
Cuando los lacontes,
pueblo siberiano,
encuentran un oso,
se descubren la cabeza, le saludan,
le llaman jefe, viejo o abuelo,
y le prometen que no le atacarán
y que jamás hablarán mal de él.
Pero si da señales de tener intenciones
de arrojarse sobre ellos, le disparan y,
si le matan, lo parten en pedazos,
lo asan y se regalan con su carne hasta agotarla,
sin dejar de repetir:
"No somos nosotros los que te comen, sino los rusos".
(Lo cuenta A. F. Aulagnier, en Dictionnaire des Aliments et des Boissons)
pueblo siberiano,
encuentran un oso,
se descubren la cabeza, le saludan,
le llaman jefe, viejo o abuelo,
y le prometen que no le atacarán
y que jamás hablarán mal de él.
Pero si da señales de tener intenciones
de arrojarse sobre ellos, le disparan y,
si le matan, lo parten en pedazos,
lo asan y se regalan con su carne hasta agotarla,
sin dejar de repetir:
"No somos nosotros los que te comen, sino los rusos".
(Lo cuenta A. F. Aulagnier, en Dictionnaire des Aliments et des Boissons)
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