viernes, 1 de abril de 2011

"Un gran país con demasiados bellacos"

El combate perpetuo, un buen texto de Marcos Aguinis en el que hace la biografía novelada del Almirante Guillermo Brown, viene a confirmar lo que uno venía sospechando: la revolución es una máquina poderosa que devora a sus artífices. Los consume, los tritura, los escupe en el barro... y les da vida eterna. El heroico y generoso irlandés, recién afincado en tierras extrañas, da más de lo que tiene y de lo que puede para luchar por la independencia de su nueva nación. La burguesía porteña, especuladora hasta para ir al baño y mala pagadora como siempre, lo maltrata y lo humilla más de una vez. Pero no podrá expulsar a Brown del combate: por el contrario, cuando menos lo piense deberá volver a llamarlo, porque el hombre está peleando por algo mucho más grande que todos los negocios del Río de la Plata juntos...


XVI

Recordemos. Corre el año 1818. José de San Martín ha librado la decisiva batalla de Maipú y se dispone a culminar su campaña emancipadora. El presidente Monroe adquiere tierras en la africana Liberia para la American Colonization Society. Bernadotte asume el trono de Suecia con el nombre de Carlos XIV. Brackenridge escribe su notable y pintoresco Viaje a la América del Sur. Napoleón sigue encadenado a la roca de Santa Elena. David Ricardo lanza sus Principios de economía política. Beethoven compone la Missa Solemnis. Schopenhauer publica El mundo como voluntad y representación. Simón Bolívar reorganiza sus fuerzas... Y el coronel de marina Guillermo Brown, tras su esperanzado retorno a Buenos Aires, es arrestado y encarcelado en el cuartel de Aguerridos: el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata ha decidido hacerle pagar su desobediencia, contrariamente a lo prometido por Rivadavia y calculado por la lógica.

Brown había nacido en 1777 en el pueblito irlandés de Foxford, bajo secular opresión inglesa. A los nueve años su padre lo llevó a Filadelfia, Estados Unidos, para buscar un horizonte más benévolo y traer después al resto de su familia. Pero allí quedó huérfano y desam­parado, lejos de su madre y sus hermanos, lejos de su valiente tío cura, lejos de las referencias que lo habían moldeado. Lo rescató una nave americana, donde invir­tió su adolescencia en descubrir los secretos del mar. Simultáneamente aprendió también las artes de la gue­rra y luego bebió la hiel de nuevas injusticias. Fue apre­sado por los ingleses y convertido en botín de leva. Aparecieron los franceses que, en lugar de liberarlo por haber sido un cautivo de Gran Bretaña, lo confinaron en una mazmorra. Fugó, volvieron a encarcelarlo y volvió a fugar. Cruzó el Rhin y pudo llegar a Londres, capital del imperio que lo había agredido dos veces, pero con el que estaba unido por lazos de idioma y múltiples tradi­ciones. Ingresó en la marina mercante de Inglaterra. Conoció a Elizabeth Chitty, con quien se casó. Y produ­jo asombro entre sus nuevos parientes al comunicarles su decisión de radicarse junto al Río de la Plata, en "el fin del mundo", para alejarse de una Europa incendia­da por las guerras. Pero en la remota Buenos Aires presenció la Revolución de Mayo y se presentificaron con energía los anhelos de libertad que habían soplado en su infancia. Aún trató de mantenerse como un pací­fico comerciante llevando mercaderías al Brasil, pero los artilugios legales lo dejaron sin barco ni mercade­rías. Regresó a Inglaterra para reaprovisionarse y vol­ver a Buenos Aires: algo poderoso, aún desconocido, lo ligaba con las nacientes Provincias Unidas.

En efecto, tras su retorno al Nuevo Mundo comienza a brindar servicios que ya no tienen como objetivo el comercio, sino la emancipación americana. Su talento naval descolla tanto que el Director Supremo lo designa comandante de la nueva y precaria escuadra. Triunfa en los aguerridos combates de Martín García y luego, en 1814, consigue someter el último baluarte realista en el Atlántico sur. Brown es un héroe admirado e indiscutido de la naciente nación. Le confían entonces organizar un crucero por las costas del Pacífico para agrietar el poderío realista en Chile y Perú. Pero sólo organizarlo: exigen, por razones oscuras, que él permanezca en tierra. Brown se cansa de las intrigas, las falsas promesas y la ingratitud. Pero en realidad lo quema el llamado de la aventura. No puede frenar su deseo de comandar el Crucero. Y, entre justificativos diversos que ofrece a su mujer y también a sí mismo, trepa a la nave capitana y ordena zarpar. El Gobierno, desconcertado, hace esfuerzos por llamarlo a la reflexión. Brown no acepta retroceder, asume los riesgos que implica esta frontal desobediencia —no era el único que las cometía en esos días caóticos—, y se lanza hacia las aguas australes para cruzar hacia el Pacífico. Su tarea de corsario se sobrecargó de peligros y en varias ocasiones estuvo muy cerca de perder todas sus naves y también la vida. Pero infligió al poder realista humillaciones inéditas, como sitiar la fortaleza del Callao durante más de veinte días y haber casi conquistado la estratégica Guaya­quil. Su presencia agitó el espíritu revolucionario des­de los hielos del sur hasta el Ecuador.

Pese a estos servicios, no puede retornar a Buenos Aires porque allí el rencor por su desobediencia es más significativo que sus servicios a la revolución emancipadora. Venciendo el hambre, las enfermedades y una torturante nostalgia, pasa de largo la ingrata costa argentina donde supone que le lloran y extrañan su mujer y sus hijos, y navega hasta el Caribe. Pero en vez de encontrar ayuda entre los hombres que hablan su misma lengua natal, es objeto de una vil rapiña. Los ingleses que dominan muchas islas del Caribe lo esta­fan y abandonan en una playa semidesierta, casi como si ya fuese un cadáver. La encefalitis lo pone al borde del fin. Después, durante la convalecencia, sufre un politraumatismo. Se salva por milagro y, convencido de que nada logrará en esas islas, logra embarcar rumbo a Londres, la capital de un imperio tan poderoso como contradictorio, porque al menos allí obtendrá el apoyo de sus cuñados. Lo golpea la sísmica sorpresa de encon­trar a Elizabeth y sus hijos, quienes la habían pasado mal durante su larga ausencia y debieron fugar de Bue­nos Aires.

Pese a todo, Brown retorna. Se cree protegido por algunas promesas, por la carta de Rivadavia, por cente­nares de bravos marinos, por la sensatez.

Pero el pueblo no lo espera en la Alameda —como ocurría tras sus resonantes batallas— ni el Gobierno le manda un carruaje oficial. Llega con su familia como cualquier desconocido. Pero ya sabemos que no es un desconocido, sino un sublevado. Sin consideraciones a sus sobrados méritos, lo encierran en un cuartel. Resul­ta increíble: a las numerosas injusticias que han eslabo­nado sus días desde que era pequeño se suma esta nueva, mayúscula, casi más gravosa que todas las anteriores. ¿Es posible tolerar tanto? No, no es posible. Guillermo Brown enferma en prisión. Le acosan dolo­res en el hígado y el estómago; su piel se torna amari­llenta. El defensor solicita que, debido a su estado, le sea conmutada la prisión en el cuartel por un arresto en su domicilio. Lo hacen examinar por el director del Instituto Médico Militar, pero la Comisión Fiscal recha­za la solicitud; lo autorizan, en compensación, a pasear­se por el cuartel: opinan que con algo de ejercicio mejo­rarán sus males.

A la encendida defensa preparada por el coronel Mariano B. Rolón se opone el fiscal de la causa, sargento mayor Matías de Aldao, quien exige "embargo y venta de los bienes que se le encuentren". Guillermo Brown, arrimando los labios a su confesor, exclama: —This is a great country, but, what a pity, there are many blackguards!*

El auditor general, doctor Juan José Paso, interviene para restablecer el sentido común. Propone una fórmula mediante la cual, "sin pronunciar una declaración de inocencia, mande sobreseer y archivar el proceso de esta causa, restableciendo sin nota al coronel Brown procesado, a su libertad, empleo y prerrogativas".

El juicio largo y la prisión bochornosa agotan los restos de paciencia que aún ardían en el pecho de Brown. El 23 de agosto de 1819 se dirige al Director Supremo: hace más de diez meses que me hallo preso (...) Yo, señor Exmo., ya no tengo de qué subsistir, los recursos de los amigos que me favorecen están agotados y, al fin, en una imposibilidad absoluta de subsistencia". Más adelante resume su situación con un breve párrafo: "...al tercer día de mi llegada a Buenos Aires fui confinado en una prisión militar durante 40 días y, después, juzgado por el Consejo de Guerra Militar, en un proceso que duró cerca de un año hasta que se dictó sentencia, la más injusta que pueda darse".

Guillermo Brown es absuelto, finalmente, pero se dispone su retiro absoluto del servicio, "con sólo goce de fuero y uniforme".

Cuenta su dolor y las terribles secuelas: "Esto y la injusticia de que fui víctima en Inglaterra, obraron sobre mi mente. También estaba separado de mi familia, la que quizá no tardaría en pasar necesidades y faltarle el pan. Hacia mediados de septiembre de 1819 enfermé de fiebre tifoidea. Privado de mi razón, el día 23 me arrojé desde la azotea de la casa del señor Reid, de tres pisos, rompiéndome el fémur y cometiendo otros actos que, espero, el Todopoderoso me ha de perdonar. Des­pués de este accidente estuve seis meses en cama acos­tado de espaldas, sin poder mover un miembro o mi cuerpo. Sólo sabe Dios lo que sufrí".

Cruel es la patria naciente. Golpea con mano irrespe­tuosa, y no solamente a Guillermo Brown. Juan Larrea, que había sido miembro entusiasta de la Primera Junta y constructor de la escuadra patriota, también fue pro­cesado en 1815 por un tribunal especial donde predo­minaron los intereses políticos; antes lo habían encarce­lado en la lejana San Juan, de donde regresó como dipu­tado a la Asamblea Constituyente. Ahora lo humillaban secuestrándole sus pocos bienes y "con la partida de registro que haga constante su expulsión". Se radicó en Francia, pero tres años después regresó al Plata, insta­lándose en Montevideo, donde apenas podía "asegurar el sustento de su familia" —como escribe a San Mar­tín—, hasta que en 1822, gracias a la Ley del Olvido, pudo regresar a Buenos Aires. No obstante, la tragedia pellizca sus talones y la reanudación de las persecucio­nes políticas lo agotan. El abnegado y leal Juan Larrea, el hombre de flequillo partido, de fúlgida inteligencia, de moreniana combatividad, se suicida.


* Este es un gran país, pero ¡qué lástima!, hay demasiados bellacos.

Capítulo XVI de El combate perpetuo, de Marcos Aguinis.