jueves, 2 de febrero de 2012

"La legalidad burguesa es una estrategia político-militar"

Juan Carlos Marín fue uno de los fundadores de la carrera de Sociología (UBA), junto con Gino Germani, y es autor de Los hechos armados y Leyendo a Clausewitz, entre otros textos ya clásicos. En este reportaje que presentamos -realizado en 1982- señala que para los luchadores populares es acuciante la necesidad de comprender "el carácter cruento de la burguesía del cono sur para imponer su existencia", y asumir "como un presupuesto el carácter armado de la estrategia política de la burguesía, así como su estrategia de guerra en la lucha de clases". Al final, una ilustración audiovisual del tema, a cargo de la murga uruguaya "Falta y resto"...

Reflexiones sobre una estrategia político-militar
Entrevista a Juan Carlos Marín por Silvia Gómez Tagle

Pregunta: Generalmente, la lucha armada solamente ha sido aceptada como alternativa legítima para la izquierda revolucionaria en países y en momentos históricos, en los que el Estado capitalista ha cerrado todas las vías para la lucha reivindicativa y democrática. Según tu opinión, ¿cuál puede ser el momento para desencadenar una lucha armada que rompa la legalidad burguesa?

J.C.M.: Tu pregunta presupone un sujeto histórico que se plantea un interrogante: “¿por qué, cuándo, cómo comenzar la lucha armada?”. La realidad de los procesos sociales y políticos del Cono Sur de América Latina ha sido compleja y tiende a remitirnos a la necesidad de asumir una reflexión prudente a partir de un cambio sustantivo en nuestra mirada acerca de esos acontecimientos.

Pensar en la ruptura de la legalidad burguesa implica previamente reconocer su existencia como algo ya establecido. Pero, en realidad, la referencia a la legalidad burguesa debiera ser entendida como una denominación amplia –a pesar de su inevitable vaguedad inicial- de una de las estrategias del capitalismo. Estrategia cuyos distintos momentos de implementación expresan un amplio espectro de luchas que, en más de una oportunidad, han asumido formas de enfrentamiento cruel, inclusive de genocidio, contra los sectores más desposeídos de nuestras sociedades.

La llamada legalidad burguesa es, en realidad, la referencia a una estrategia político-militar de la burguesía en el proceso de la lucha de clases en las sociedades capitalistas; y está claro que esa lucha se realiza en contra de los pobres del campo y la ciudad y no en contra de un supuesto orden feudal actual.

Pensadas así las cosas, tu pregunta inicial podría ser reformulada y vinculada con el problema de la toma de conciencia acerca del carácter cruento de la burguesía del cono sur para imponer su existencia. En esa lucha, es la burguesía quien actualmente tiene la iniciativa; es ella quien se comporta como un estado conquistador, invasor, que libra los enfrentamientos necesarios para imponer su orden disciplinario. La burguesía necesita realizar esta tarea todos los días como única alternativa de reproducir las condiciones de su existencia social.

Para expropiar el poder -económico, político y social- de los pueblos debe vencer asperezas, oposiciones, resistencias que se reproducen permanentemente. Su orden disciplinario no se logra imponer, ni mantener si no es a costo de campañas político-militares a lo largo y ancho de la sociedad. ¿De que otra manera puede comprenderse el incremento permanente de los gastos en sus fuerzas armadas?

Es verdad que la percepción de estos procesos ha sido permanentemente enmascarada, encubierta; ha habido -aún hoy lo hay en parte, un desarme intelectual de los cuadros políticos y científicos respecto a los “hechos de armas”. La capacidad de atención, de percepción y de reflexión sobre el carácter cotidiano, permanente y creciente de la estrategia político-militar del capitalismo, ha sido saboteada. ¿Cómo explicar la ausencia curricular, en el campo de las ciencias sociales, de la problemática teórico-metodológica de la temática de la guerra y de sus consecuencias, en momentos en que el gasto en armamentos es el hecho más sustantivo de la historia de la especie humana?

Es, en parte, como consecuencia de este desarme intelectual, que plantearse estos problemas suena “poco académico”. Retomo tu pregunta y su reformulación, asumiendo como un presupuesto el carácter armado de la estrategia política de la burguesía, así como su estrategia de guerra en la lucha de clases. Quitarle la iniciativa estratégica a la burguesía se convierte en una medida prioritaria para los movimientos sociales y políticos del Cono Sur. Para ello, es imprescindible comprender que esa acción sólo puede ejercerse eficazmente en tanto es asumida desde su inicio como la fundación de una tarea político-militar de los sectores mas desposeídos de nuestras sociedades. No sólo porque ese es el trato que recibirán de la burguesía debido a sus luchas, sino porque es necesario que esas luchas comiencen a estar orientadas, y conducidas, por una conciencia de las condiciones reales en que se librarán los enfrentamientos.

La imagen de territorio ocupado en condiciones de guerra, es quizás la que permite una mayor claridad respecto de las condiciones de existencia económica, política y social de los sectores populares latinoamericanos. Esa imagen nos es útil en tanto comprendamos que las armas que se utilizan en esa ocupación son el producto de un largo y complejo proceso histórico de acumulación de experiencias, en el desarrollo del capitalismo en estos dos últimos siglos.

Esas armas y sus tecnologías respectivas están siendo desenmascaradas, cada vez más, por la acción de los movimientos sociales y políticos y por la toma de conciencia acerca de su significación (basta pensar en los trabajos de los Basaglia, Foucault, Deleuze, Guattari, Szagz, Canetti y muchos otros). Las tecnologías represivas -morales y/o policiales— del capitalismo, han dejado de ser analizadas sólo en función del fin inhibitorio que decían perseguir; hoy sabemos que eran muchos más los procesos que construían (entre ellos el desarme intelectual) que los que destruían, mediante sus tácticas represivas.

Mediante los grandes aparatos de encierro (la “familia”; la “escuela”; la “fabrica”; el “hospital"; el “manicomio”; la “cárcel”, etc.) se lograba aplicar una tecnología constructora de comportamientos “morales” y de “consenso”. Al tiempo que permitían aplicar tácticas de “exclusión” y de “cooptación”, las cuales fueron, y son mostradas, como pilares institucionales esenciales en su territorialidad social.

Pero esa ocupación no se realiza, ni se mantiene, sin librar combates; y es este hecho el que se establece como el operador básico de su actual concepción política: su estrategia de guerra. Quitarle la iniciativa a la burguesía del Cono Sur exige tener presente todas las luchas y jerarquizarlas en relación al lugar que ellas ocupan en una estrategia de guerra.

Pregunta: Yo quisiera introducir otros matices que nos podrían aclarar un poco el sentido de tu concepción de esta estrategia político-militar, y sobre el enfrentamiento armado como un momento diferente de la expresión de una fuerza social. ¿Cómo concebirías tú las diferentes instancias en que se desenvuelve el movimiento, en cuanto puede ser sindical, o partidario dentro de los marcos legislativos que permiten los sistemas democráticos representativos, las luchas electorales, etc.?

J.C.M.: De Antonio Gramsci tomé la imagen de “pueblo ocupado”, imagen de la cual él se vale para plantear los problemas de una estrategia política revolucionaria que busca definir, desde su inicio, el contenido político-militar de dicha estrategia. Hacerlo desde un comienzo exige asumir el hecho de que en el inicio se está militarmente desarmado, pero ello no es un obstáculo insalvable para que la política revolucionaria posea un contenido político militar. Desde la perspectiva de Antonio Gramsci, “la nación oprimida, por lo tanto, opondrá inicialmente a la fuerza militar hegemónica una fuerza que será sólo “política-militar”, o sea, una forma de acción política que tenga la virtud de determinar reflejos de carácter militar en el sentido:

1. De que sea eficiente para disgregar íntimamente la eficacia bélica de la nación hegemónica;
2. Que constriña a la fuerza militar hegemónica a diluirse y dispersarse en un gran territorio, anulando en parte su capacidad bélica” (Gramsci: 1986, p73).

Este uso de la noción de reflejo como referencia a un proceso social indirecto, nos advierte claramente que no se trata de la búsqueda de una confrontación de fuerza inmediata, directa y frontal contra la burguesía, con las “armas en las manos”. No sólo porque no tiene las armas, sino porque aún en el caso de tenerlas, no sería esa la mejor forma inicial de usarla. No quisiera continuar sin antes insistir en que a pesar de que las acciones realizadas por los sectores populares (aún las más elementales acciones de carácter “reivindicativo” que tú señalabas inicialmente) estén militarmente desarmadas, ellas serán consideradas igualmente como acciones provenientes de una estrategia político-militar si así lo son en sus consecuencias, y como tales serán tratadas por la burguesía.

Recordemos los miles de intelectuales que en el Cono Sur siguen la misma suerte que actualmente sufre Antonio Negri… la misma que en su oportunidad le ejecutó la burguesía italiana a Antonio Gramsci, pues ella concibe su acción en la lucha de clases a partir de una tesis de guerra, en función de la cual ha ocupado la territorialidad del Cono Sur latinoamericano.

El uso de una fuerza armada actúa como un operador básico en sus tesis políticas y es el factor que le permite mantener la iniciativa de la lucha de clases; es por esto que buscará siempre producir, en forma directa, encuentros armados inmediatos, sobre todo a partir del desarme militar preexistente en los sectores populares.

Será la astucia que tengan los cuadros revolucionarios en el uso del tiempo y del espacio social de lo que dependerá que logren diferir los encuentros armados que busca y provoca la burguesía. De esa manera, tratando de lograr un proceso político y social que lleve al enemigo a dispersar y diluir el uso de su fuerza armada, se crearán condiciones propicias para las tareas de disgregación íntima de esa fuerza, prerrequisito para que la burguesía pierda la iniciativa en la lucha de clases.

Pregunta: ¿Y cómo incorporas tú, en esa concepción de las sociedades capitalistas del Cono Sur, sociedades organizadas en el uso de la fuerza, en el poder construido a partir de la fuerza, toda la problemática del consenso y de la lucha política de masas, de la opinión pública?

J.C.M.: Si bien es cierto que no es posible mecánicamente homogeneizar la situación social y política del Cono Sur, pues diferentes han sido los procesos ocurridos y no sólo por tratarse de estructuras sociales distintas sino, también, de historias diferentes; se trata, sin embargo de situaciones todas ellas en que la burguesía dominante ha asumido, con tremenda claridad, una disposición de guerra. Ha logrado, por otra parte, crear un profundo consenso en toda la burguesía, acerca de esa situación, e impregnar de esa convicción a sus diferentes cuadros orgánicos: tecnócratas, corporativos, profesionales de las diferentes armas, etc.; es decir, el conjunto de su arsenal social, de ahí su enorme capacidad de reclutamiento de una ciudadanía orgánica. Por supuesto, todo esto no niega la existencia, en su seno, de diferentes alineamientos acerca del carácter que debe tomar esa peculiar situación de guerra; pero está claro que la burguesía piensa en términos de una tesis de guerra, en que cada vez más se achican las distancias entre lo “interno” y lo “externo”, tanto en el discurso teórico, como en sus acciones “ejemplificadoras” de terrorismo que realiza afuera de sus fronteras nacionales. (Es posible que en los próximos meses -ante las consecuencias del triunfo de Reagan como presidente de los Estados Unidos- todo esto se visualice con más claridad).

Es la capacidad de la burguesía del Cono Sur, de crear un consenso propio y favorable a la perspectiva de sus fracciones financieras, lo que ha sido soslayado, despreciado, por los cuadros más combativos de los movimientos populares latinoamericanos. Pues ese hecho, conduce inevitablemente la encrucijada de enfrentar las condiciones de una guerra civil, que se prolonga, a la espera de una resolución por las armas. Esto último, contradice la imagen de “dictaduras militares” tradicional y convencional, que se utiliza para caracterizar las situaciones de esta región; reducir esos procesos, reificar en sus fuerzas armadas hasta el límite del fetichismo instrumental de las “armas”, lo que en realidad es un complejo social no cristalizado sino en una actual y permanente ebullición sin resolución real, es un grave y costoso error.

Grave, porque la imagen de la sociedad que nos es adversa se distorsiona hasta el extremo de engañarse creyendo que se trata de una “ínfima minoría” cuando en realidad mantiene su capacidad de reproducción. Costoso error, porque tiende a soslayar el problema esencial de la hegemonía y del consenso, al no tener en cuenta que se trata de una guerra entre fuerzas sociales en pugna, y no entre “aparatos armados”.

Este carácter de situación de guerra civil que vive el Cono Sur, y que se prolonga más allá de las expectativas del “triunfalismo” (de uno u otro bando) y del “derrotismo” inicial, nos impone un desafío intelectual que trasciende posibilidades políticas inmediatas. Nos convoca a una realidad para la cual las fantasías estereotipadas con que habitualmente se participaba del espectáculo, no son válidas, ni siguiera en la tarea de espectadores: no entenderíamos nada.

La mayor parte de la población del Cono Sur vive en capitalismo político altamente desarrollado, su burguesía financiera ha impuesto y generalizado las condiciones de intersticial e infinito Gulag; no se trata ya sólo de los convencionales y tradicionales procesos de formación del poder burgués. Se trata, realmente, de una burguesía que “está al día” respecto de las diferentes tecnologías que la lucha contrarrevolucionaria ha gestado en los grandes centros capitalistas, en su lucha contra la liberación colonial, los movimientos de masas contra la guerra de Vietnam, las tecnologías de desestabilización política institucional, los métodos de demolición social ... Y así podría seguir la lista en relación a lo que es el producto de una larga experiencia de la burguesía internacional, en su lucha contra las movilizaciones de los desposeídos. Sus centrales de inteligencia han logrado los más altos y crecientes niveles de integración, la tendencia a constituirse transnacionalmente en la implementación de sus tácticas, refleja con justeza su pertenencia al estadio del capitalismo financiero. El Cono Sur se ha convertido en la Alemania del siglo XX en Latinoamérica.

Pero en verdad, el listado de toda esa “eficiente” tecnología no es suficiente para explicar un cambio cualitativo que se ha producido en su uso, y que es el que ayuda a visualizar una mejor aproximación a las consecuencias de su implementación. Está destinada fundamentalmente a un uso político y no militar como su apariencia inicial pudiera indicar. Con esta tecnología se busca, no sólo aniquilar militarmente las fuerzas sociales populares, sino también, lograr su derrumbe moral y la constitución, el fortalecimiento, de un consenso legitimador, en la emergencia de una nueva fuerza social contrarrevolucionaria. Es decir, es un enorme “paquete tecnológico” que se utiliza subordinándolo a una estrategia político-militar en la cual los operadores “militares” han sido desplazados y subordinados a los “políticos” y a los “sociales”.

En síntesis, la burguesía caracteriza a su enemigo sin caer en el reduccionismo militar; para ella, su enemigo es “moral”, “social”, “político” y podríamos seguir enumerando los diferentes aspectos, atributos, que la burguesía reconoce en su enemigo de clase. Por supuesto, no toda la burguesía se comporta con los mismos criterios, pero difícilmente se puede poner en duda el grado de unidad alcanzado por la burguesía en la caracterización de su enemigo. Esta situación crea una fuerte tendencia a una situación de frontalidad en la lucha de clases, como nunca antes la había alcanzado la región del Cono Sur.

La democracia política se escinde, su carácter de clase se sobreimpone desplazando a la idílica relación entre ciudadanos y para que prevalezca una relación de fuerzas materiales entre las fuerzas sociales que constituían su territorialidad. Pero pensar que todo se reduce a observar esas relaciones de fuerzas materiales (“armadas”) es soslayar que lo sustantivo del proceso está en las fuerzas sociales en pugna.

Es difícil hacer política en condiciones de guerra... y no caer en la trampa de desplazar, de transformar erráticamente, la acción política en acciones militares... se vive al límite, los deslizamientos fáciles y tentadores. La burguesía usa una fuerza de guerra para hacer política, así como en el mercantilismo es imposible escindir e inteligir qué es comercio y qué
es guerra, en el período del capitalismo financiero no hay acumulación de capital sin batallas sangrientas. Por supuesto, esto no significa que la política de la burguesía se reduzca al uso de la fuerza armada; pero lo que sí es cierto que su fuerza política y social se militariza y asume el modelo de la guerra como forma de reproducción de sus condiciones de existencia.

Está tu pregunta, no quisiera soslayarla. . . ella plantea un interrogante, “¿que hacer?” o “¿cómo hacerlo?. Pero... ¿quién pregunta y quién contesta?”. Recuerdo un señalamiento de M. Foucault: “el intelectual no puede seguir desempeñando el papel de dar consejos”. El proceso, las tácticas, los objetivos deben proporcionárselos aquellos que luchan y forcejean por encontrarlos. Lo que el intelectual puede hacer es dar instrumentos de análisis, y en la actualidad este es esencialmente el papel del historiador. Se trata, en efecto, de tener del presente una percepción espesa, amplia, que permite percibir dónde están las líneas de fragilidad, dónde los puntos fuertes a los que se han aferrado los poderes... dónde estos poderes se han implantado. Dicho de otro modo, hacer un croquis topográfico y geológico de la batalla. Ahí está el papel del intelectual. Y ciertamente no es decir: “Esto es lo que debéis hacer”.

Ahora bien, en América Latina, en el Cono Sur en particular, los intelectuales vivimos de otra manera... hace años que hemos sido cooptados por lo más caliente de las luchas políticas y sociales... las cárceles no nos son ajenas, aunque se llamen “estadios”, ni la nueva tecnología judicial de la burguesía fundada en la tortura y la delación... y el suicidio. Sabemos que no es lo mismo ser un prisionero de guerra que un detenido político; sabemos distinguir entre guerra, y represión que una mata y que la otra no necesariamente, y que es en esa distancia, de “no necesariamente”, radican diferencias sustantivas para la acción política.

Empeñarse en analizar la situación del Cono Sur de América Latina con las categorías conceptuales con que convencionalmente se hace referencia a otros procesos políticos, más que error puede llegar a ser un suicidio social… pues difícilmente se puede poner en duda que lo que allí ocurre no se debe al “atraso” de las supuestas sociedades “subdesarrolladas” sino que, por el contrario se trata de un alerta que hay que aprender antes que sea demasiado tarde. Pero ese aprendizaje exige astucia al borde de la clandestinidad, o al menos de una profunda discreción. . . sin caer en el aislamiento.

En principio es imprescindible hacer comprensible la lucha, el combate, de aquellos que viven en los territorios ocupados militarmente por la burguesía; para aquellos que no estando en esas situaciones, o al menos no sintiéndolo así, con tremenda ligereza pueden llegar a categorizar ciertas acciones políticas como “terroristas”. Pero es conveniente aclarar que la política del terror que ha impuesto la burguesía del Cono Sur, no ha sido detenida ni un milímetro por la acción de los Estados-nación de las “democracias occidentales”, ni de los organismos internacionales. Ante esa situación: ¿es justo negarle a un pueblo el uso de la fuerza?

Esto no niega la necesidad de una reflexión rigurosa acerca de la lucha política y la guerra, desde la perspectiva de los desposeídos; pero esa reflexión, y sus discusiones necesarias, sólo puede desarrollarse a partir del reconocimiento de las condiciones reales en que esas luchas se insertarán. Es más, es esencial que esa reflexión se realice pues, sin ella, los costos que se han pagado hasta el presente son enormes. Hace pocos días Michael T. Klare estimaba en aproximadamente 20 millones de muertos el saldo de la lucha contrainsurgente en los últimos 33 años.

Los intelectuales, en particular aquellos que trabajan en las ciencias sociales, están convocados a un desafío ineluctable: la necesidad de incorporar en el discurso teórico del poder, el discurso de la guerra. No sólo por razones de su propia historicidad social, sino esencialmente por razones que hacen a la reflexión teórica rigurosa.

¿Cómo analizar los procesos sociales sin referirnos a la ruptura y/o constitución de relaciones sociales; cómo usar la noción de fuerza social y soslayar el carácter de fuerza material que toda fuerza social involucra? ¿Cómo negar que la ruptura de una relación social implica violencia corporal; cómo negar que la existencia de fuerzas sociales armadas expresan leyes sociales concretas? La lista podría seguir, y bueno sería hacerlo si con ello lográramos ayudar a desmitificar una problemática que se mantiene en el fetichismo de las “armas”.

El análisis de la lucha de clases del Cono Sur impone una mirada, una reflexión en la que los sistemas categoriales, conceptuales, sean traducidos en el contexto de un discurso teórico de la guerra. Lograr un discurso teórico unificado, único, de la lucha de clases y de la guerra, permitirá “percibir dónde están las líneas de fragilidad, dónde los puntos fuertes a que se han aferrado los poderes... dónde estos poderes se han implementado. . . ¡necesidades nada despreciables para aquellos que combaten! Hace ya mucho que los intelectuales -en particular aquellos que trabajan en las ciencias sociales- saben que el conocimiento no es desinteresado, neutro, sino que expresa y persigue estrategias de poder; pero lo que muchas veces se olvida es que esas mismas estrategias de poder tienen la capacidad de producir el desarme intelectual, aún en el propio campo de aquellas orientaciones que más comprometidas han estado históricamente con las luchas populares.

¿Qué pensar de aquellos que en estos momentos convocan a los “problemas del Estado” o de la “democracia”, personificando y reificando procesos en los que el denominador ha sido un verdadero genocidio, en una nueva estrategia de poder? También es cierto que con el nombre de “propaganda armada” asistimos a verdaderas aberraciones de la lucha revolucionaria. Cometer el error de no distinguir la distancia que hay entre acciones armadas de “propaganda” y de “agitación”, ha llevado a desastres políticos por la incapacidad de asumir las consecuencias imprevistas de represalias brutales en manos de las fuerzas armadas de la burguesía. Como también, acciones armadas correctas, desde la perspectiva de buscar “desarmar al enemigo” que resultan verdaderos desastres al intentar convertirlas en acciones de “pertrechamiento”... ¡lo uno no es lo mismo que lo otro!

Tanto para la reflexión como para la acción política existe ya una convocatoria, un desafío, de incorporar esta temática para la resolución de problemas de orden teórico, metodológico y aun técnico. Tarea compleja y de combate aún para los intelectuales, pues exige poner a prueba una estrategia de la verdad.

(Tomado de Leyendo a Clausewitz, de Juan Carlos Marín)
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