miércoles, 13 de diciembre de 2006

Un carácter inolvidable


Para que el carácter de un ser humano revele cualida-des verdade-ramente excepcionales, es necesario tener la suerte de poder observar sus acciones durante muchos años. Si esta acción está despojada de todo egoísmo, si la idea que la dirige es de una generosidad sin precedente, si es absolutamente seguro que no hay en ella una búsqueda de recompensa, y que, sobre todo, ha dejado huellas visibles sobre el mundo, estamos, sin riesgo de errores, ante un carácter inolvidable.


Hace unos cuarenta años realicé un largo viaje a pie por las alturas montañosas, absolutamente desconocidas por los turistas, de esa vieja región de los Alpes que penetra en la Provenza.
Esta región está delimitada al sudeste y al sur por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte por el curso superior del Drôme, después por su afluente hasta Die; al oeste por las planicies del condado de Vanaissin y los contrafuertes del monte Ventoux. Comprende toda la parte norte del departamento de los Alpes Bajos, el sur del Drôme y un pequeño enclave del Vaucluse.


Como decía, fue entonces cuando emprendí mi largo paseo por esos desiertos, landas desnudas y monótonas, de unos 1200 a 1300 metros de altitud. Sólo crecen allí las lavandas silvestres.


Atravesaba la región en toda su extensión y, después de tres días de marcha, me encontré en medio de una desolación sin precedentes. Acampé cerca de un esquelético pueblo abandonado. No había encontrado agua el día anterior, y necesitaba hallarla. Esas casas aglomeradas, aunque en ruinas, me hacían pensar que una vez debió de haber allí una fuente o un pozo. Había una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas, sin techo, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario derrumbado, estaban dispuestas como las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida había desaparecido.


Era un buen día de junio con un gran sol, pero, sobre estas tierras sin reparo y alzadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus rugidos en las carcasas de las ruinas eran los de una fiera molestada mientras come. Me fue necesario levantar campamento. A las cinco horas de marcha de allí, no había encontrado agua ni nada que me pudiera dar la esperanza de encontrarla. Por todos lados la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. Me pareció distinguir en la lontananza una pequeña silueta negra, erecta. La tomé por el tronco de un árbol solitario. De cualquier modo, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas acostadas sobre la tierra ardiente descansaban alrededor de él.


Me hizo beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo a su aprisco, en una ondulación de la planicie. Extraía su agua, excelente, de un pozo natural, muy profundo, al lado del cual había instalado un torno de mano rudimentario.


Este hombre hablaba poco. Era algo típico de los solitarios, pero uno se sentía seguro con él y confiaba en esta seguridad. Era algo insólito en este país despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de piedra, en la cual se observaba muy bien cómo su trabajo personal había detenido la ruina que había encontrado a su llegada. Su techo era sólido e impermeable. El viento que batía sobre las tejas parecía el ruido del mar en la playa. El lugar estaba en orden, la vajilla lavada, el suelo barrido, su fusil engrasado; la sopa hervía en el fuego. Noté ahora que estaba bien rasurado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos, que sus vestimentas estaban remendadas con esa minuciosidad que hace invisibles los remiendos. Compartió conmigo su sopa y, como después le ofrecí mi petaca, me dijo que no fumaba. Su perro, silencioso como él, era amable sin ser servil.


Desde el principio quedó claro que yo pasaría la noche allí; el caserío más próximo estaba todavía a día y medio de marcha. Y, además, yo conocía perfectamente el carácter de los raros pueblos de esta región. Había cuatro o cinco dispersos, lejos los unos de los otros, sobre los flancos de esas colinas, en los bosquecillos de robles blancos, en el extremo final de las rutas transitables. Estaban habitados por leñadores que fabricaban carbón de madera. Eran unos parajes donde se vivía bastante mal. Las familias, apiñadas unas contra otras en ese clima de una rudeza excesiva, tanto en verano como en invierno, no encontraban escape a sus egoísmos. La ambición irracional alcanzaba proporciones desmesuradas, en un deseo continuo por escapar de ese lugar.


Los hombres transportaban su carbón a la ciudad con sus camiones, luego retornaban. Las más sólidas cualidades se quebraban bajo esta perpetua ducha escocesa. Las mujeres hervían a fuego lento sus rencores. Había rivalidad para todo, tanto para la venta de carbón como para el banco de la iglesia, para las virtudes que se combatían entre ellas, para la mezcolanza general de vicios y virtudes, sin descanso. Y sobre todo estaba el viento, que, incesante, irritaba los nervios. Había epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, por lo general homicida.


El pastor que no fumaba fue a buscar un pequeño saco y vació sobre la mesa una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una después de otra con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrecí a ayudarle. Me dijo que era asunto suyo. Y lo era, en efecto. Viendo el cuidado que ponía en su trabajo, no insistí más. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando hubo apartado una pila de bellotas bien gruesas, contó grupos de diez. Al hacerlo, eliminó incluso las muy pequeñas o que estaban ligeramente agrietadas, cuando las examinó más de cerca. Cuando tuvo delante de sí cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a acostar.


La compañía de este hombre infundía paz. A la mañana siguiente le pedí permiso para descansar allí todo el día. Lo encontró muy natural, o, para ser más exacto, me dio la impresión de que nada podría sorprenderle. Este descanso no era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir a su majada y la llevó a pastar. Antes de partir, puso en remojo, en un cubo de agua, el pequeño saco que tenía las bellotas tan cuidadosamente elegidas y contadas.
Advertí que, a guisa de bastón, portaba una barra de hierro del grueso de un pulgar y un metro cincuenta de largo. Haciendo que paseaba para descansar, caminé en una ruta paralela a la suya. El lugar de pastoreo de sus animales estaba en el fondo de un valle. Dejó a la pequeña majada al cuidado del perro y comenzó a subir hacia donde yo me encontraba. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no era nada de esto, ese era su camino y me invitó a acompañarle si yo no tenía nada mejor que hacer. Ascendió hasta unos doscientos metros de altura.


Una vez llegado al lugar que deseaba alcanzar, clavó su barra de hierro en la tierra. Hizo así un agujero en el cual metió una bellota, y luego lo rellenó. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía quiénes eran sus dueños? No lo sabía. Suponía que era una tierra comunal, o era posible que fuera propiedad de personas que no le interesaban para nada. No estaba interesado en conocer a los propietarios. Plantó así sus cien bellotas, con un cuidado extremado.


Después del almuerzo, volvió a escoger sus simientes. Supongo que debo de haber estado muy insistente en mis preguntas, pues él me respondió. Durante tres años había estado plantando árboles en esa soledad. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían salido. De estos veinte mil, contaba aún perder la mitad, por culpa de los roedores o de todo lo que es imposible de prever en los designios de la providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían en ese paraje donde nada había crecido antes.


Fue entonces cuando comencé a preguntarme acerca de la edad de este hombre. Tenía visiblemente más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elezéard Bouffier. Había tenido una granja en las planicies. Había vivido su vida.


Había perdido a su único hijo, luego a su mujer. Se había retirado a la soledad, donde su único placer era vivir lentamente, con sus ovejas y su perro. Había llegado a la conclusión de que esa región se moría por falta de árboles. Agregó que, no teniendo ocupaciones importantes, se había propuesto remediar este estado de las cosas.


Como yo mismo, en ese momento, a pesar de mi juventud, llevaba una vida solitaria, sabía como tocar con delicadeza las almas solitarias. Sin embargo, cometí un error. Mi juventud, precisamente, me hacía imaginar un futuro en función de mí mismo y de una determinada búsqueda de la felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil árboles serían magníficos. Me respondió, simplemente que, si Dios le daba vida, en treinta años plantaría tantos otros que los diez mil serían como una gota de agua en el mar.


Además, estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía junto a su casa un vivero de hayucos. Las plantitas, que había protegido de sus ovejas por medio de un vallado, eran muy hermosas. Había pensado igualmente en los abedules donde, me dijo, había algo de humedad dormida a pocos metros de la superficie del suelo. Al día siguiente nos separamos.


Al año siguiente vino la guerra del ’14, en la que me vi envuelto durante cinco años. Un soldado de infantería apenas puede reflexionar sobre los árboles. A decir verdad, el hecho mismo no me había impresionado; lo había considerado como un hobby, una colección de sellos, y lo había olvidado.


Al terminar la guerra, me encontré en posesión de una prima de desmovilización minúscula, pero con el gran deseo de respirar un poco de aire puro. De esta manera, sin una idea preconcebida, salvo la expresada, retomé el camino de esas comarcas desérticas. La región no había cambiado. No obstante, más allá del pueblo muerto, divisé en la lontananza una especie de bruma gris que recubría las colinas como un tapiz. Desde el día anterior había comenzado a pensar en aquel pastor que plantaba árboles. "Diez mil árboles -me dije- ocupan un gran espacio".


Había visto morir a mucha gente durante cinco años para no imaginar fácilmente la muerte de Elezéard Bouffier, en especial cuando, a los veinte, uno considera a los hombres de cincuenta como viejos a los que resta poco de vida. El no había muerto. De hecho, se lo veía muy vigoroso. Había cambiado de oficio. No tenía más que cuatro ovejas pero, en cambio, una centena de colmenas. Se había desembarazado de las ovejas que ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Pues, me dijo (y yo lo constaté), no se había preocupado mucho de la guerra. Había continuado plantando árboles imperturbablemente.


Los robles de 1910 tenían ahora diez años y eran más altos que nosotros dos. El espectáculo era impresionante. Me sentí literalmente sin palabras y, como él no hablaba, nos pasamos todo el día en silencio mientras paseábamos por su bosque. Este tenía, en tres secciones, once kilómetros en su máxima extensión. Cuando uno recuerda que todo esto había salido de las manos y el alma de ese hombre, sin recursos técnicos, uno comprende que los hombres pueden ser tan eficaces como Dios en otros dominios que no sean la destrucción.


Él había seguido su plan, y las hayas que me llegaban al hombro, expandiéndose hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran tupidos y había pasado la época en que estaban a merced de los roedores; cuando los designios de la Providencia son destruir la obra creada, le es necesario recurrir a los ciclones. Me mostró admirables bosquecillos de abedules que tenían cinco años, es decir de 1915, la época en que yo combatía en Verdún. Les había hecho ocupar todas las hondonadas donde él suponía, con justa razón, que había humedad a flor de tierra. Eran delicados como adolescentes y muy firmes.


La creación parecía haber actuado como una reacción en cadena. El no se preocupaba, él proseguía obstinadamente su tarea, en toda su simplicidad. Pero al regresar hacia el pueblo, vi correr agua por arroyos que habían estado secos desde que el hombre tenía memoria. Era la más formidable reacción en cadena que yo había visto. Esos arroyos secos habían llevado agua hacía mucho, mucho tiempo.


Algunos de los tristes pueblos de los que he hablado al principio de mi relato estaban construidos sobre los emplazamientos de villas galorromanas, de las que aún persistían huellas; allí los arqueólogos habían excavado y encontrado anzuelos, en aquellos parajes donde, en el siglo XX, la gente se veía obligada a recurrir a las cisternas para tener un poco de agua.


El viento había dispersado ciertas semillas. Al mismo tiempo que el agua reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una especie de razón de vivir. Pero la transformación se operaba tan lentamente que entraba en lo habitual sin provocar sorpresa. Los cazadores que escalaban esas soledades persiguiendo liebres o jabalíes habían, por supuesto, constatado el aumento de los arbolitos, pero lo habían atribuido a los caprichos naturales de la tierra. Es por ello que nadie había tocado la obra de este hombre. Si hubiera sido detectado, hubiera tenido oposición. ¿Podrían acaso imaginar, en los pueblos y la administración, una obstinación como aquella, una generosidad tan magnífica?


A partir de 1920, no dejé pasar un año sin hacer una visita a Elezéard Bouffier. Nunca le vi flaquear ni dudar. ¡Y, por lo tanto, Dios sabe si Dios mismo empuja! No me había dado cuenta de sus sinsabores. Pero debemos imaginar que, para obtener un éxito similar, es necesario vencer a la adversidad y que, para obtener la victoria de una pasión igual, habrá que luchar contra la desesperación. Durante todo un año había plantado diez mil arces. Todos se secaron. Después de un año, abandonó los arces para retomar las hayas, que brotaron casi mejor que los robles.


Para tener una idea un poco más exacta de este carácter excepcional, no se puede olvidar que actuaba en una soledad total; tan total que, hacia el fin de su vida, había perdido la costumbre de hablar. O quizás, es posible, no veía la necesidad de hacerlo.


En 1933 recibió la visita de un guardabosques asombrado. Este funcionario le notificó que había una orden de no hacer fuegos que pudieran poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Era la primera vez, dijo aquel hombre ingenuamente, que veía que un bosque crecía solo. Por entonces, Elezéard plantaba las hayas a doce kilómetros de su casa. Para evitar el trayecto de retorno, pues ya tenía sesenta y cinco años, planeaba construir una cabaña de piedra en la linde misma de sus plantaciones. Algo que hizo al año siguiente.


En 1935, una verdadera delegación administrativa vino a examinar el "bosque natural". Estaba formada por un gran personaje de la administración de Aguas y Bosques, un diputado y algunos técnicos. Decidieron que había que hacer algo y, afortunadamente, nada fue hecho, excepto la única cosa útil: poner el bosque bajo la protección del Estado y prohibir el ir y venir de los carboneros. Era imposible no dejarse cautivar por la belleza de los jóvenes árboles en la plenitud de su salud. Ellos mismos ejercieron todo su poder de seducción sobre el diputado.


Yo tenía un amigo entre los oficiales forestales que estaban en la delegación. Le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente nos dirigimos ambos en busca de Elezéard Bouffier. Lo encontramos en plena faena, a unos veinte kilómetros del lugar donde había tenido lugar la inspección. Este oficial forestal no era amigo mío por nada. Conocía el valor de las cosas. Sabía permanecer en silencio. Yo ofrecí los huevos que había traído como presente. Partimos nuestro refrigerio en tres y pasamos varias horas en la contemplación muda del paisaje. El lado del que habíamos venido estaba cubierto con árboles de seis a siete metros de altura. Yo recordaba el aspecto del país en 1913, aquel desierto... El trabajo apacible y regular, el vigoroso aire de la montaña, la frugalidad, y sobre todo, la serenidad del alma, habían dado a este viejo una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. ¡Me pregunté cuántas hectáreas más de árboles cubriría todavía!


Antes de partir mi amigo hizo simplemente una breve sugerencia a propósito de ciertas especies a las cuales el terreno parecía convenir. No insistió. "Por una buena razón -me dijo más tarde-, porque este buen hombre sabe más que yo". Al cabo de una hora de marcha, habiéndose esta idea abierto camino en él, agregó: "Él sabe más que nadie en el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa forma de ser feliz!". Fue gracias a este oficial que, no sólo el bosque, sino también la felicidad del hombre fueron protegidos. Hizo nombrar tres guardabosques para su protección y los atemorizó para que permanecieran insensibles a todas las gratificaciones que pudieran proponerles los leñadores.


La obra no corrió ningún peligro serio, salvo durante la guerra de 1939. Los automóviles marchaban entonces con gasógeno, y nunca había suficiente madera. Se comenzaron a efectuar talas de los robles de 1910, pero estas regiones estaban tan lejos de cualquier red vial, que la empresa resultó mala desde el punto de vista financiero. Fue abandonada. El pastor no vio nada. Estaba a treinta kilómetros de allí, continuando apaciblemente su tarea, ignorando la guerra del ’39, como había ignorado la del ’14.


Vi a Elezéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había reemprendido entonces la ruta del desierto; pero ahora, a pesar de los estragos que había causado la guerra en esa región, había un autobús entre el valle de Durance y la montaña.


Atribuí a este medio de transporte relativamente rápido el hecho de no reconocer las escenas de mis primeros paseos. Me pareció también que el itinerario me hacía pasar por lugares nuevos. Necesité ver el nombre de un poblado para darme cuenta de que estaba, a pesar de todo, en esta región antaño arruinada y desolada. El autobús me dejó en Vergons.


En 1913, este poblado de diez o doce casas tenía tres habitantes. Eran criaturas salvajes, se detestaban y vivían de poner trampas para animales; estaban, física y moralmente, a poca distancia de los hombres prehistóricos. Las ortigas devoraban el entorno de las casas abandonadas. Su condición carecía de esperanzas. No existía para ellos otra cosa que esperar la muerte: situación que no predispone mucho a las virtudes.


Todo había cambiado. El aire mismo. En lugar de las ráfagas secas y brutales que me habían recibido antaño, soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al agua llegaba de las montañas. Pero, lo más sorprendente de todo, escuché el verdadero murmullo del agua corriendo en una palangana. Vi que había sido construida una fuente, y que el agua fluía abundante, y que -esto me sorprendió más aún- alguien había plantado junto a ella un tilo que parecía tener cuatro años, ya grueso, símbolo incontestable de una resurrección.


Por otra parte, Vergons mostraba evidencias de ese tipo de trabajo para el cual es necesaria la esperanza. La esperanza había, entonces, retornado. Habían despejado las ruinas, abatido las paredes derruidas y reconstruido cinco casas. El poblado contaba por entonces veintiocho habitantes, cuatro de ellos jóvenes parejas casadas. Las nuevas casas, con su revoque aún fresco, estaban rodeadas de jardines donde crecían, mezcladas pero en un cierto orden, legumbres y flores, coles y rosales, puerros y dragones, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde daba ganas de vivir.


A partir de allí, continué a pie. La guerra de la que apenas habíamos salido no había permitido la expansión total de la vida, pero Lazare estaba lejos ahora de ser una tumba. Sobre los bajos flancos de las montañas, vi pequeños campos de cebada y centeno; en lo profundo de los estrechos valles empezaban a verdear algunas praderas. Sólo ocho años nos separaba de esta época en que todo el país resplandecía de salud y bienestar. Sobre el emplazamiento de las ruinas que había visto en 1913, se elevaban ahora granjas limpias, bien enlucidas, que denotaban una vida feliz y confortable. Los viejos cauces, alimentados por las lluvias y las nieves que retenían los bosques, eran remisos a correr. Se habían canalizado las aguas. Al lado de cada granja, en los bosques de arces, los estanques de las fuentes desbordaban sobre los tapices de menta silvestre. Los pueblos eran reconstruidos poco a poco. Gentes de las planicies, donde la tierra era cara, se habían establecido en la región, aportando la juventud, el movimiento y el espíritu de aventura. Se encontraba en los caminos a hombres y mujeres bien alimentados, niños y niñas que sabían reír, y se había recuperado el gusto por las fiestas campesinas. Si se cuenta la antigua población, menos reconocible desde que vivían mejor, y los recién llegados, más de diez mil personas debían su felicidad a Elezéard Bouffier.


Cuando pienso que un hombre solo, reducido a sus simples recursos físicos y morales, se bastó para hacer surgir del desierto este país de Canaán, me convenzo de que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando tomo en cuenta la infatigable grandeza del alma y la tenacidad en la generosidad necesaria para lograr este resultado, me siento imbuido de un inmenso respeto por ese viejo campesino inculto que tuvo a bien realizar esta obra digna de Dios.


Elezéard Bouffier murió apaciblemente en 1947, en el hospital de Banon.


("El hombre que plantaba árboles", de Jean Giono)