (…) Los pedidos… para que se marcase la sepultura, por si algún día la familia quería rendir homenaje al muerto, nunca fueron atendidos. Hasta donde se sabe, nadie nunca volvió allá. La desolación absoluta, la tumba más negra de todas.

La cita y todo esto que acabo de anotar, lo leí en un libro muy fuerte. Se titula Nueve noches y su autor es un brasileño llamado Bernardo Carvalho. La obra fue editada en Argentina en 2011, aunque ya tiene una década de ojos encima. Es la historia de este tipo llamado Buell Quain y de cómo Carvalho se obsesiona por saber quién era y qué había sucedido con él.

Nueve noches es alucinante, envolvente, fascinador. Está escrito de una manera que no deja lugar a nada que no sea avidez y fervor al leerlo. Carvalho dispara sus palabras con certeza de cerbatana, las arroja como flechas al centro de ese algo total pero elusivo que es la condición humana, o aquello que algunos creemos que es la condición humana, y que se asemeja mucho a la selva donde suceden la mayoría de los hechos que va narrando. Es una historia desgarradora, la de Quain, que se va entramando con otras historias desgarradoras: la de los últimos pueblos indígenas de la Amazonía y la del propio Carvalho y su extraño vínculo con lo amazónico.

Como toda saga, Nueve noches nos permite enlazarlo con otros textos, con otras lecturas de los mismos mundos, los mismos desgarros. “Se llamaba, creo, Fred Murdock” –anotó Borges en El etnógrafo, su propia versión sobre el tema. Murdock, como Quain, explora su wild side, en su caso en el oeste norteamericano. Va en busca de una verdad, de un secreto. A su vuelta, su profesor y las autoridades de su universidad lo publicarán como su tesis de grado. Cuando lo encuentra y regresa, confiesa que lo aprendido y hallado es “algo que no puedo decir” y agrega que “el secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él”. En el libro de Carvalho, esas verdades encontradas, esos secretos revelados, están en las antípodas de la magia borgiana, pues no son más que las laceraciones y abominaciones padecidas por los indios de la selva a lo largo de la historia. Son parte del horror, de ese horror del que habla Kurtz, de ese horror que la “civilización” inoculó en la selva.

¿Cómo afecta ello a la sensibilidad de un ser generoso que deja atrás su mundo para sumergirse o intentar hacerlo en el mundo del otro? Parafraseando a Artaud (y sus Tarahumaras, otro lazo con la obra de Carvalho), “los antropólogos suicidados” son muchos. En un ensayo cuyo título ya lo dice todo El fútil ejercicio de Lévi-Strauss y Buell Quain en la selva amazónica, la también antropóloga Ana María Ashwell cuenta que Margaret Caffrey se quitó la vida en 1931 mientras investigaba a los Apache. Lucien Sebag se inmoló a los 32 años, en 1965, tras concluir su trabajo de campo entre los Ayoreo, en el Chaco. Lo mismo hizo Alfred Metraux, el 63, cuando buscaba volver con los indios guayakíes en el Paraguay. Coincidencia o qué, Charles Wagley, que escribiría la introducción del libro póstumo de Quain sobre los Trumái del Brasil, también escribió, en American Anthropologist, el obituario de Metraux. “La lista de suicidados –concluye Ashwell- es larga”.

De mi propia cosecha, la historia de Quain me remite a la historia de Lars, el joven noruego que sigue desaparecido en la selva del Madidi, desde 1997. Era un hombre sensible, de una familia burguesa, de un país modelo. Eligió el camino del tercer mundo, de los pobres, de los desarraigados, de la selva. Vivió junto a los Tacana los años suficientes para aprender sus verdades y sus secretos o lo que quedaban de ellos. Un día, un cataclismo social en la aldea, producto de la irrupción de la modernidad (Carvalho los narra de manera tan cruda como magistral), hizo que Lars se decidiera a abandonar a sus amigos indios, internarse en la selva e ir en busca de la quintaesencia de lo puro: otro pueblo indígena pero en estado de aislamiento, los Toromonas, uno de los pocos que sigue resistiendo a ser contaminados. Hasta hoy, Lars, no ha regresado.

Los Krahó bautizaron a Buell con otro nombre: Camtwyon. Carvalho narra sus peripecias para saber su etimología. Al final, descubre que “twyon” quiere decir caracol. “Cam” era el presente, el aquí y ahora. Nadie en la aldea actual sabía cómo y porqué se combinaban esas dos palabras. El saber, la metáfora, se había perdido. Carvalho decide su propia interpretación, salvaje y moral según confiesa: “camtwyon” se le ocurre el caracol y todo lo que su esencia implica: aquel que va con su casa a cuestas, con su amparo siempre consigo, sólo la muerte puede despojarlo de él y de sí mismo. Camtwyon, en versión carvallesca, pasa a ser así, “el rastro del caracol”: de nada sirve huir, de nada sirve no aceptarse como uno es ni tampoco no aceptar cómo son las cosas, donde quiera que uno vaya, uno siempre será uno, de nada sirve escaparse de uno mismo, diría Moris, mezclando el blues con el tango. Todo esto y más están labrados en la piel brillante y en las entrañas revueltas del libro de Carvalho.

Dos caras de la misma moneda. De los indios, dice el novelista brasileño, “son los huérfanos de la civilización. Se hallan abandonados. Necesitan alianzas con el mundo de los blancos, un mundo que ellos tratan, con esfuerzo, de entender, y en general no lo consiguen. El problema es que… el mundo entero es de los blancos”. De nosotros, Carvalho rescata la médula de Elegía 1938 del inmortal Drummond: “Trabajas sin alegría para un mundo caduco/ donde las formas y las acciones no encierran ningún ejemplo/ Practicas laboriosamente los gestos universales,/ sientes calor y frío, falta de dinero, hambre y deseo sexual […] Corazón orgulloso, tienes prisa por confesar tu derrota/ y postergar para otro siglo la felicidad colectiva/ Aceptas la lluvia, la guerra, el desempleo y la injusta distribución/ por que no puedes, tú solo, dinamitar la isla de Manhattan”. Dos versiones más del rastro del caracol, de eso que no podemos negar, de eso que no podemos esconder y, si somos justos con el pasado y sobre todo con el presente, menos podemos olvidar si tuviéramos el valor de mirarnos al espejo y no derretirnos con lo que vemos. Lawrence decía que el mérito no era soñar, sino soñar pero con los ojos abiertos, los mismos que hacen falta para leer y ojalá conmoverse con Nueve noches.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 20 de octubre de 2012